Medir la inteligencia: un debate sin fin


La inteligencia es uno de los rasgos más característicos de la identidad humana y, a la vez, uno de los más difíciles de definir. A este fin, ha colaborado ampliamente el despliegue de técnicas asociadas al estudio del cerebro desarrolladas a caballo entre los siglos XX y XXI. Mediante la correlación de imágenes que delatasen actividad en ciertas regiones cerebrales y la realización de diversas tareas mentales, se pretendía desvelar la sede material de nuestras facultades intelectuales, empeño en el que se ha avanzado notablemente, pese al largo camino que aún queda por recorrer.


Por: Rafael Alemañ Berenguer (*)


En la estela de estos logros, florecieron subdisciplinas en el terreno de las neurociencias con la pretensión expresa de analizar la relación entre el funcionamiento cerebral y toda clase de aspectos de la vida humana. Como sucedió antes con el adjetivo “cuántico”, el prefijo “neuro-” invadió incluso las revistas divulgativas con la promesa, más o menos justificada, de iluminar las vertientes todavía controvertidas de nuestra personalidad y comportamiento. Así brotaron la neuroeconomía, la neuroeducación, la neuroantropología o el neuroderecho, entre otras.

Puede ponerse en duda la pertinencia de estas nuevas parcelas del conocimiento, pero no cabe dudar de la multiplicidad de significados que el progreso de las neurociencias ha abierto para la palabra inteligencia. Identificada inicialmente con la resolución analítica de problemas y las invenciones técnicas, la inteligencia abarcó después toda creación intelectual –como las obras artísticas de cualquier tipo– para acabar incluyendo la administración óptima de nuestros estados anímicos y los de nuestros semejantes para obtener el máximo bienestar posible (inteligencia emocional). Últimamente se acostumbra a distinguir entre la inteligencia ejecutiva, responsable de las acciones que requieren un control consciente, y la computacional, encargada de las tareas guiadas subconscientemente (como un peculiar “piloto automático” que nos permite ahorrar energía y dedicar nuestra atención a asuntos más perentorios).

La dificultad de una definición

Con independencia del planteamiento de partida, sigue en pie la pregunta: ¿qué es la inteligencia? No debe ser una cuestión sencilla por cuanto la revista The Journal of Educational Psychology convocó en 1921 un simposio sobre el significado de este término, sin que los catorce especialistas reunidos alcanzasen un acuerdo unánime. Desde las facultades de aprendizaje hasta la pericia para el pensamiento abstracto, pasando por la capacidad de adaptarse a situaciones nuevas, se ensayó sin éxito una extensa gama de definiciones que siempre parecían dejar fuera alguna clave de lo que en la práctica juzgamos como un comportamiento inteligente.

Si a nuestra mente acude la imagen de algún científico famoso, probablemente sea Einstein, buen exponente, sin duda, de la capacidad intelectual humana. Pero también se consideraron geniales –con toda razón– las teorías evolutivas de Darwin, quien no utilizó ecuaciones matemáticas con la misma profusión que el físico alemán. ¿Es justo decir que uno era más inteligente que el otro? Las complicaciones aumentan cuando contemplamos a personajes de la talla de Leonardo Da Vinci, portentoso tanto en sus obras artísticas como en sus diseños mecánicos, hidráulicos y arquitectónicos (aunque algunos fuesen ensoñaciones quiméricas). Su contemporáneo Miguel Ángel nunca se ocupó de diseñar artilugios ingeniosos; ¿en qué sentido puede decirse que era menos inteligente que Leonardo? Y adentrándonos más en el mundo del arte, ¿es signo de mayor inteligencia el talento pictórico de Rembrandt o el genio musical de Beethoven?

Medir la inteligencia es una empresa ardua y controvertida

No es necesario recurrir a ejemplos tan elevados. Todos conocemos a personas con gran destreza persuasiva, capaces de ganarse las voluntades ajenas, gente con gran tino para elegir a sus amistades o individuos con gran olfato para los negocios. La inteligencia humana es tan polifacética que no resulta extraña la dificultad de encontrar una definición que reúna todos sus elementos.

Entre los confines de una definición aceptable, deberían situarse la capacidad de captar (analizando o sintetizando, según el caso) las ideas esenciales de cualquier situación, la previsión de consecuencias en el futuro, el pensamiento abstracto y creativo así como la facultad de transmitirlo con fidelidad. Con todo ello, no deberíamos prescindir para perfilar la inteligencia de la capacidad expresiva de las propias ideas, de la empatía con nuestros semejantes, e incluso de la memoria y la voluntad que forjan el núcleo íntimo de nuestra personalidad. ¿Y cómo olvidar en esta definición la autoconciencia, verdadera piedra angular de nuestro propio yo? Demasiados intérpretes nuevamente para un concierto –la mente– cuya partitura ignoramos, y del que solo sabemos que su ejecución ofrece una pieza soberbia, la inteligencia humana.

Medir la pluralidad de inteligencias

Todo indica que la inteligencia es tan sólo un término que subsume una gran cantidad de capacidades y destrezas intelectuales, cuya conjunción da lugar al ser inteligente que llamamos humano. Desde la memoria a corto o largo plazo, el razonamiento abstracto en todas sus formas, la automotivación, el pensamiento crítico, la imaginación creativa hasta incluso la conciencia de uno mismo y de sus relaciones con el prójimo, son facetas insoslayables de la inteligencia humana.

Por ello ha resultado siempre tan controvertido el empeño de muchos psicólogos por cuantificar un fenómeno tan complejo mediante un simple porcentaje como el cociente intelectual –no coeficiente– abreviadamente C.I. La puntuación del CI suele obtenerse dividiendo la edad mental de una persona, estimada mediante algún tipo de prueba, entre la edad cronológica de dicha persona. El intento de medir la inteligencia de modo fiable nace del deseo de abordar esta espinosa cuestión con el máximo rigor y objetividad posibles, sin duda. Pero no siempre la nobleza del propósito garantiza la pertinencia de los métodos.

Imaginemos por un momento que un médico nos asegura que ha inventado un test para saber si alguien está enfermo. Nuestra reticencia ante tan osada afirmación estará justificada, ya que la palabra “enfermedad” cobija tal abanico de dolencias y trastornos que carece de sentido referirse a ella sin especificar mucho más. Las diferencias entre los desórdenes mentales y las afecciones somáticas son profundas e ineludibles, por ejemplo, sin olvidar la inmensa variedad de síntomas y procesos subyacentes a los distintos tipos de enfermedades que a un ser humano pueden aquejar.

De modo semejante, sostener que hay baterías de pruebas que miden la “inteligencia general” –como, digamos, las escalas Weschler– resulta enormemente arriesgado toda vez que ni siquiera sabemos con certeza qué es la inteligencia en sentido general. A su vez, combinar de una cierta manera diferentes puntuaciones obtenidas de sendos exámenes sobre habilidades intelectuales específicas para obtener una calificación global no deja de ser un procedimiento notablemente arbitrario y sujeto a una considerable controversia.

De ninguna forma puede aceptarse la comparación de mediciones –realizada por algunos psicólogos– entre la temperatura y la inteligencia.

Se nos viene a decir que la escala de grados centígrados, digamos, conserva su validez aunque se mida con termómetros basados en tecnologías diferentes. Pero lo cierto es que el concepto de temperatura se encuentra perfectamente definido en el marco de la termodinámica mientras la inteligencia –como ya hemos visto– dista mucho de hallarse tan bien aquilatada en el ámbito de la psicología. Por eso, mucho más prácticas y realistas que las escalas globales son las diseñadas para evaluar capacidades específicas, como las pruebas de Raven.

Alfred Binet (1857 – 1911), creador de uno de los primeros test de inteligencia.

La historia de los test de inteligencia tal vez no haya sido muy larga pero sí muy polémica. A principios del siglo XX Binet desarrolló en Francia una batería de pruebas y una escala de edad mental a fin de detectar los alumnos necesitaban refuerzo escolar Más tarde, el catedrático de la universidad de Stanford Lewis Terman modificó estas pruebas, creando el difundido test de Stanford-Binet. En 1908 el psicólogo estadounidense Henry Goddard empleó esos test en su intento de evidenciar la supuesta superioridad de la raza blanca. El propósito era descubrir aquellos segmentos de la población cuya inferior inteligencia congénita aconsejaba esterilizar, o al menos impedir su reproducción.

El reclutamiento masivo de soldados durante la I Guerra Mundial permitió a Robert Yerkes, presidente de la Asociación Psicológica Norteamericana, aplicar a gran escala los test de inteligencia y analizar sus resultados a partir de más de un millón de sujetos. Sus conclusiones indicaban que la inmigración anglosajona y escandinava había proporcionado inicialmente a la población estadounidense una calidad racial que se vio empeoraba por la de europeos mediterráneos y eslavos, llegados con posterioridad. Tamañas afirmaciones, que hoy se nos antojarían científicamente insostenibles y moralmente reprobables, constituyeron la piedra angular de un amplio abanico de políticas eugenésicas y aislacionistas con amenazadores tintes totalitarios.

Razas, inteligencia y desigualdades

Asombrosamente, las discusiones sobre las diferencias innatas en inteligencia entre diversos grupos humanos –muy a menudo con indisimulados fines políticos- persistieron durante la segunda mitad del siglo XX y, hasta cierto punto, continúan en la actualidad, aunque con mucha menor resonancia. Un elemento tan sensible de la identidad humana como la inteligencia, no podía eludir el riesgo de convertirse en arma arrojadiza en manos de quienes contemplan en mundo desde el podio de una supuesta superioridad natural.

Uno de los más conocidos, Arthur Jensen (1923 – 2012), profesor de psicología en la universidad de California (Berkeley), afirmó abiertamente en 1969 que la disparidad de puntuación en los test de inteligencia entre blancos y negros estadounidenses se debía a diferencias inevitables de base biológica. Insensible al hecho de que la raza no se considera hoy día más que una construcción socio-cultural sin fundamento biológico(1), Jensen mantuvo esta perspectiva racista pretendidamente científica hasta el fin de sus días.

Arthur Jensen


(1) Las distintas frecuencias génicas como pautas de catalogación de grupos humanos no tienen más relevancia biológica que el color de los ojos o los rizos del cabello.


Este movimiento ideológico prosiguió con la publicación del libro The Bell Curve (1994), de Richard Herrnstein y Charles Murray, en el que se vinculaba las presuntas diferencias raciales mencionadas por Jensen con la situación social y económica de cada grupo. Obviamente, de este modo, parecía lógico justificar los mayores índices de pobreza de los negros estadounidenses como consecuencia de su inferioridad intelectual frente a los blancos de la misma nacionalidad.

Además, si la desigual distribución de riqueza entre las clases sociales tiene un origen genético(2), ¿no cabría calificar de “antinaturales” las políticas públicas orientadas a una mayor justicia social? Quince años después, el profesor británico Richard Lynn profundizó en la misma dirección con su obra The Global Bell Curve en la que traslada al continente europeo los razonamientos de Herrsntein y Murray, alegando la superioridad racial del pueblo alemán –no podía ser otro– como explicación de sus mejores datos económicos.

No todos los autores que defienden la existencia de una correlación genuina entre las diferencias raciales y las de capacidad intelectual tratan de excusar injusticas o discriminaciones de cualquier tipo. Hay quienes se sienten obligados a constatar esas diferencias como una cuestión de hecho que incluso podría contribuir a una organización más racional de la sociedad si a cada individuo se le proporcionase la formación intelectual que su capacidad le permite adquirir, sin exigencias más allá de sus límites. Tal es el caso de la psicóloga y socióloga Linda Gottfredson, de la universidad de Delaware, que no se tiene a sí misma por racista, pues sus estudios la llevan a creer que, pese a la gran cantidad de variaciones individuales dentro de cada grupo étnico, también hay una graduación discernible entre ellos.

Al representar gráficamente valores del CI en cualquier grupo humano en función del número de individuos que poseen cada valor, aparece una curva acampanada(3) que los estadísticos llaman “distribución normal” o “campana de Gauss”. Si se asigna el valor 100 a la puntuación más frecuente –la que obtiene el mayor número de personas– o “moda estadística”, la curva abarca un intervalo de valores de CI(4) entre un mínimo de 70 y un máximo de 130.

Gottfredson sostiene que hay diferencias apreciables entre las modas del CI para distintos grupos étnicos: cuando se fija arbitrariamente el valor 100 para los blancos estadounidenses, sus compatriotas negros sólo llegan a 85, los nativos americanos tendrían 80, los estadounidenses asiáticos alcanzan 105, en tanto los judíos de ese mismo país rozan los 110 o 115 puntos. Y ahí reside el argumento para esquivar las acusaciones de racismo. Al fin y al cabo, no son siempre los blancos anglosajones quienes salen mejor parados.


(2) Es curioso que hasta ahora nadie haya argumentado que, como numerosas discapacidades físicas tienen un origen genético, es antinatural, por ejemplo, gastar dinero público en reducir las barreras arquitectónicas que dificultan la vida diaria de estas personas.

(3) Se ha reflexionado poco sobre este sorprendente hecho. La distribución estadística bien podría haber sido asimétrica, con cantidades distintas de personas para valores notablemente altos o bajos del CI. No obstante, en una campana de Gauss, la simetría de la figura propicia que parámetros estadísticos como la media, la moda o la mediana, coincidan en su valor numérico.

(4) Ello no implica la ausencia de valores mayores o menores que estas cotas, sino tan sólo que no resultan estadísticamente significativos.


Una discusión inacabable

Las reprobaciones recibidas por esta clase de estudios fueron tan similares como semejantes eran las conclusiones que de ellos se extraían. Desde la indefinición patente del concepto de “inteligencia global” hasta el sesgo cultural subrepticiamente introducido en las preguntas preparadas para medir el CI. Parece obvio que las personas procedentes de un nivel social más elevado disponen de mayores recursos en su entorno para adquirir una cultura general y unos recursos cognitivos que se manifestarán como una sensible ventaja en los test de inteligencia.

Factores tan diversos y a la vez tan entrelazados como la educación recibida, las experiencias tempranas, los cuidados sanitarios, la atención emocional e incluso la sofisticación de los juegos accesibles, influyen en el desarrollo de la inteligencia tanto o más que el acervo genético en la mayoría de los casos. Y todos ellos son elementos extremadamente difíciles de calibrar en conjunto por lo que no suelen tenerse en cuenta a la hora de obtener consecuencias sociales y políticas a partir de datos biológicos presuntamente neutrales. Así lo explica con gran brillantez el paleontólogo y divulgador estadounidense Stephen Jay Gould (1941– 2002) en su reputada obra La Falsa Medida del Hombre.

Incluso lo que podríamos llamar la “riqueza cognitiva” del ambiente en la primera infancia –una circunstancia casi siempre inadvertida– juega un papel fundamental en el desarrollo del individuo. Nacer y crecer en un entorno con abundantes estímulos emotivo-cognitivos (textuales, audiovisuales, conversaciones interesantes, viajes, interacciones con otras personas y otros estilos de vida, etc.) ayudan a potenciar notablemente la inteligencia del sujeto en la edad adulta. Sobra insistir en que sólo las personas nacidas en familias con suficiente recursos económicos pueden aspirar a estos ambientes enriquecidos.

Stephen Jay Gould

La inadecuación de una estimación numérica única, como la ofrecida por el CI, volvió a ponerse de relieve en un estudio publicado por la revista Neuron en 2012, titulado “Fraccionando la inteligencia humana”. Tras someter a una batería de pruebas telemáticas a más de cien mil voluntarios que abarcaban aspectos tan diversos como la memoria, el razonamiento, la atención y la planificación, se comprobó que el CI no lograba estimar oportunamente el amplio rango de variaciones en los resultados. En lugar de ello, los investigadores constataron que se necesitaba, al menos, tener en cuenta tres factores básicos: memoria a corto plazo, capacidad de razonamiento y aptitud verbal.

Es más, se analizó mediante resonancia magnética el funcionamiento cerebral de dieciséis participantes y se halló que esas tres facultades intelectuales correspondían a tres pautas diferenciadas de actividad neuronal en el encéfalo. Es decir, varios circuitos neuronales contribuyen a la inteligencia humana en su conjunto, cada uno con una aportación específica. Por tanto, una persona puede poseer gran destreza en uno de ellos aun cuando resulte comparativamente más torpe en los otros.

De esta interesante investigación, así pues, podemos concluir que debería rechazarse la pertinencia de un único indicador (el CI, por ejemplo) como medida legítima de inteligencia, ya que nunca podrá abarcar la multiplicidad de capacidades cognitivas en los seres humanos. Por otra parte –y no menos importante– se desmiente de nuevo una posible correlación entre la inteligencia humana y características como raza, el género o la clase social.

Cualquier observador imparcial puede acaso pensar que estudios como este deberían saldar de una vez por todas la polémica sobre la medición de la inteligencia. Y, sin embargo, poco cabe dudar que la confrontación subsistirá. En temas tan resbaladizos como éste queda aún demasiado margen para las interpretaciones personales, y la inclinación a contemplar los datos desde una cierta perspectiva ideológica resulta irresistiblemente tentadora. Sólo resta confiar en que el futuro nos brindará nuevos descubrimientos que reduzcan sin cesar el terreno de cuantos desean convertir la inteligencia en un troquel con el que parcelar la especie humana.

(*) Rafael Alemañ, químico, físico e investigador colaborador de la Universidad de Alicante. Es autor de libros como “La Naturaleza imaginada: ¿es matemático el mundo?”,  “Evolución o diseño”, “El paradigma Einstein”, etc.


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© Rafael Andrés Alemañ Berenguer, 2018

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