Donde el “secreto de los sueños” le fue revelado a Freud


“En esta casa, el 24 de Julio de 1895, el Secreto de los Sueños le fue revelado al dr. Sigmund Freud”. El célebre precursor del psicoanálisis imaginó esa inscripción sobre mármol y llegó a comentarla con su amigo el doctor Wilhelm Fliess, según consta en una carta dirigida a él.

¿A qué se refería Freud en esas líneas?

Tiempo atrás, había tenido un sueño con una paciente llamada Irma, que también estaba siendo tratada por otro colega, el dr. Otto. En el sueño, Irma (aquejada de “histerismo”) presentaba un aspecto tan dolorido y desmejorado que el soñador sintió una punzada de culpabilidad: alguna otra dolencia orgánica debía haberle pasado desapercibida, y una trasparencia en su vestido mostraba que algo, efectivamente, no funcionaba bien en el organismo de la paciente. Otros médicos ratificaban en el sueño su misma percepción, y suscribían un dictamen que señalaba al dr. Otto como el causante, al haberle puesto a la paciente una inyección con la aguja sin esterilizar.

Al día siguiente, el 24 de Julio de 1895, Freud estaba sentado en la terraza del Hotel Bellevue de Viena, pensando en el sueño de la noche anterior. Para ser consecuente con su propio sistema y filosofía de trabajo, tenía que abordar de frente la esencia del asunto empezando por su propio ego y analizar sus genuinos sentimientos en aquel contexto tal y como podían ser rastreados antes y por encima de toda componenda, consciente o inconsciente. En fin, lo que se supone debe hacer -entonces y ahora- todo aspirante a psicoanalista.

Sigmund Freud en la época en que estudiaba afanosamente los sueños.

El sueño había sido desencadenado porque, en la tarde anterior, Otto, de visita en casa de Freud, le dijo que había visto a Irma y que no estaba “totalmente” restablecida, comentario que sumió Freud en una profunda e inconfesada inquietud, con la que se fue a dormir esa noche.

A la tarde siguiente, sentado en la terraza del hotel, Freud comprendió que el móvil del sueño era un deseo, y su contenido, la realización de ese deseo.

Un deseo que contenía cosas como el desplazamiento en dirección al dr. Otto -su amigo- de su propia sensación de culpa, con el consiguiente alivio. Un movimiento que, además, satisfacía otra humanísima y oculta aspiración: el descrédito y descalificación de cualquiera cuyo prestigio compita directamente y amenace con rebajar el propio. Por supuesto, eso conllevaba el sutil placer de la venganza contra un colega que, según su percepción íntima, había cuestionado la validez de su trabajo con una paciente. Por último, Freud tuvo que admitir ante sí mismo algo todavía más escabroso para la época, y que, además, era un tabú profesional: su innegable y ya manifiesto interés sexual por Irma.

Cinco años después de aquella tarde, Freud publicó “La interpretación de los sueños”, donde establecía, entre otros principios, que muchos de nuestros sueños representan, disfrazados, deseos cuya naturaleza real no estaríamos dispuestos a reconocer no ya en sociedad, sino ante nosotros mismos. Acertada o no la teoría del psicoanálisis freudiano, uno de sus basamentos sostiene que cada sueño representa el intento de satisfacción de un deseo, casi siempre, oculto.

La placa con la inscripción imaginada por Freud fue colocada finalmente en el Hotel Bellevue de Viena en 1977.(Ad)

Foto portada: El hotel Bellevue en Viena, en la época en que Freud tuvo su “revelación”.