La “gran muralla china”… en la Antártida


 

ELÍAS MEANA Oficial radioelectrónico de la Marina Mercante y escritor, miembro de la primera expedición española (1983) a la Antártida. Participó en la construcción de la base antártica “Juan Carlos I” (1986).

ELÍAS MEANA
Oficial radioelectrónico de la Marina Mercante y escritor, miembro de la primera expedición española (1983) a la Antártida. Participó en la construcción de la base antártica “Juan Carlos I” (1986).


 

Con miras a la instalación de la que será su cuarta base, el “Instituto de Investigación Polar de China”, ha establecido un campamento al inicio del verano austral a orillas del mar de Roos, con el objeto de reconocer in situ la topografía del terreno donde instalarán la futura base. El lugar elegido está cercano a la base “Mac. Murdo” de los EE.UU., la mayor y más potente de las establecidas en la Antártida.

Base china “La Gran Muralla”.

Base china “La Gran Muralla”.

No deja de ser curioso que la omnipotente China de hoy iniciara su andar antártico construyendo su primera base (“La Gran Muralla”), en la isla del Rey Jorge, al “amparo” y con las facilidades que obtenía de la cercana base chilena de “Frei”, cuyo aeropuerto (el único en la isla), resolvía parte de su logística. Por entonces, en 1985, el “Tratado Antártico” ya recomendaba evitar establecer nuevos asentamientos en lugares donde existieran otros, y en la isla, además de la chilena citada, había otras cuatro: “Jubany” (Argentina), “Ferraz” (Brasil), “Arctowski” (Polonia) y “Bellingshausen” (URSS).

“Cuando llegamos al pie de la ‘muralla’ nos quedamos pasmados”

A quien esto escribe, le viene a la memoria, cuando, en 1988, tuvo la oportunidad de visitar “La Gran Muralla”, al regreso de instalar la primera base española (“Juan Carlos I”) en la isla Livingston, donde por aquellas fechas, no había ninguna otra. La visita la realizamos los cuatro técnicos que acabábamos de construirla (Jaime Rives, Félix Moreno Sorli, Roldán Sanz Güix, y yo mismo), mientras que, alojados confortablemente en la base “Frei”, tuvimos que esperar una semana entera para ser evacuados en un avión de la Fuerza Aérea Chilena. (Las condiciones meteorológicas, no permitían el vuelo).

La base china, la habíamos avistado durante la recalada a la isla del Rey Jorge, procedentes de Livingston, y si ya nos había parecido grande desde el mar, cuando llegamos al “pie de la muralla”, nos quedamos pasmados.

Estación ballenera en la isla de San Pedro, la mayor de las Georgias del Sur, fue abandonada en 1965. En su iglesia, mantenida por el personal de la cercana base británica “King Eward Point”, todavía se celebran misas esporádicamente.

Estación ballenera en la isla de San Pedro, la mayor de las Georgias del Sur, que fue abandonada en 1965. En su iglesia, mantenida por el personal de la cercana base británica “King Eward Point”, todavía se celebran misas esporádicamente.

El recorrido por la base, aunque amable, fue breve y muy limitado; según el guía que nos acompañaba, todavía quedaba mucho por hacer por más que habían transcurrido tres años desde su inauguración. De las muchas “incógnitas” que quedaron sin respuesta, una de las que más nos extrañó fue que, durante la escasa hora que permanecimos, no llegamos a conocer a más de una docena de personas, cuando la población rebasaba el centenar. En fin, que nos quedamos con las ganas de cambiar impresiones con los chinos, y de verle las tripas al coloso: la planta eléctrica, el tratamiento de las aguas grises y de la basura, la instalación de radio y demás servicios esenciales. Eso si, el té y las galletas que nos sirvió el guía con toda ceremonia, estaban deliciosos, pero se nos antojó que nos estaban “distrayendo”.

Días más tarde, el tiempo mejoró, y el avión, un Hércules C-130, de la Fuerza Aérea Chilena procedente de Punta Arenas (Chile), pudo aterrizar. Nevaba y hacia un frío del demonio, pero no quisimos perdernos el espectáculo de ver cómo tomaba tierra, y, acompañados de un joven teniente chileno, salimos al exterior, coincidiendo con la llegada de un tanque (de los de guerra) al que habían suprimido la torreta. –

¡Ahí llega el expreso de Pekin! –Comentó jocoso el teniente–.

“Barco arponero, vestigio de lo que fue una intensa actividad pesquera en San Pedro. Obsérvese que aún conserva el cañón a proa”.

Foto portada: “Barco arponero, vestigio de lo que fue una intensa actividad pesquera en San Pedro. Obsérvese que aún conserva el cañón a proa”.

El artefacto, cubierto de nieve y barro, al que seguían de cerca otros cuatro, se detuvo chirriando a pocos metros de nosotros. De la escotilla, surgió un hombre grande y fuerte vestido con un mono afelpado y la cabeza cubierta con un gorro de cuero, como aquellos que usaban los aviadores años atrás; saltó a tierra, y gritó algo en su lengua.

“La primera en descender vestía blusa de seda y falda corta. !Azul era el color de su piel¡”

Como si hubiera sido ayer, todavía recuerdo aquella escena: una tras otra, fueron apareciendo hasta siete mujeres por la escotilla, todas muy jóvenes y todas vestidas con trajes y zapatos de calle; unas llevaban pantalones, y otras faldas, pero nada más. La primera en descender, ayudada, por el “piloto”, era la más joven (no tendría veinte años). Vestía blusa de seda y falda corta. ¡Azul, era el color de su piel!.

Poco después, ya en el avión, los pasajeros, unos veinte chinos, media docena de chilenos, y los cuatro españoles, seguimos las indicaciones de uno de los tripulantes, y nos fuimos sentando en los banquillos adosados a los mamparos de la bodega (no olviden que se trataba de un transporte militar). El aire calefactado que salía por los difusores, no conseguía mitigar la gelidez que nos envolvía, y los chinos, incluidos los hombres, que también iban ligeros de ropa, no dejaban de tiritar.

“Miramos hacia allí y vimos al chino largo y estrecho que suponíamos era el ‘comisario político’”

Al rato, volando por encima de las nubes, sacamos de las mochilas el chocolate, las galletas y los frutos secos que todavía nos quedaban de las “reservas”, y dispuestos a compartirlas con los compañeros de viaje, comenzamos con los que teníamos más próximos: la joven de la blusa, y un hombre tan joven como ella, ambos, no dudaron en alargar las manos con un sonrisa.

“Trozo de visita” del buque de acción marítima (BAM) “Rayo” de la Armada Española, actuando en aguas de Somalia. Foto MDE.

“Trozo de visita” del buque de acción marítima (BAM) “Rayo” de la Armada Española, actuando en aguas de Somalia. Foto MDE.

Del fondo de la bodega, donde sujetada por una gran red viajaba la carga, alguien gritó en chino lo que nos pareció una orden. Miramos hacia allí, y vimos al chino largo y estrecho que, por sus maneras, ya nos había llamado la atención en la pista de aterrizaje (suponíamos que era el “comisario político”), se incorporaba airado del asiento.

–¡Gracias!, quisimos entender que decían los dos jóvenes, retirando las manos con una leve sonrisa.

La tensión fue mucha, y nunca sabremos lo que habría pasado de no ser por uno de los chilenos, el mismo que nos había deleitado con su guitarra en las veladas nocturnas de los días pasados en Frei.

Entre el ruido de los motores, oímos cómo templaba la guitarra, y al poco, acompañado por sus compatriotas, la bodega se llenó con la dulce melodía de la canción chilena más popular de todas: “Si vas para Chile”.

Esperemos que el avance de la China en la Antártida haya ido acompañado de buenas actitudes y haya provisto de un vestuario adecuado a los que allí se desplazan.

EFEMÉRIDES

 

24 Febrero 1989.

El Consejo de Ministros español, aprueba la plena incorporación de la mujer a todas las armas, cuerpos y escalas de las Fuerzas Armadas, y, consecuentemente, a la Armada.

26 Febrero 1806.

Una Real Orden dispuso que se obligase a cortar el pelo a los marineros y soldados de la Armada Española, orden que se terminó ejecutando a pesar de la “petición de gracia en razón de poder ser agarrado por el cabello aquel que se caía al agua, salvándole de la muerte”. De ahí procede la frase “Salvarse por los pelos”.

29 Febrero 1928.

Se entrega a la Armada el buque-escuela “Juan Sebastián de Elcano”, construido en los astilleros de Echevarrieta y Larrinaga, de Cádiz. A lo largo de su dilatada existencia, ha dado diez vueltas a la tierra, y recorrido más de un millón seiscientas mil millas (veintinueve millones de kilómetros, aproximadamente).