El debate sobre la identidad sexual, entre las ciencias naturales y sociales


Por: RAFAEL ANDRÉS ALEMAÑ BERENGUER
Divulgador científico, químico, físico e investigador colaborador de la Universidad de Alicante. Entre otros libros y artículos, es autor de Mundo Cuántico: Guía para peatones (2016), En busca de la Teoría del Todo (2016), El Paradigma Einstein (2016) y La Naturaleza Imaginada: ¿Es matemático el mundo? (2015)


Resumen: En las últimas décadas, los grupos sociales caracterizados por conductas sexuales diferentes de las tradicionales han reivindicado con éxito un mayor reconocimiento de sus derechos civiles. Sin embargo, parece faltar en este debate una mejor comprensión de los aspectos psicobiológicos, ya que no todos los comportamientos sexuales atípicos son idénticos en su origen y manifestaciones. También resulta necesario aclarar si los derechos de estos grupos colisionan en alguna medida con los del resto de la sociedad y cuál sería el equilibrio jurídico y político deseable en caso de conflicto.

Introducción

Pocas características del ser humano se muestran tan relevantes para definir su identidad, y tan encendidamente polémicas a la vez, como la sexualidad. Tratada como un elemento básico de la selección natural por Darwin y como un impulso soterrado que gobierna toda nuestra vida mental por Freud, los movimientos cívicos de protesta en la segunda mitad del siglo XX abanderaron la defensa de los derechos de las minorías con comportamientos sexuales diferenciados de la mayoría de la población.  A medida que estos derechos fueron reconociéndose y ampliándose, las personas  que los reclamaban comenzaron a ganar una mayor presencia en la escena pública que incomodó a quienes se aferraban a puntos de vista rigurosamente tradicionales.

Los motivos de fricción no se hicieron esperar y se manifestaron descarnadamente en diversos campos de la vida social de los países desarrollados (ya que cuando no existe un Estado de Derecho el debate se elimina por pura y simple represión). Desde el servicio activo en el Ejército al uso de los aseos públicos o el acceso a los vestuarios en los gimnasios de los centros educativos, multitud de aristas laceraron la convivencia de otrora pacíficas comunidades que se tenían a sí mismas por tolerantes. Lentamente, las reivindicaciones de estos grupos fueron ganando la aprobación mayoritaria de las sociedades occidentales, hasta el punto de que muchas de sus aspiraciones igualitarias han llegado a adquirir rango legal.

… sostienen que se ha ido demasiado lejos en el respeto por tales minorías hasta el punto de que sus opciones vitales, no sólo su sexualidad, tratan de imponerse veladamente sobre el resto de la sociedad

Sin embargo, de tanto en tanto surgen voces de protesta frente a lo que algunos consideran una presión excesiva por parte de estas minorías de conducta sexual diferenciada. Quienes así opinan sostienen que se ha ido demasiado lejos en el respeto por tales minorías hasta el punto de que sus opciones vitales -no sólo su sexualidad, sino también su estética, comportamiento público o estilo de vida tratan de imponerse veladamente sobre el resto de la sociedad.  Parece darse una colisión entre dos visiones del mundo irremediablemente enfrentadas: la de quienes están resueltos a defender sus peculiaridades ante cualquier ataque, verdadero o presunto, y la de aquéllos que por motivos morales o religiosos consideran rechazable cualquier alternativa a la sexualidad predominante.

Un conflicto latente

Y aunque este tipo de conflictos suelen saldarse con un compromiso de convivencia pacífica que respete los derechos de todos, sin que nadie haya de renunciar a sus más íntimas convicciones, permanecen sin resolver una serie de cuestiones de capital importancia cuyo esclarecimiento contribuiría en buena medida a situar en sus justos términos un debate tan controvertido como éste. ¿Hasta qué punto puede decirse que las conductas sexuales atípicas son antinaturales, y por ello condenables?, ¿qué significan las palabras “atípica” y “antinatural” en este contexto? Las distintas opciones sexuales minoritarias que se repiten a lo largo de la historia, ¿son patologías a tratar acaso en el futuro por ausencia de medios en el presente o tan solo una muestra de la riquísima diversidad imperante en los múltiples aspectos de la existencia humana?

La “Venus de Willendorf” (28.000 – 25.000 a.C.) como representación de la fertilidad mediante atributos sexuales femeninos exagerados.

Estas son algunas de las cuestiones a esclarecer en el ámbito puramente natural, pero lo cierto es que asistimos también a un encrespado debate en ámbitos sociales y políticos. Nadie niega a estas minorías sexuales derechos como el voto, la asociación o la manifestación. No obstante, hay otros asuntos más delicados cuando se observan de cerca. Cuando se discrepa sobre el genuino papel de la sexualidad en configuración la identidad humana, ¿podemos exigir a otros que no expresen públicamente opiniones que contravienen las nuestras?, ¿cómo delimitar entonces las fronteras de la libertad de expresión?

El término alosexual, que abarcaría a intersexuales y transexuales, cobijaría a quienes presentan alguna clase de discordancia entre su sexo genético, el desarrollo genital o la interpretación psicológica de ambos

Cuando manifestamos públicamente nuestras diferencias con otros puntos de vista, ¿estamos promoviendo automáticamente la aversión el “odio”, prefieren decir algunos hacia aquellos que disienten de nosotros? Según ese criterio, cualquier divergencia de opiniones implicaría animadversión y en algunos casos sería penalmente punible. Y esta tendencia a cuestionar la libertad de opinión en determinados asuntos, presuntamente en beneficio del respeto a sensibilidades ajenas, podría constituir una amenaza superior al peligro que desea conjurar.

Con el fin de mantener la línea argumental tan apartada de cualquier prejuicio como sea posible, en lo sucesivo no se utilizarán términos al uso en ciertos círculos de opinión, como “transgénero” o “cisgénero”. En su lugar se partirá de la constatación de la dualidad sexual como un hecho biológico ineludible que se adopta como referencia comparativa, para considerar en un segundo estadio el tipo de afinidades sexuales de un determinado individuo. Por ello, denominaremos grupo isosexual al formado por los homo, hetero y bisexuales, en tanto sus miembros no muestran discrepancia entre el sexo somático y la percepción psicológica de ese rasgo de su identidad. El término alosexual, que abarcaría a intersexuales y transexuales, cobijaría a quienes presentan alguna clase de discordancia entre su sexo genético, el desarrollo genital o la interpretación psicológica de ambos.

Todos estos aspectos, y algunos más, son facetas de suma importancia en un tema tan capital como es la participación del ingrediente sexual en la construcción de la identidad humana y los límites éticos de la discusión sobre la legitimidad de diversos caminos en la construcción de tal identidad. Suele echarse en falta una reflexión serena a la luz de la historia, la antropología y la biología que ayude a esclarecer, sino los flancos más polémicos, sí al menos los términos precisos del debate. El propósito del presente trabajo no es otro que ser de ayuda en ese punto.

Diversidad sexual en los animales

Los debates sobre la diversidad en las conductas sexuales humanas, y en especial el rechazo de algunas de ellas, suelen bascular en torno a la idea de “naturalidad”. Se dice que las tendencias homosexuales o transexuales, por ejemplo, son antinaturales por cuanto infringen una difusa noción de ley natural que proscribiría tales comportamientos. Nadie ha concretado jamás los perfiles de semejante ley natural, aunque ciertos moralistas apelan a ella con demasiada frecuencia para estar tan mal aquilatada.

No teniendo más criterio objetivo para establecer el carácter natural de un fenómeno que la observación de su acaecimiento en la naturaleza, deberíamos comenzar fijando nuestra atención en el reino animal a fin de desvelar si allí existen variantes en la sexualidad similares a las humanas. El tema es más delicado de lo que parece, por cuanto Darwin hizo implícitamente de la heterosexualidad, a través del mecanismo de la selección sexual, uno de los pilares de su recién nacida teoría evolutiva. La cuestión era muy sencilla: numerosas características sin aparente ventaja en la pugna cotidiana por la subsistencia se preservaban de una generación a la siguiente –según Darwin– porque actuaban como reclamo efectivo en la búsqueda de pareja y por tanto desempeñaban un papel reproductivo trascendental.

Se han documentado casos de lo que parecen ser conductas homosexuales en especies que van desde las focas y las orcas, a las moscas y los carneros, pasando por pingüinos, pulpos, elefantes, delfines y simios

El gran naturalista británico dedicó la mitad de su libro El Origen del Hombre a afianzar con toda clase de datos y argumentos este mecanismo de selección sexual, que tanto peso tenía para él en la evolución de las especies. No obstante, ya ha finales del siglo XIX y especialmente durante el XX, se constató que la realidad era muy distinta de la supuesta por Darwin.

Se han documentado casos de lo que parecen ser conductas homosexuales en especies que van desde las focas y las orcas a las moscas y los carneros, pasando por pingüinos, pulpos, elefantes, delfines y simios,. Los estudios sobre el cobo, un antílope africano, no detectaron homosexualidad entre machos pero sí con gran frecuencia entre hembras, sin que ello estorbase a su debido tiempo los habituales quehaceres reproductivos. No resulta tan sencillo hablar de transexualidad en animales, por cuanto ese concepto implica un juicio sobre la percepción de la propia sexualidad y sólo el género humano ha ofrecido muestras válidas de poseer autoconciencia.

Del animal al humano

La suposición de que la homosexualidad en los animales sólo se daba como consecuencia de impulsos heterosexuales frustrados o para expresar relaciones de dominación, quedó refutada por el ejemplo de los bonobos. Los miembros de esta especie de chimpancé cohabitan usualmente con cualquiera de sus congéneres sin distinción de sexo o edad, lo que se interpreta como una vía para liberar las tensiones competitivas por el alimento y reforzar la cohesión social de la comunidad.

Ese tipo de apaciguamiento homosexual también se adjudica a los babuinos machos de la sabana africana, los cuales, sin embargo, no son promiscuos como los bonobos. El ganso silvestre compone a veces parejas estables de machos que se unen en la etapa reproductiva con una hembra para formar un terceto familiar dedicado a cuidar a sus polluelos. Por el contrario, entre los estorninos rosados de Massachusetts son muy comunes las parejas de hembras al cuidado de los nidos.

Africanos, polinesios y pueblos precolombinos tuvieron sus normas sociales sobre la diversidad sexual, aunque el caso históricamente más célebre sea el de la Grecia clásica, donde esta clase de relaciones contaban con sus propias reglas de etiqueta.

Con tales antecedentes etológicos no resulta extraño que también la humanidad exhiba a lo largo de su historia una flexibilidad no menos amplia en sus actitudes sexuales. Homosexualidad y transexualidad fueron aceptadas y socialmente codificadas durante la antigüedad en prácticamente todos los continentes. Africanos, polinesios y pueblos precolombinos tuvieron sus normas sociales sobre la diversidad sexual, aunque el caso históricamente más célebre sea el de la Grecia clásica, donde esta clase de relaciones contaban con sus propias reglas de etiqueta.

Las tres grandes religiones monoteístas condenaron posteriormente todo alejamiento del patrón convencional de relaciones procreativas entre sexos opuestos. Las infracciones se castigaban severamente, como en la Europa medieval, donde los sodomitas eran considerados criaturas diabólicas merecedoras de purificación en la hoguera. Con el tiempo la dureza de las penas fue suavizándose, aun cuando –triste es reconocerlo– no se suprimieron prácticamente hasta entrado el siglo XX. La represión histórica de la diversidad sexual humana produjo una reacción contraria según la cual masculinidad y feminidad se concebían como meras asignaciones sociales que evolucionan con el tiempo, minimizando el papel de la biología en la cuestión. Epítome de esta opinión fue la obra del sexólogo estadounidense John Money (1921–2006), a cuyo juicio la orientación sexual era una construcción puramente social y por ello ideológicamente superficial.

La perspectiva psicobiológica

Se sabe que una modificación en el gen GB convierte en homosexuales a los machos de la mosca de la fruta (Drosophila melanogaster), alterando la robustez de ciertas conexiones neuronales, por lo que cabe preguntarse cuál es la base biológica de la diversidad en la conducta sexual de los mamíferos y en concreto de los humanos. Un cierto esbozo de las repuestas puede avanzarse ya gracias a la psicobiología.

El proceso parece comenzar durante los primeros meses de existencia en el útero materno, cuando el feto se halla expuesto a un entorno hormonal –la cantidad de testosterona, en particular– cuya composición decidirá ciertas características sexuales de modo irreversible (el resultado no puede revertirse por reemplazamiento hormonal). Unos niveles demasiado bajos de testosterona en los fetos masculinos y demasiado altos en los fetos femeninos serían los responsables de alteraciones aún sin identificar en las conexiones neuronales del cerebro en desarrollo. Tales modificaciones neuronales, a su vez, serían el origen de la homosexualidad de estos individuos.

La autopercepción como mujer u hombre y la orientación sexual dependen de redes neuronales configuradas en el cerebro. No resultan empíricamente sostenibles, por tanto, las afirmaciones según las cuales la identidad sexual se construye casi exclusivamente por la sociedad.

Todo indica que en este aspecto la activación hormonal de los cromosomas X e Y prevalece sobre la carga puramente genética que cada persona reciba al ser engendrada. Las niñas con dos cromosomas X expuestas a elevados niveles de andrógenos prenatalmente, se comportan como varones. Los individuos con cromosomas XY –genéticamente hombres– cuyos receptores hormonales son insensibles a los andrógenos, cuando nacen presentan el aspecto físico y el comportamiento típico de una mujer.

Gráfica que indica la concentración de testosterona en el periodo pre y post-natal. La diferencia en dicha concentración sería la responsable del dimorfismo sexual humano.

Comparando entre hombres y mujeres heterosexuales el tamaño de un grupo de células en la parte frontal del hipotálamo (núcleo intertejido del hipotálamo anterior), se constata que en los hombres esta estructura es de tamaño algo mayor. Al realizar esta misma comparación entre hombres heterosexuales y homosexuales, el resultado fue que el tamaño de esta estructura neuronal en los homosexuales se asemejaba más al de las mujeres que al de los hombres heterosexuales. No obstante, otra estructura del hipotálamo (el núcleo supraquiasmático) es mayor en los hombres homosexuales que en los heterosexuales, aunque la clave vuelve residir en que el tamaño característico en los hombres homosexuales era equiparable al de esa misma estructura en las mujeres heterosexuales. También parece existir una configuración atípica de ciertas estructuras neuronales en los casos de transexualidad,.

Las consideraciones precedentes concuerdan con las investigaciones que dictaminan que el dimorfismo sexual encefálico constituye la base de las diferencias entre masculinidad y feminidad. La autopercepción como mujer u hombre y la orientación sexual dependen de redes neuronales configuradas en el cerebro. No resultan empíricamente sostenibles, por tanto, las afirmaciones según las cuales la identidad sexual se construye casi exclusivamente por la sociedad. El citado John Money sostenía, por el contrario, que la identidad sexual era algo aprendido más que innato y así creyó demostrarlo con el famoso caso de Bruce Reimer.

Se trataba de un niño cuyos genitales habían quedado irremediablemente destruidos al poco de nacer por una cirugía defectuosa, ante lo cual Money –coherente con sus convicciones– recomendó que fuese educado como una niña para ayudarle a superar el trauma. Su nombre fue cambiado por el de Brenda, recibió un tratamiento hormonal feminizante y durante un tiempo la estrategia pareció funcionar. Money utilizaba este caso en todas sus conferencias y escritos como apoyo decisivo para sus ideas hasta que trascendió la verdad. Ni la cirugía de reasignación de sexo, ni el tratamiento hormonal ni los hábitos aprendidos impidieron que Brenda recuperase su identidad masculina con el nombre de David, quien acabó suicidándose en 2003 presa de una severa depresión presumiblemente derivada de su historia previa.

Espacio de estados de la sexualidad humana

El cuadro de situación desplegado ante nosotros por la psicobiología se hace todavía más complejo cuando tenemos en cuenta que dentro del grupo isosexual –quienes se identifican psicológicamente con sus sexo somático– no existe una absoluta dicotomía absoluta entre heterosexualidad y homosexualidad, como demuestran los individuos bisexuales. De hecho parece existir una banda continua de estados de orientación sexual, desde los enteramente heterosexuales a los homosexuales exclusivos, basada en una cierta predisposición genética que se desarrollará en un sentido u otro dependiendo –aquí sí– de las influencias ambientales.

Se estima que hay entre un 3 % y un 6 % de individuos (humanos) con orientación exclusivamente homosexual, pero se carece de datos fiables sobre la frecuencia estadística de los demás estados intermedios y de su dinámica…

Este continuo de estados se representaría mediante una curva de distribución poblacional que comienza en un extremo con un pequeño porcentaje de homosexuales exclusivos. Después encontraríamos quienes son principalmente homosexuales sin rechazar encuentros episódicos con el sexo opuesto, seguidos de los bisexuales, los individuos principalmente heterosexuales y en el otro extremo de la curva –con una mayoría arrolladora– los heterosexuales exclusivos. A consecuencia de ello una persona cuya dotación genética lo permita, podrá inclinarse hacia la homosexualidad o alternativamente hacia la heterosexualidad en diferentes periodos de su vida si su entorno lo propicia.

Curva hipotética, basada en una extrapolación estadística, de la distribución de estados de orientación sexual humana, debida a Robert Epstein (© 2006, Scientific American Inc.).

Se estima que hay entre un 3 % y un 6 % de individuos con orientación exclusivamente homosexual en la población humana, pero se carece de datos fiables sobre la frecuencia estadística de los demás estados intermedios y de su dinámica, es decir, cómo puede cambiar esa distribución poblacional con el tiempo. Sería interesante explorar algún tipo de correlación entre este continuo de estados de la orientación sexual y los factores genéticos, hormonales y ambientales antes mencionados. Esta tarea de investigación, sin embargo, permanece todavía sin realizar con las suficientes garantías de rigor científico.

Más problemático si cabe es que sobre ese continuo de estados de orientación sexual se superpone la cuestión de la alosexualidad, denominación que acoge tanto los casos de transexuales como de intersexuales, quienes de alguna manera segregan conflictivamente su sexo somático del psicológico. Nada se sabe prácticamente de la distribución cuantitativa de orientaciones sexuales en este grupo ni de su correlación con algún área cerebral. No conocemos si dentro de la transexualidad, por ejemplo, se dan las mismas frecuencias de tendencias homosexualidad y heterosexualidad que en el grupo de individuos isosexuales. Podría darse el caso de una persona nacida mujer que siendo transexual asumiese una identidad masculina de tipo homosexual y por ello se sintiese atraída por los hombres exactamente igual que si fuese una mujer iso-heterosexual.

Mediante la secuencia de estados de sexualidad humana mencionada antes, cabe la posibilidad de ordenar casi todas las tendencias manifestadas hasta ahora por multitud de grupos y subgrupos sociales que de modo más o menos ruidoso vienen pugnando en las últimas décadas por el reconocimiento de su presencia como tales. Sin embargo, por el mismo motivo parece difícilmente sostenible la reivindicación de algunos individuos sobre su pertenecía a un supuesto “género fluido”, es decir, una situación en la que se identifican con un género sexual u otro dependiendo de lo que cada día les apetezca. Si tanto la isosexualidad como la alosexualidad, con su abanico de estados internos, dependen de la configuración neuronal en ciertas estructuras encefálicas –y todo indica que así es– cuesta mucho tomarse en serio a quien afirme que puede mudarlas a su libre albedrío cotidiano.

El estigma de lo patológico

Desde que en 1973 la Asociación Americana de Psiquiatría decidió eliminar la homosexualidad de su manual de diagnóstico de los trastornos mentales, arreció el enfrentamiento entre quienes sostenían que la diversidad sexual humana es tan solo una cuestión de opciones y cuantos mantenían que no eran sino diferentes variantes insanas de la iso-heterosexualidad. La condición patológica suele verse con recelo por los colectivos afectados en tanto éstos suponen que implica, junto con algún grado de  rechazo social, la preocupante perspectiva de que puedan ser obligados a seguir las terapias recomendadas para sus presuntas dolencias. Además, a nadie le gusta sentirse distinto del resto de sus congéneres en virtud de que uno de los pilares de su identidad se juzgue enfermizo, algo que llevaría a las personas concernidas a verse a sí mismas como seres en alguna medida “defectuosos”.

Las raíces de la conducta sexual humana no parecen ser exclusivamente genéticas

Estos temores no siempre se han confirmado, por fortuna, en circunstancias cuyo carácter patológico admite poca duda. Diabéticos y miopes, digamos, no suelen verse condenados a un especial ostracismo por sus semejantes, a pesar de que las inyecciones periódicas de unos y las lentes correctoras de otros sean signos evidentes de su problema. Y son muy raros los casos en los que quien padece tabaquismo –afección cuya gravedad tardó en reconocerse a causa de los intereses comerciales en juego– se ve coaccionado a seguir un tratamiento que lo cure.

…considerar patológica una cierta condición sexual no significa negar a los individuos involucrados su dignidad humana ni sus derechos inalienables; afirmarlo así es una trampa malintencionada de la que debería alejarse cualquier discusión imparcial sobre el tema.

Superados los tiempos de la penalización jurídica, importa subrayar que carece de toda fundamentación lógica la conexión que algunos activistas establecen entre la catalogación patológica de ciertas conductas sexuales minoritarias y el menosprecio o la animadversión hacia las personas que las practican. Aunque también es cierto que en no pocas ocasiones tales hostilidades, lógicas o no, incuestionablemente han existido. Pero con todo y ello, antes de discutir la valoración ética de una conducta patológica, habríamos de preguntarnos si hay razones para considerar como tales las variedades de la sexualidad humana examinadas hasta ahora.

Previamente a este análisis es importante destacar de nuevo que considerar patológica una cierta condición sexual no significa negar a los individuos involucrados su dignidad humana ni sus derechos inalienables; afirmarlo así es una trampa malintencionada de la que debería alejarse cualquier discusión imparcial sobre el tema. En el extremo opuesto encontramos a quienes se hallan dispuestos a borrar la palabra patología de su vocabulario por el procedimiento de equiparar cualquier conducta con cualquier otra. Todo se relativiza explicando las identidades y las orientaciones sexuales como construcciones sociales, y por tanto ficticias, eludiendo los aspectos estrictamente biológicos del problema (como intenta la llamada “teoría Queer”).

Aclarando los términos del debate

Si algo ha quedado claro en los anteriores epígrafes es que semejante postura dista mucho de estar refrendada por los hechos. La faceta puramente biológica de la diversidad sexual humana es una realidad insoslayable, que sólo desdeñará quien pretenda falsear desde el principio los términos de la controversia. Tampoco cabe negar la existencia de estados patológicos como aquellos caracterizados por desórdenes somáticos o psicológicos que impiden a la persona afectada llevar una vida plenamente satisfactoria, o al menos aspirar a ello en función de las circunstancias externas. Adoptando este punto de vista más ceñido a la realidad, examinemos a continuación si hay argumentos para considerar patológicos las manifestaciones sexuales previamente mencionadas.

Los conflictos de identidad sexual pueden derivar en problemas de autorreconocimieto de la propia persona.

La intersexualidad, técnicamente definida como un trastorno del desarrollo sexual, acaso sea el caso más claro de patología multifactorial bien establecida. Originada por una pluralidad de causas, desde una activación genética anómala hasta la insensibilidad a la acción hormonal típica, resultan evidentes las perturbaciones psicosomáticas que sufren las personas en esta situación. Abogar por una disolución de las categorías “hombre” y “mujer” (a las que se tilda de compartimientos estancos diseñados para aprisionar la variopinta y cambiante naturaleza humana) no pasa de ser una tosca tentativa de autoengaño. Cuando las ciencias biológicas avancen hasta el punto de prevenir o enmendar con eficacia este tipo de trastornos, sin duda nadie más se planteará discursos que no por bienintencionados dejan de ser un puro ejercicio de voluntarismo.

Ningún entorno social favorable solucionará el caso mientras el individuo afectado no perciba una concordancia entre las facetas física y mental de su sexo.

No muy distinto es el caso de la transexualidad, en la cual también se tiene un conflicto interno, en este caso debido al desajuste entre el sexo somático y el psicológico, por decirlo así. Gracias a las técnicas de neuroimagen sabemos que esa discordancia se da cuando la estructura de ciertas regiones cerebrales no se corresponde plenamente con la que cabría esperar a partir del sexo genético de la persona. La angustia existencial que esta disparidad crea suele requerir de tratamientos hormonales y cirugía genital reconstructiva, medidas que suelen acarrear efectos secundarios poco deseables a largo plazo.

Conviene insistir en que se trata de un conflicto esencialmente interior de la persona que sufre por la discrepancia entre el sexo que mentalmente considera propio y el que corporalmente observa que posee (razón por la cual se denominaba “disforia de género”). Ningún entorno social favorable solucionará el caso mientras el individuo afectado no perciba una concordancia entre las facetas física y mental de su sexo. Es en ese sentido en el que cabe calificar la situación de patológica, ya que se necesita la intervención de diversos especialistas con objeto de corregir un obstáculo de primer orden para el normal desenvolvimiento del individuo que lo sufre.

La superación definitiva del problema vendría dada por el reajuste entre el sexo psicológico y el somático, lo cual podría conseguirse de dos maneras: o bien modificando las correspondientes estructuras encefálicas para adaptarlas al sexo genético, o bien alterando el cuerpo para acondicionarlo al sexo cerebralmente percibido como propio (con cirugía, terapia hormonal e incluso –cuando la biotecnología lo permita– reemplazando los cromosomas sexuales en todas las células del organismo. Obviamente, ambas alternativas quedan fuera de las posibilidades técnicas actuales, pero en cuanto sea posible surgirá toda una cohorte de interrogantes éticos harto delicados. Parece claro que habría de estudiarse cada caso para saber por cuál de las dos opciones de cambio decantarse. Sin embargo, cuando se tratase de menores de edad la responsabilidad última de la elección recaería sobe los padres, y en ese punto un asesoramiento continuado e imparcial resulta decisivo ante una encrucijada de consecuencias éticas tan inciertas.

Argumentos falaces

Por último, la homosexualidad y la bisexualidad carecen de todo carácter patológico de acuerdo con el criterio aquí utilizado de compatibilidad entre el sexo genético y el psicológico. Los homosexuales y bisexuales se reconocen a sí mismos como hombres o mujeres sin problema alguno, con total independencia del sexo de las personas por las que se sientan atraídos. Y basta con que desaparezca la presión social a la que históricamente se han visto sometidos para que desarrollen una vida tan satisfactoria en todos los aspectos como cualquier persona heterosexual.

Se puede rechazar la homosexualidad a título personal por motivos estéticos, ideológicos o por meras preferencias personales, si bien no existe la menor base racional para asociarla con patología alguna. Pese a todo, no han faltado quienes consideran la homosexualidad como una suerte de anomalía censurable, análoga a la infracción de alguna “ley natural” cuyo significado se insinúa oscuramente en lugar de definirse con claridad. Suelen ser tres los criterios principales empleados para desaprobar la homosexualidad: estadístico-poblacional, evolutivo-selectivo y anatómico-funcional. Detengámonos brevemente en cada uno de ellos.

En un sentido meramente estadístico no hay duda de que la homosexualidad constituye una desviación de la moda estadística, toda vez que la inmensa mayoría de la población humana es heterosexual. No se alcanza a ver, sin embargo, qué motivo de censura moral puede haber en ello. En ese sentido –y sólo en ése– sí es cierto que cualquiera de las variantes de las sexualidad humana antes discutidas sería una anomalía, es decir, una desviación de la norma si por “norma” entendemos la moda estadística. Ahora bien, se trata de una cuestión puramente cuantitativa de la que no cabe extraer conclusiones éticas legítimas.

En los seres vivos que se reproducen sexualmente evolucionaron órganos genésicos específicos, no para perpetuar la especie, sino porque, entre otras posibles prestaciones, favorecían comparativamente esa perpetuación…

A primera vista el argumento evolutivo-selectivo parece más sólido porque afirma que si todos los miembros de una especie –o al menos todos los de un mismo sexo– fuesen homosexuales no habría descendencia posible y la especie desaparecería en una generación. En consecuencia, la homosexualidad es un rasgo que la selección natural debe descartar en beneficio de la supervivencia de los organismos en evolución. Aunque lo mismo podría decirse de los heterosexuales que por diferentes motivos deciden abstenerse de engendrar, este argumento se debilita al aplicarse a los homosexuales no exclusivos (véase el epígrafe 3) y pierde toda su fuerza frente a la bisexualidad. Siempre hay un porcentaje de individuos en cualquier población, con independencia de sus afinidades sexuales, que termina sus días sin descendencia y hasta ahora nadie ha sugerido seriamente que la ausencia de prole sea objeto de reprobación social sobre bases biológicas.

El tercer argumento se halla estrechamente relacionado con el segundo ya que el funcionamiento de una estructura anatómica –en este caso, el aparto reproductor– se juzga apropiado, o no, dependiendo de si se adecúa a una presumible finalidad evolutiva. De ello se pasa a concluir que, como los homosexuales, y en parte los bisexuales, no emplean sus órganos genésicos con el sexo opuesto según dicta la evolución biológica, están haciendo un uso impropio (misuse, en inglés) de tales órganos.

La falacia de este razonamiento se esconde en la suposición tácita –e incorrecta– de que la evolución es un proceso finalista, de modo que la adecuación de los medios a los fines proporciona un criterio inapelable para juzgar la bondad de aquéllos en función de éstos. Pero no es así porque la evolución, como cualquier otro proceso natural, ni es teleológica ni se plantea objetivos a conseguir en relación con los cuales podamos definir unos medios empleados, salvo en términos metafóricos.

En los seres vivos que se reproducen sexualmente evolucionaron órganos genésicos específicos, no para perpetuar la especie, sino porque, entre otras posibles prestaciones, favorecían comparativamente esa perpetuación aumentando la diversidad genética y mejorando con ello la adaptabilidad en cada generación. De ello no se sigue que el uso exclusivo de los órganos reproductores sea la reproducción. Tal como una misma función puede ser desempeñada por múltiples instrumentos, un mismo instrumento puede desempeñar múltiples funciones y el sexo (según se expuso en el epígrafe 2) ha demostrado ser un poderosísimo elemento de cohesión colectiva en numerosas especies animales, además de cumplir su papel reproductivo. No hay motivo, por tanto, para pensar que suceda algo distinto en la especie humana y que en ella la sexualidad tenga un propósito exclusivamente vinculado a la reproducción.

5. Sociología, derechos y libertades

Los modernos Estados democráticos de Derecho se fundan, además de en la soberanía popular, sobre el respeto a las minorías de todo signo bajo el supuesto de que las libertades básicas de opinión y expresión entre muchas otras– han de ser ejercidas en ausencia de presiones por cualquier persona, sin más límite que el respeto a esas mismas libertades y derechos ejercidas por otros ciudadanos. Las fricciones surgen cuando advertimos que cada colectivo afectado entiende de forma distinta los límites de los derechos de los demás con respecto a los suyos. Y ahí radica la clave del aspecto político del debate sobre la identidad sexual en la sociedad de hoy día: en el ejercicio de la libertad de expresión sin considerar las discrepancias del prójimo como un ataque inadmisible a las propias opiniones.

las campañas destinadas a educar en el respeto a las minorías sexuales deberían dirigirse, no a persuadir en modo alguno, sino a permitir que las personas decidieran libremente en este asunto ahorrando padecimientos injustificables

Los grupos que defienden una visión tradicional de las relaciones interpersonales suelen alarmarse ante las campañas de concienciación pública de los derechos de las minorías sexuales, a las que contemplan como una invitación a la práctica desenfrenada de conductas que ellos juzgan antinaturales. Estos temores, sin embargo, no resisten un análisis mínimamente racional.

Manifestantes en defensa de la libertad sexual en San Francisco.

Siendo cierto que algunas personas muestran una disposición auténtica a permutar su orientación sexual cuando el entorno les facilita el tránsito, no lo es menos que la inmensa mayoría de tales casos conciernen a homosexuales atemorizados por la presión social en su contra. La abrumadora preponderancia de la heterosexualidad garantiza que si existe alguna influencia de la sociedad sobre la orientación, ésta sea muy mayoritariamente favorable a la heterosexualidad. Por tanto, las campañas destinadas a educar en el respeto a las minorías sexuales deberían dirigirse, no a persuadir en modo alguno, sino a permitir que las personas decidieran libremente en este asunto ahorrando padecimientos injustificables. Se trata de aliviar sufrimientos, no de torcer voluntades.

La clave para evitar conflictos de todo punto innecesarios radica en el respeto por las opiniones ajenas, las cuales, cuando se expresan cortésmente, jamás deben ser interpretadas como una agresión a las nuestras. Idéntico razonamiento ha de aplicarse también si las minorías sexuales se arrogan la potestad de restringir las opiniones ajenas cuando las juzgan incompatibles con las suyas propias. Siempre que alguien manifiesta en público su discrepancia con la idea que sobre la identidad sexual defienden los más ruidosos activistas en estas minorías llueven sobre esa persona por más conciliadora que haya sido su expresión descalificaciones, vituperios e incluso peticiones de condena judicial. Este último extremo resulta de especial trascendencia por cuanto constituye de hecho un velado retorno al delito de opinión típico de los regímenes totalitarios. El procedimiento usual consiste en atribuir al discrepante alguna fobia (homofobia, transfobia), cuando la cuestión principal no parece girar en torno a temores ni aborrecimientos.

La censura invisible

El contraste de pareceres racionalmente argumentados es un ingrediente insoslayable de la libertad de expresión y, en consecuencia, también de la dignidad humana. Por eso ha de actuarse con exquisito cuidado a la hora de establecer las pertinentes limitaciones legales que pueden darse al ejercerlo. Y en ningún caso cabe admitir que las subjetividades particulares de personas o grupos se erijan en dique de contención para esta libertad o cualquier otra.

Siendo infinitos los matices de la variopinta subjetividad humana, nuestras opiniones siempre podrán colisionar con las de algún otro, el cual, si decide sentirse ofendido por ello, podría exigirnos una retractación o meramente el silencio. Semejante proceder, de generalizarse, conduciría a la desaparición efectiva de la posibilidad de opinar libremente sobre cualquier tema. La situación se agrava cuando la censura de las creencias ajenas se reviste con la acusación de que promueven el odio y deben por ello ser objeto de persecución penal. Con ello se equipara –acaso interesadamente– la divergencia de pareceres con la animadversión personal, confusión solo justificable en individuos de escasa cultura o mala voluntad. Solo quienes pretenden troquelar las mentes ajenas a su gusto y conveniencia, o quienes por sus pocas luces no alcanzan a ser tolerantes, pueden considerar las opiniones distintas como una amenaza o una agresión.

La persecución de las opiniones ajenas debe ser evitada en cualquiera de sus formas, legal o social.

Es más, la tolerancia hacia las ideas ajenas implica, no sólo la convivencia pacífica de modos de pensar mutuamente contrapuestos, sino también el derecho a alejarnos de aquellas convicciones que no compartamos declinando nuestra participación en ellas, sin perjuicio de cuantos sí deseen hacerlo. Tras escuchar que a una persona no le gusta el tenis o el jazz, raramente pensamos en llamarle “tenisfóbico” o “jazzfóbico”, y menos aún se nos ocurre que pueda desear algún mal a los tenistas o a los músicos de jazz. Muy distinta, sin embargo, es la actitud actualmente extendida en amplias capas de la población, que reaccionan con hostilidad cuando alguien manifiesta su desagrado por, digamos, las conductas homosexuales o transexuales. Al instante se le acusa de detestar a estos colectivos (“homofobía” o “transfobia” según las etiquetas al uso) y se da por descontado que pretende despojarlos de sus derechos humanos básicos.

…nuestra libertad para manifestarnos como somos es correlativa a la libertad del prójimo para distanciarse de nosotros.

Esa tácita equivalencia entre discrepancia y aborrecimiento resulta del todo aberrante y oculta que nuestra libertad para manifestarnos como somos es correlativa a la libertad del prójimo para distanciarse de nosotros. Como escribió Michael Levin al respecto: “La tolerancia incluye tolerar las barreras”.

Al cénit en estas actitudes se llega cuando algunos de los más ardorosos activistas de las minorías mencionadas requieren del resto de la sociedad que sus ideas sean compartidas con entusiasmo. En otras palabras, más allá de la simple unanimidad se exige la unanimidad entusiasta, lo que de nuevo nos retrotrae a épocas y lugares –no tan distantes como sería deseable– en los que cualquier atisbo de discrepancia se cercenaba sin contemplaciones en beneficio de una instancia presuntamente superior (la patria, la divinidad, la revolución) o de valores éticos convertidos en fetiches. Huelga señalar en qué clase de sociedad inquisitorial desembocaríamos si la mayoría de los ciudadanos –con la mejor intención– acabasen contagiándose de tamaña inflexibilidad intelectual.

6. Conclusiones

No cabe dudar que las controversias sobre la naturaleza de la identidad sexual humana, y las repercusiones políticas que de ellas se deriven, persistirán largo tiempo entre nosotros. Pero aun admitiéndolo así, tampoco debe olvidarse que el caudal de conocimientos acumulado hasta la fecha permite destilar una serie de conclusiones con suficientes garantías de fianbilidad. En síntesis éstas serían:

1º) La diversidad sexual humana –algunas de cuyas manifestaciones también se dan en el reino animal– se organiza en dos dimensiones principales: la relacionada con la concordancia entre el sexo psicológico y el sexo somático (isosexualidad frente a alosexualidad) y la referida a la orientación sexual del individuo (hetero, homo o bisexual) en la búsqueda de pareja.

Tan sólo nos queda esperar que una diligente indagación científica de uno de los aspectos más fascinantes del mundo natural, la propia naturaleza humana, arroje cada vez más luz sobre todas las facetas de nuestra identidad.

2º) Sobre bases estrictamente racionales, no hay argumentos de peso para considerar moralmente condenables en modo alguno las conductas no heterosexuales. En concreto, el término “antinatural” que suele aplicarse en tales casos es inadecuado, está mal definido y se halla cargado de connotaciones peyorativas que sólo consiguen oscurecer el debate.

3º) Disponemos de evidencias indeclinables sobre el dimorfismo sexual del cerebro humano para la dualidad hombre-mujer. Y ese punto de partida ha permitido avanzar en el conocimiento de la base fisiológica asociada con la diversidad de conductas sexuales de los seres humanos.

4º) Tanto la autopercepción como la orientación sexuales parecen depender de la acción hormonal experimentada por el individuo tanto prenatalmente (un máximo en la concentración de testosterona hacia la mitad de la gestación) como después del nacimiento (un segundo máximo de testosterona, sólo en los niños, unos pocos meses tras el nacimiento), lo que deja en un segundo plano las influencias sociales –educación, imitación– cuya importancia durante mucho tiempo se juzgó primordial.

5º) Dado que no presentan discrepancias entre el sexo psicológico y el sexo somático, no existen razones para considerar patológica la condición de homosexuales y bisexuales, a diferencia de transexuales e intersexuales. Éstos últimos suelen precisar tratamiento hormonal, terapia psicológica e intervenciones quirúrgicas a fin de mitigar el conflicto que arraiga en la percepción conflictiva de su propia identidad sexual.

6º) Las encrespadas disputas entre defensores de uno u otro estilo de vida sexual no deberían olvidar –y menos aún los legisladores– que la decisión subjetiva de interpretar las diferencias de opinión como afrentas personales jamás debería ser el criterio normativo que regulase la libertad de expresión de nuestros semejantes.

Tan solo nos queda esperar que una diligente indagación científica de uno de los aspectos más fascinantes del mundo natural, la propia naturaleza humana, arroje cada vez más luz sobre todas las facetas de nuestra identidad. Este propósito únicamente se alcanzará únicamente si los investigadores resisten sin doblegarse ante las presiones de cuantos ven un agravio imperdonable en cualquier dato que venga a demostrar que la realidad no se ajusta a sus prejuicios.

Foto portada: Se han documentado numerosos casos de conductas homosexuales en el mundo animal.