Los tres cabos del fin del mundo


Por ELÍAS MEANA, oficial radioelectrónico de la Marina Mercante. En la foto, cuando todavía era un “aprendiz de marino”.


“Fue en algún punto cerca del Cabo —siendo El Cabo, por supuesto, el Cabo de Buena Esperanza, el Cabo de las Tormentas de su descubridor portugués. Y, ya sea que la palabra «tormenta» no debe pronunciarse en el mar, donde abundan las mismas, o que los hombres no se atreven a confesar sus buenas esperanzas, el caso es que se ha convertido en el cabo sin nombre, en el Cabo tout court. El otro gran cabo del mundo, curiosamente, es llamado cabo muy pocas veces, si es que alguna. Decimos «un viaje alrededor de Hornos»; «remontamos Hornos»; «el azote de las olas fue tremendo a la altura de Hornos»; pero rara vez «el Cabo de Hornos», y, de hecho, con cierto fundamento, ya que el Cabo de Hornos es tanto una isla como un cabo. El tercer cabo tormentoso del mundo, que es el Leeuwin, recibe, generalmente, su nombre completo, como para consolarlo de su dignidad de segunda categoría. Estos son los cabos que presiden los temporales”.

Lo que acaban de leer es parte del capítulo dedicado al “Carácter del enemigo” del “El espejo del mar”, el libro de Joseph Conrad que elegí como lectura tras ver en la televisión un magnifico documental de la BBC sobre los últimos años de los grandes veleros mercantes, mientras que, vuelto a casa, convalecía de una operación quirúrgica. Para aquellos que no hayan leído las “crónicas” que conforman “El espejo del mar”, les diré que cada uno de sus capítulos está dedicado a la vida y circunstancias que, en el día a día, se daban en los veleros y vapores en los que navegó Conrad, escritor que, a juicio de quien escribe, es el autor que mejor ha reflejado a la gente de mar, el entorno en el que trabajaban, y a sus familias en tierra. Por cierto, ¡qué espléndida traducción la de Javier Marías!

Finalizar la lectura (creo que por cuarta vez a lo largo de mi existencia), y venirme a la memoria algunas de las etapas de mi vida marinera, especialmente las ocasiones en las que crucé el cabo de Hornos, fue inevitable, si bien no sé discernir si las reviví consciente, o durante el sueño en que al poco debí caer. Sea como fuere, cuando desperté, sentí la necesidad de plasmarlas en papel, aun sin saber muy bien con qué objeto, comenzando por las que, somnoliento todavía, se repetían una y otra vez en mi mente como si de una cinta de cine sin fin se tratara.

La primera vez que remonté Hornos

(Una nota previa):

A pesar de que hoy en día este mítico cruce ya no tiene el “mérito” ni la aureola de aventura que mantuvo durante siglos, la leyenda continua y pocos marinos habrá que no sientan un hálito especial cuando, bien arribando por el Este o bien por el Oeste, divisen el espolón que en la pequeña isla de Hornos marca el punto más austral de América. Quien estas letras escribe, tuvo la suerte de sentirlo cuando todavía no era más que un joven aprendiz de marino, y aunque el tiempo ha borrado de la memoria muchos detalles de aquella primera ocasión, el sentimiento permanece imborrable.

El “cruce”

Ocurrió a inicios del otoño austral de 1968, a bordo de un veterano carguero a vapor, cuyo primer nombre, mientras navegó bajo pabellón británico, había sido el de Glasgow Trader, y que ahora, tras su venta a una sociedad marítima griega, el que lucía era el de Bóreas, y la bandera que ondeaba, la de Liberia.

¡Es viejito pero lindo!, había exclamado el práctico de Mar del Plata, donde habíamos hecho escala procedentes de Bremenhaven, de la entonces República Federal Alemana (RFA).

¡Y tenía razón!, el Bóreas, tenía buena estampa, y a pesar de la mucha sal que acumulaba en sus cuadernas, seguía en buenas condiciones, por más que su mantenimiento ya no era el de sus mejores tiempos.

Recuerdo que aquel día se mostraba relativamente claro, la visibilidad, de regular a buena, y el viento, de componente Oeste, apenas levantaba más que borreguitos. En cuanto a la temperatura, no debía ser muy baja, pues, un jersey grueso de cuello vuelto, bastaba para protegerme.

¿Desilusionado porque los dos colosos, el Pacífico y Atlántico, estaban en tregua? Pues la verdad es que un poco sí, aunque ya lo había asumido tras llevar días recibiendo cada cuatro horas los boletines meteorológicos chilenos. “No hay temporal en la zona”, encabezaban una y otra vez las predicciones.

—Por lo menos estamos solos —rezongó el capitán a mi lado en el alerón, expresando con el gruñido que a él también le habría gustado un poco de “rasca”.

—Por aquí ya sólo pasan regatistas, aventureros y cruceros turísticos para que el pasaje pueda presumir de haber cruzado Hornos. ¡Hasta les entregan un certificado que lo acredita! —terminó su comentario el primer oficial con cierta ironía, uniéndose a nosotros tras haber echado un vistazo al “ojo electrónico”, cuya pantalla hacía horas que no mostraba otros ecos que no fueran los de la cercana costa.

¡Y no le faltaba la razón!; hacía ya muchos años que la inmensa mayoría del tráfico marítimo, cruzaba de un océano al otro por el estrecho de Magallanes.

En nuestro caso, la justificación de dar el rodeo no debía ser otra más que la del dólar. El practicaje del estrecho costaba una pasta, y por el estrecho sólo habríamos ganado algo más que día y medio, y ahorradas unas cuantas toneladas de fuel-oíl, pero a los griegos, teniendo en cuenta que en Antofagasta, el puerto final de destino, la única operación prevista era la de descarga, la cuentas no les habrían salido.

“No imaginaba que fuera tan pequeño” —recuerdo que comenté sin dejar de enfocar los prismáticos hacía el faro cuyo perfil apenas destacaba sobre un ligera planicie cercana a lo más alto de la abrupta e inclinada pared rocosa que descendía hacia el mar sin más vegetación que unos raquíticos matorrales.

De cualquier manera, un faro, sea cual sea, siempre es entrañable para un marino, y aquel, situado en el confín del mundo, en el que a lo inhóspito del paisaje y al duro clima, se unía la tremenda soledad en la que vivía el farero y su familia, hizo aún más afectivo el sentimiento que, junto con el del recuerdo y el respeto para los que nos habían precedido hasta que apareció el vapor, fue la mayor emoción que sentí mientras la quilla del Bóreas pasaba sobre la tumba de tantos de ellos.

El vapor “Boreas”.

La segunda oportunidad

La Goleta “Idus de Marzo” partiendo de Candás (Asturias) hacia la Antártida. (Foto: Alberto Vizcaíno).

La “Idus de Marzo”, rumbo al Sur. (Foto: Juan Antonio Martín).

En demanda de Cabo de Hornos. (Foto: Juan Antonio Marín)

En esta ocasión, el “paso” sí tuvo visos de leyenda, pues fue a bordo de la goleta de tres palos Idus de Marzo, y para más, íbamos camino de la Antártida comenzando la que sería la Primera Expedición Española al remoto continente helado. A bordo, con el capitán Javier Babé al frente, y Guillermo Cryns como jefe de la expedición, éramos, entre tripulantes, científicos, observadores militares y cámaras de televisión, veintitrés hombres (al final del artículo, porque es de ley, se proporcionan nombres y cometidos de todos los componentes de la expedición).

Por entonces, corría el año 1983, y hacia Antártida, donde había embarcado el grueso de los expedicionarios, habíamos zarpado de Punta Arenas (Chile), el 26 de febrero, teniendo prevista una breve escala técnica en Puerto Williams, un pequeño enclave chileno (más bien una base de la Armada), establecido en la isla Navarino, situada en la orilla sur del canal del Beagle. ¡Qué maravilla de la naturaleza es este angosto y largo estrecho, al que los españoles ya conocíamos como “Paso del Indio”, antes de su bautizo por parte de los británicos!

Hago mención a esta escala, porque durante nuestra corta estancia, tuvimos la oportunidad de conocer a Rosa Yagán, la última india pura de la etnia de los yaganes (también yámanes). Tenía ochenta y seis años, y hacía una vida más o menos normal. De hecho, nos la presentaron en la oficina de correos a donde había llegado tras recorrer andando los casi dos kilómetros que separaban a Villa Ukika, el pueblecito en el que vivía junto con los últimos descendientes de su raza, de Puerto Williams.

Finalizada la expedición y vueltos a Punta Arenas, tuvimos la triste noticia de su fallecimiento de muerte natural. “Su desaparición, representa el final del pueblo más austral del Planeta”, leímos en el diario local.

Rosa Yagán, fotografiada por el padre salesiano Alberto de Agostini, hacia 1917.

Villa Ukika, comunidad yámana a la vera de Puerto Williams, en la que vivía Rosa Yagán. (Foto: Juan Antonio Martín).

De Puerto Williams, partimos a media tarde. La predicción meteorológica para el área del Cabo de Hornos era de fuerte marejada con viento de componente Oeste con rachas de 30 nudos, y olas de 4 a 6 metros. Más hacia el Sur, el tiempo empeoraba.

Transcribo el apunte que consta en el informe oficial que redactó del viaje el entonces teniente de navío de la Armada Española, José Carlos Tuñon, embarcado como observador:

Día 1 de Marzo

“A 05.05 dando avante con el Cabo de Hornos a la vista, comienza el Paso de Drake. Fuerte marejada por el través con olas de cuatro metros. Se arrían los dos “Fisherman” y se toman rizos a la de mesana. El viento, del oeste, es de 40 nudos y la temperatura de 7ºC”.

En la cubierta, recorrida por la “línea de vida” a la que enganchábamos los mosquetones de los cinturones de seguridad, los veintitrés, en silencio, con el aullido del viento en la jarcia, aguantábamos la escora y plantábamos cara a los rociones mientras contemplamos el confín del mundo. Aquella mar y aquel viento, no era nada comparado con lo que Hornos se reservaba para la vuelta, retorno al continente americano que ocurrió veinte días después, una vez finalizada la expedición a la Antártida.

Disfrutando de la buena cocina de Josu Otazúa, cocinero de a bordo. De frente y de izquierda a derecha los capitanes Santiago M. Cañedo (fallecido en 2010) y Javier Babé. De espaldas y en el mismo orden, el teniente de navío José Carlos Tuñón, y el biólogo Juan Antonio Martín. En primer plano, Guillermo Díaz (biólogo). (Foto Elías Meana).

El día 16 de marzo de 1983, Guillermo Cryns, Jefe de la Expedición (fallecido en 2003), descubrió la placa de bronce que, como recordatorio de la 1ª Expedición Española a la Antártida, se fijó en una pared rocosa situada en 62º 04’ 40” de latitud Sur y 58º 24’ 50” de longitud Oeste (Caleta Visca, Isla del Rey Jorge, Shetland del Sur). En la esquina derecha con gorro azul, Vicente Manglano, médico de la expedición, fallecido en 1990. (Foto: Juan Antonio Martín).

La goleta navegando en busca del lugar idóneo para fijar la placa conmemorativa. (Foto:Alberto Vizcaíno).

La “Idus de Marzo, de nuevo, proa a “Hornos”. (Foto: Alberto Vizcaíno).

La tercera.

Transcribo de nuevo lo que José Carlos apuntó aquella jornada:

Día 21 de marzo

“La mar aumenta, hay olas de 8 metros del norte. A 05.20 se está en latitud del cabo de Hornos. El viento supera los 60 nudos y en rachas se calcula que llega a los 80 (el anemómetro tiene el límite en 60)”

En esta anotación, José Carlos, en lo que a la mar se refiere, se quedó corto, pues lo cierto es que, tal y como anunciaban los boletines meteorológicos, las olas  superaban los 12 m (mar montañosa). A Hornos, ni siquiera llegamos a vislumbrarlo entre las enormes y espumeantes crestas que coronaban aquellas montañas de agua que, rugiendo, se nos venían encima. Quiero suponer que José Carlos, tal vez no quiso dar más pábulo a que sus superiores lo tacharan de exagerado; bastantes tiempos duros y otras vicisitudes había reflejado a lo largo del periplo antártico.

Rumbo al continente americano, habíamos partido de la isla del Rey Jorge (Shetland del Sur) al amanecer del día dieciocho con viento fuerte del noroeste y mar gruesa, condiciones que no dejaron de aumentar mientras que nos fuimos adentrando en el Paso de Drake, alcanzando su mayor violencia la noche del veinte, cuando ya “olíamos” la cercanía de Hornos. Aquella noche, que fue brutal (no se me ocurre otro calificativo mejor), la pasamos prácticamente a la capa, a “palo seco” (sin una sola vela izada), dando avante con los motores lo justo para mantener el rumbo.

Rol de la expedición:

Javier Babé, capitán y armador. Santiago Martínez, primer oficial y armador. Fernando Cayuela, segundo oficial. Sotero Gutiérrez, jefe de máquinas. Elías Meana, oficial de radio. Xurso Gómez, contramaestre. Yosu Otazua, cocinero. Diego Garcés, marinero. José María Garcés, marinero.

Guillermo Cryns, jefe de la expedición. Alberto Vizcaíno, biólogo. Catoño Martín, biólogo. Guillermo Díaz, físico. Joaquín Mariño, biólogo. Fernando L. Rodriguez, naturalista. Vicente Manglano, doctor en medicina. Félix Moreno, ingeniero. Alfonso Jordana, periodista. José Carlos Tuñón, teniente de navío de la Armada (observador). Jaime Ribes, comandante del Ejército de Tierra (observador). Antonio Guerra, productor de TV. José Castedo, técnico de TVE. Ángel Villarias, técnico de TVE.

Vicente, Guillermo y Santiago, ya sólo están en nuestra memoria y en ella permanecerán hasta que el destino de cada uno de nosotros, nos vuelva a reunir con ellos.

La cuarta

El actual faro de Cabo de Hornos, inaugurado en noviembre de 1991, en sustitución del antiguo. Se eleva a 57 metros de altura sobre el nivel del mar en la denominada “Punta del Espolón”, en el extremo sureste de la Isla Hornos.

El BIO “Hespérides” fondeado frente a la base “Juan Carlos I”, durante la campaña 1992. (Foto: Elías Meana).

Este “cruce”, que fue el último, lo realicé como pasajero a bordo del buque de Investigación Oceanográfica (BIO) Hespérides de la Armada Española, y ocurrió a finales de noviembre de 1992 durante la segunda Campaña Antártica que realizaba el Hespérides tras su botadura. A su mando, estaba el entonces capitán de fragata don Víctor Quiroga.

El Hespérides, había partido de Cartagena y, tras cruzar el Atlántico y visitar varios puertos suramericanos, había hecho escala en el de Punta Arenas al objeto de reaprovisionarse y recoger a los expedicionarios militares y civiles que iban a desarrollar los trabajos científicos y técnicos en las bases “Gabriel de Castilla” y “Juan Carlos I”.

Del “cruce”, que se efectuó con buen tiempo, he de destacar que fue premeditado, pues don Víctor, bien pudo hacer rumbo directo hacía la isla de Decepción, pero tuvo la encomiable atención de “forzarlo” con el fin de que su tripulación, formada en gran parte por marineros de reemplazo, y de paso también los viajeros, pudieran preciarse de haber remontado Hornos, volviendo a su tierra con el correspondiente certificado refrendado con su firma.

En lo que a mi persona se refiere, la novedad, aparte de navegar en un barco tan emblemático, fue encontrarme con que el conocido faro ya no existía; había sido sustituido por una nueva instalación ubicada en una amplia terraza que daba directamente al mar. Lo inauguraron el año pasado, y aunque desde aquí no se ve, han conservado como monumento la vieja linterna —nos informó el comandante.

Que hubieran dado de baja al viejo pequeño faro me causó cierta tristeza, pero contemplando a través de los prismáticos la amplitud y funcionalidad de la nueva instalación, me contenté por lo que tal mejora suponía para el farero y su familia.

Pensé que era una aventura y, en realidad, era la vida”. (Joseph Conrad, en “El corazón de las tinieblas”).

Ilustración portada: Representación fidedigna del primitivo faro del cabo de Hornos, situado en la cima sur de la isla Hornos. Estuvo en funcionamiento desde 1962 hasta 1991, año en el que se inauguró el nuevo faro. La linterna se conserva en las proximidades de éste como monumento. (Cortesía de la autora, María de los Ángeles Oliva).