“Hemos movilizado elementos químicos novedosos, desconociendo sus ciclos ambientales o su toxicidad”


Elementos de la tabla periódica prácticamente ausentes de nuestra vida corriente hace unos años, están ahora en nuestros bolsillos, nuestra casa y nuestro entorno, sin que nos demos cuenta. Algunos (germanio, galio, tántalo, telurio, niobio y otros) conocidos como “elementos tecnológicamente críticos” (TCE) se han hecho ya imprescindibles. Los efectos a largo plazo de estos “nuevos” elementos exigirían un seguimiento especial, como el que han iniciado investigadores del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC) y la Universidad de Ginebra.  

MONTSERRAT FILELLA. Investigadora y Profesora de Química Ambiental en la Universidad de Ginebra.

Adelantos –¿Con qué elementos químicos se asocian, en general, las nuevas tecnologías?

Montserrat Filella –En el mundo actual, estamos utilizando por primera vez casi todos los elementos de la Tabla Periódica. Hace 20 años, se estima que se utilizaban unos 20 elementos químicos y ahora, no menos de 70. Y, además, los objetos que utilizamos hoy en día son mucho más complejos. 

“Un solo teléfono móvil contiene unos 60 elementos de la Tabla Periódica”

Así, un solo teléfono móvil contiene unos 60 elementos. Se sabe poco sobre las consecuencias ambientales de esta utilización generalizada de elementos químicos, hasta ahora sin interés, pero se está empezando a tomar conciencia del problema. Por ejemplo, yo soy vice-presidenta de una Acción COST de la Unión Europea, la TD1407, cuyo objetivo es coordinar científicos que se dedican a investigar este tema en Europa.

“Los elementos “tecnológicamente críticos” se producen mayoritariamente en China y países africanos”

Dentro de esa utilización generalizada, hay una serie de elementos a los que se ha dado en llamar “tecnológicamente críticos”. Esa clasificación es económica y está basada en criterios geopolíticos. Me explico: algunos de los elementos que no se utilizaban antes se producen mayoritariamente fuera de Europa, sobre todo en China o en países africanos “difíciles”. Por esa razón, se les ha llamado “tecnológicamente críticos” (incluye: las tierras raras, los elementos del grupo del platino y otros como tántalo, niobio, germanio, indio, etc.) y los países occidentales invierten en asegurar el suministro. O sea que los que, oficialmente son “tecnológicamente críticos” son sólo una parte de todos los utilizados hoy en día, sobre los que es necesario saber más. 

–¿En qué instrumentos, aparatos, etc, están más presentes?

–Literalmente, en todo lo que nos rodea. Se citan a menudo algunas aplicaciones, como las tecnologías de la información (móviles, ordenadores, servidores, fibras ópticas) o las tecnologías de producción de energía llamadas verdes (placas solares, molinos de viento) pero es importante no limitarse a estos ejemplos porque lo que es realmente nuevo es su utilización generalizada en todo tipo de objetos.

“Las concentraciones menos elevadas de ciertos elementos pueden producir efectos a largo plazo, que son más difíciles de detectar”

–En proporciones suficientemente altas, ¿cuáles podrían ser los efectos de esos elementos sobre el medio ambiente?

–Las profecías no forman parte de la ciencia y las predicciones piden tener datos sobre los que basarse. Sobre la toxicidad y la ecotoxicidad de los elementos, no disponemos de datos en la actualidad. Además, los efectos dependerán del elemento en cuestión. Lo que sabemos sobre los elementos utilizados “desde siempre” y largamente utilizados, muestra que los efectos del plomo o del mercurio, por ejemplo, son muy distintos. También cuenta la concentración: concentraciones menos elevadas pueden producir efectos a largo plazo, que son más difíciles de detectar. La única respuesta seria a su pregunta es que hay que empezar por investigar y reunir datos.

Tabla periódica: en verde, los elementos de hace veinte años. En amarillo, los “nuevos”.

“El posible efecto de esos elementos nuevo sobre el ecosistema global, de momento, no es visible, en parte porque el aporte de los combustibles fósiles es más elevado”

–Según esa investigación, la presencia de germanio, galio o tántalo en los ecosistemas estudiados sigue debiéndose a la producción del carbón y de metales convencionales. ¿Qué debiera preocuparnos entonces de su presencia en las “nuevas tecnologías”?

–Los efectos posibles dependerán de sus concentraciones en los ecosistemas, independientemente del origen de la contaminación, que puede ser por utilización directa o contaminación indirecta; por estar los elementos presentes, por ejemplo, en el carbón o el petróleo, o acompañando a otros elementos más utilizados. De lo que se trataba en este trabajo era de establecer si, con los datos de los que se dispone, era posible ver ya un efecto que pudiera ser debido a sus nuevas utilizaciones. Nuestras conclusiones son que no se ve y que, además, para algunos elementos, difícilmente se verá porque otros aportes (combustibles fósiles) parecen ser mucho más elevados. Estamos hablando, evidentemente, de contaminación a nivel global. A nivel local, al lado de una acería, por ejemplo, está claro que sí puede haber contaminación “visible”.

“La explotación minera de los romanos en España ha dejado una señal clara en el hielo de Groenlandia”

–En ese trabajo, se habla del mercurio, el plomo, el cadmio, presentes en el Ártico y otras áreas “donde la influencia humana no es directa”. ¿Cómo han llegado hasta allí?

–Volando. Literalmente. No es broma. El sistema más eficaz que existe en nuestro planeta de transporte de los contaminantes es la atmósfera. Eso hace que el estudio de su presencia “lejos de las fuentes” sea muy útil para seguir su utilización desde la prehistoria. Así, la explotación minera en España en tiempo de los romanos ha dejado una señal clarísima en el hielo de Groenlandia. 

–¿Cuál es la advertencia fundamental que, a su juicio, se deriva de esta investigación?

–Que hay que continuar investigando… En estos momentos estamos movilizando prácticamente todos los elementos químicos, lo que es nuevo para la Humanidad, y, sobre muchos de ellos, no sabemos casi nada a nivel de sus ciclos ambientales o de su toxicidad. No todos tienen por qué ser “problemáticos”, pero necesitamos datos para confirmarlo.

Foto portada: Juan Carlos Rodríguez Murillo, investigador del MNCN, tomando muestras en las Tablas de Daimiel (Foto: Montserrat Filella).