El peor día del soldado viejo Miguel de Cervantes


(Un relato original de ELÍAS MEANA)

 

(I) Miguel de Cervantes. (D) Bandera de los Tercios Viejos de Nápoles y Sicilia, en los que militó Cervantes.

(i) Miguel de Cervantes. (d) Bandera de los Tercios Viejos de Nápoles y Sicilia, en los que militó el escritor.

 

 

I

De la vida de don Miguel de Cervantes, hay determinadas etapas o episodios de los que apenas se tienen noticias, y de los que, de haberlas, suelen ser vagas, mal interpretadas o simplemente falsas. De estos hechos, destaca el de su captura por parte de corsarios berberiscos, suceso que marcó un antes y un después en la vida de don Miguel, hecho al cual quiero referirme.

Mi nombre es Diego Vélez del Corral y soy descendiente de Diego Vélez Ximénez, que fue compañero de armas y testigo del apresamiento de Miguel de Cervantes Cortina (entonces, todavía conservaba el apellido materno).

No soy historiador pero sí amante de la historia y visitante asiduo de bibliotecas y archivos, lo que me ha brindado la oportunidad de conocer e incluso trabar amistad con investigadores y expertos bibliotecarios, sin cuya ayuda no habría conseguido recuperar una parte importante de lo que bien podríamos llamar diario de “acontecimientos” que, escritos de puño y letra en papel de trapo por mi lejano pariente, abarcan un periodo comprendido entre los años 1576 y 1589.    

Este patrimonio escrito ha permanecido a lo largo de los siglos en la vivienda que, a partir de su construcción en 1582 por Diego Vélez Ximénez, no ha dejado de ser la de sus descendientes, si bien estuvo oculto junto con otros bienes familiares desde los inicios de la Guerra de la Independencia con la llegada a Toledo de las primeras tropas napoleónicas, hasta finales de la década de los noventa del pasado siglo, cuando, a consecuencia de una notable grieta que se produjo en uno de los muros de lo que en tiempos habían sido las caballerizas, se descubrió tras una falsa pared.

En estos pliegos, recogidos en una decena de legajos de diverso volumen protegidos por una lona encerada, a los que, hasta ahora, he prestado mi mayor atención y cuidado, es donde se recoge la comparecencia de mi lejano pariente ante el Alcalde y Justicia Mayor de Toledo, cuando se cumplía el año de la captura del autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”.

Como apuntaba al principio, ha sido gracias a la ayuda prestada que he conseguido interpretar debidamente lo que, a modo de relato, se recoge de aquella presencia en catorce pliegos. Pero aun cuando hace ya unos años de este logro, no ha sido hasta el presente, en el que estamos conmemorando el IV Aniversario de la muerte de nuestro insigne escritor, que no se me ha ocurrido rescribirlo con la mayor fidelidad posible al castellano de hoy.

En un lugar de la Mancha sobradamente conocido, a 26 de septiembre de 2016.

Diego Vélez del Corral

A su Católica Majestad el Rey don Felipe II

Mi nombre es Diego Vélez Ximénez, natural de Villamiel, una aldea cercana a la ciudad de Toledo. Soldado viejo; alistado, hasta causar baja forzosa por invalidez en Los Tercios Viejos de Nápoles y Sicilia del Imperio de Su Majestad, al que he servido desde la edad de los catorce años hasta que, en septiembre del pasado año, recién cumplidos los veintiséis, perdí en combate contra el turco la pierna derecha y la vista del ojo del mismo lado.

Aunque algo letrado, no conozco más oficio que el de las armas, ni poseo más bienes que la humilde casa heredada de mis padres donde actualmente resido desde que regresé a España, repatriado tras larga convalecencia en el Hospital General de la ciudad de Nápoles. Desde entonces sobrevivo gracias a los dineros recaudados por mis camaradas antes de mi partida, caudales que sufrieron una gran merma durante el largo y penoso viaje de vuelta a casa, y que ahora, transcurrido más de un año, están a punto de agotarse, por lo que me permito rogar a mi Rey y Señor tenga a bien disponer el auxilio que considere oportuno a fin de que este soldado viejo, no llegue a la indigencia.

¡Dios guarde al Rey!

Diego Vélez Ximénez

En Villamiel, a 31 de julio del año del Señor de 1576

Tras releer una vez más la copia del escrito que hacía unos meses había dirigido al rey, mojé con la lengua el pulgar y el índice y haciendo pinza con ambos apagué la llama del candil; por la ventana que se abría en la estancia que hacía las veces de cocina, sala y dormitorio, comenzaban a vislumbrarse las primeras luces del alba. Oí el rodar de un carro que se acercaba y, con mimo, volví a doblar en dos la carta mientras esbozaba una sonrisa. El corazón me decía que aquel día en el que se iniciaba el otoño, mi suerte iba a cambiar.


II

Foto portada: Galera española del siglo XVI.

Galera española del siglo XVI.

–¡Diego! –escuché que me llamaba Emeterio, el viejo alguacil del pueblo, el mismo que días atrás me había entregado el comunicado con el que el Corregidor y Justicia Mayor de Toledo, Don Juan Gutiérrez Tello, reclamaba mi comparecencia ante él.

–No será para nada malo, pues, de lo contrario, el alcalde me habría mandado ponerte los grillos –había comentado socarrón al entregarme el legajo enrollado y atado con un cordelillo.

–¡Ya voy, Terio! –contesté nombrándole con el diminutivo por el que todo el pueblo le llamaba y, a pulso, apoyando las manos sobre la tosca mesa, me incorporé del banquillo, y con la habilidad que da la costumbre, ajusté las almohadillas de las muletas a las axilas.

Y, firme ya sobre mis tres piernas, tomé la espada que descansaba sobre la mesa y, acercada la punta al brocal, la envainé lentamente. Luego, alargué la mano hacia el chambergo que colgaba de un clavo fijado en la pared y, cubierta la testa, me dije: ¡Listo para la revista!

–¡Caramba, qué elegante vas! –exclamó Terio, que esperaba sentado en el carro con las riendas en la mano cuando, tras abrir la puerta, aparecí bajo el dintel.

No era para tanto, pero acostumbrado a verme vestido poco menos que con andrajos y mi único pie descalzo, incluso a mí mismo me sorprendía, comenzando por la bota de caña alta lustrada a rabiar que lucía en la pierna izquierda (lástima de la derecha, que terminaba con la pernera del negro pantalón recogida a la altura de lo que de la pierna me quedaba; algo menos de la mitad) pasando por la recién lavada camisa blanca de cuello recto, el liviano jubón azul, para terminar con el chambergo de fieltro negro adornado con dos grandes plumas; una blanca y otra roja.

–¿Nos vamos? –pregunté a Terio cuando, descansando el cuerpo en la zaga del carro, tras dejar sobre la plataforma las muletas, me impulsé con las manos hasta caer sentado sobre el borde de la zaga quedando con las piernas colgando.

–¿No irías mejor sobre la paja? –preguntó volviéndose hacia mí, al tiempo que con la cabeza señalaba el haz que, a su costado derecho, había dispuesto sobre la plataforma.

–De momento, no; arranca cuando quieras –contesté recolocando el trasero.

–¡Tira Galana! –arreó a la vieja yegua que, como el carro e incluso el propio alguacil, eran propiedad del alcalde–.

De Toledo nos separaban tres leguas, y la cita con el Corregidor era para una hora antes del Ángelus. ¡Saliendo al amanecer vamos sobrados de tiempo! –me había asegurado Terio la tarde anterior.

Tras dos horas de traqueteo, avistamos el campanario de la catedral, y, al poco, oíamos el repique que anunciaba la misa de las ocho. Rondarían las nueve cuando traspasábamos la puerta de Valmardón, en cuyas inmediaciones se alzaba la Casa del Corregidor.

–¡Diego Vélez Ximénez! –cantó el alguacil que, al toque de una campanilla que sonaba sobre su cabeza, iba llamando a los convocados.

¡Hora y pico hacía que esperaba en aquel sobrio salón!, al que había accedido sin espada ni chambergo, arma y prenda que me había obligado a entregar uno de los alabarderos que montaban guardia a la entrada de la casona.

Entumecido por la espera, me llevó un tiempo incorporarme del butacón y mis primeros pasos no fueron todo lo resueltos que, en circunstancias normales, hubieran sido.

Diego Vélez Ximénez, Señorías –anunció, en cuanto atravesé la puerta que el alguacil había abierto y ahora sujetaba.

Frente a mí, tras una enorme y labrada mesa, se sentaba el Corregidor, un hombre de mediana edad, de complexión fuerte y buen porte, vestido absolutamente de negro terciopelo. De pie, a su izquierda y a un costado de la mesa, había otro hombre, éste de más edad y menudo. También vestía de negro, aunque de menor calidad.

–¡Dios guarde a Sus Señorías! –saludé, inclinando ligeramente la cabeza, deteniéndome a escasos pasos de la mesa, procurando mantenerme lo más gallardo  que me permitía la cojera.

Ambos hicieron un leve gesto de asentimiento, y, acto seguido, el que suponía que sería el Secretario del Corregidor, se acercó a mí con el pliego que mantenía en la mano.

–¿Conoce este escrito? –preguntó, poniendo ante mi vista el papel.

–Si, Su Señoría, es de mi puño y letra –contesté al reconocer la carta que había escrito al monarca.

–¿Puede dar detalle de la fecha y lugar del combate al que hace aquí referencia?

–¡Si, su Señoría!: Ocurrió el día 26 de septiembre del año del Señor de 1575, y tuvo lugar en el golfo de León, en un encuentro de la galera de Su Majestad nombrada Sol, con dos galeotas argelinas.

–¿Estaba a bordo un alférez llamado Alonso Ximénez Vélez? ¿Acaso era familiar suyo?

–Si, su Señoría, lo estaba: era mi tío, y murió en la lucha.

–La Sol, ¿navegaba en solitario o acompañada de otras naves?

–Viajábamos en compañía de otras tres galeras, pero una tormenta desbarató la flotilla y nos quedamos solos.

El secretario, como si asintiera, hizo un leve gesto con la cabeza y, tras una pequeña pausa, continuó:

–¿Sabe usted si en la Sol viajaban un tal Miguel de Cervantes Cortina acompañado de un hermano de nombre Rodrigo?

La forzada postura me torturaba y no entendía a santo de que venía aquel interrogatorio ni qué consecuencias podía tener, pero volví a contestar sin titubeo, aunque midiendo lo que decía.

–Con ese nombre viajaba un viejo compañero de armas al que acompañaba su hermano, también soldado de los Tercios, con la categoría de alférez. Ambos fueron hechos cautivos por los moros.

Por la chispa que brilló en sus ojos, supe que la respuesta le satisfacía, pero no dijo nada. Sin prisa, dio media vuelta y con cuatro pasos estuvo frente al Corregidor inclinándose hacia él para conversar en voz baja.


III

Dársena de Napoles en la época en que se produjo la partida de la galera Sol.

Dársena de Napoles en la época en que se produjo la partida de la galera Sol.

—Sírvase tomar asiento, Vélez —me ofreció al poco el Secretario, señalando una de las dos regias sillas situadas frente la mesa-. Imagino que se estará preguntando a qué ha venido este interrogatorio, y si acaso tiene relación con su solicitud a Su Majestad, ¿verdad? —terminó preguntándome el Corregidor, una vez estuve sentado y recompuesto, oyendo su grave voz por primera vez.

—Así es, Su Señoría, aunque no acierto a saber qué tienen que ver esos dos hermanos con mi solicitud al Rey.

—No se trata de su asunto que, si acaso, lo veremos después, pero lo va entender enseguida: Don Andrés de Cervantes Fernández, Alcalde Mayor de la ciudad cordobesa de Cabra, y viejo amigo, es tío carnal de estos hermanos de los que la familia no sabe nada desde que partieron de Nápoles; es más, las pocas noticias que hasta la fecha hay de ellos son tan contradictorias que ni siquiera se tiene la certeza de que llegaran a embarcar camino de España. ¿Me sigue? —preguntó deteniendo la explicación.

—Perfectamente, Su Señoría —respondí intuyendo el porqué de todo aquello.

—Pues bien; hará como dos semanas que recibí de don Andrés una misiva en la que, al tiempo que me ponía al tanto de la desaparición de sus sobrinos, me pedía que indagara el paradero de un alférez llamado Alonso Ximénez Vélez que, según le informaban, formaba parte de la guarda embarcada en la galera Sol, y que, al parecer había vuelto a su casa en Toledo tras sanar de las heridas producidas durante el asalto de los turcos a la mencionada nave. Desde entonces, se han colocado pasquines y se han leído en los días de mercado ofreciendo una recompensa a quien diera noticia sobre el alférez, pero nadie, salvo unos cuantos granujas, se ha presentado con algún dato que nos conduzca al que ahora sabemos que era su tío y que está muerto.

Sin apartar la vista de mí, se tomó una pausa y continuó:

—Y en esas estábamos cuando don Leandro, aquí presente —llevó la vista al Secretario que seguía la conversación de pie— fue a dar curso a su solicitud, ya sabe, las cosas de palacio van despacio —se excusó dibujando una sonrisa— cuando, al ver sus apellidos, dedujo que bien podía ser usted pariente del susodicho alférez, hecho que facilitaría su localización- concluyó.

—¿Significa esto que, a la postre, soy merecedor de la recompensa? —me atreví a preguntar, al ver que daba por terminada la explicación.

—Vélez: —intervino ahora don Leandro— No pongo en duda que cuanto ha dicho hasta ahora no sea verdad, pero Su Señoría precisa de cuanta información y detalles recuerde usted de lo ocurrido para así dar cumplida respuesta con la mayor certeza y veracidad de todo cuanto aconteció durante aquella travesía. ¿Comprende usted?”

—Sí, Su Señoría. Pregúnteme lo que sea menester que, de saber las respuestas, responderé lo mejor que pueda.

—Haremos que le resulte sencillo: A su manera, háganos un relato del viaje, en especial, de los hechos que usted considere más destacables.

—¿Desde la salida de Nápoles?

—Sería conveniente. Comience usted —contestó, después de tomar papel, pluma y tintero, sentándose a mi costado.

Los recuerdos se me agolpaban, así que, como no conseguía centrarme, decidí iniciar el relato por donde me resultaba más fácil, y que además coincidía con la cuestión principal.

—Dado que el interés de Sus Señorías se centra en los hermanos Cervantes, si les parece bien, comenzaré por declarar lo que de ellos conozco, en particular del mayor que, como ya he manifestado, es viejo compañero de armas.


IV

Foto portada: Galeota berberisca del siglo XVI.

Galeota berberisca del siglo XVI.

—Está bien, empiece por ahí— contestó lacónico don Leandro.

—A Miguel —que, en el Tercio, incluidos los mandos, se le conoce por don Miguel, (supongo que será debido a su ilustración y conducta en general) le conocí en el año del señor de 1571. Ambos formábamos parte de la Compañía del Capitán don Diego de Urbina, fuerza que embarcó en la galera de Su Majestad llamada la Marquesa, integrada en la Gran Flota Cristiana que, bajo el mando del Capitán General don Juan de Austria, derrotó a la turca en aguas del golfo de Lepanto. En el transcurso de aquel gran combate, Miguel resultó herido de dos tiros de arcabuz, uno en el pecho y otro en el brazo izquierdo. Yo fui uno de los compañeros que le atendió en primera instancia, resguardándolo bajo cubierta.

La segunda ocasión en la que coincidí con él fue un año después, cuando, juntos, volvimos a embarcar, esta vez a las órdenes del capitán don Ponce de León, en La Capitana de Nápoles, una de las galeras de la flota que partía hacia Grecia para seguir combatiendo al turco. Acababa de reponerse de sus heridas, si bien la mano izquierda le había quedado inútil…

—Un momento —me interrumpió el Secretario— ¿Miguel es manco?

—La mano no puede moverla, pero no le falta —respondí cargado de razón.

—Pues entonces, ¡es manco!— sentenció, tomando nota del dato.

—Pues si Su Señoría lo dice… Por entonces —seguí con el relato, arrepentido del comienzo— Don Miguel había sido ascendido a soldado “aventajado” por el coraje con el que había luchado en Lepanto aun estando enfermo de calenturas, arrojo que volvió a demostrar a bordo de La Capitana de Nápoles durante las escaramuzas navales que tuvieron lugar en las inmediaciones de un lugar de nombre Navarino en la costa griega… ¡En combate cuerpo a cuerpo, no hay mejor escudo que tener a tu lado un soldado como él! —apostillé, tomándome un respiro, aprovechando que don Leandro escribía.

—Siga, siga —pidió al poco, dejando descansar la pluma en el tintero- .Aquí, he de aclarar que el Secretario, a juzgar por lo corto que escribía, debía limitarse a plasmar determinados hechos y nombres.

—En cuanto a su hermano Rodrigo, poco puedo decirles. Es alférez, y supe que era hermano de Miguel unos días antes de la partida hacia España. Por lo que se decía en él Tercio, también era buen soldado, como no tardé en constatar personalmente durante el abordaje que sufrimos.

Conforme hablaba, los recuerdos no cesaban de llegarme cada vez con más intensidad, y ahora, con la memoria trasladada a aquel fatídico amanecer del 26 de septiembre, en el que quedé tuerto y medio impedido de por vida, rodeado de los cadáveres de mis camaradas, la emoción terminó por embargarme y, sintiendo que se asomaba a los ojos, me detuve.

—Tómese un respiro —concedió don Leandro al observar mi apuro, dejando el asiento para dirigirse al rincón donde había otra mesa de menor tamaño y menos ornamento sobre la que en una de las esquinas, colgaba del techo un cordoncito dorado del que tiró suavemente por tres veces.

“Un vino nos vendrá bien”, oí, en mi ahogo, la voz grave del Corregidor. Sorprendido, llevé la vista hacia él y me encontré con una mirada de complicidad acompañada de una amable sonrisa. Aquel gesto, como si de un bálsamo se tratara, me alivió.

Poco después, el lacayo que había acudido al toque de la campanilla para recibir instrucciones, volvió portando una bandeja de plata con una jarrita de vino y tres copas de finísimo cristal.

Temiendo que la copa se quebrara entre mis dedos, tomé la que, con gesto de superioridad, me ofrecía aquel “estirado” que se movía ante mí como un pavo real.

El vino, suave y fresquito, era excelente y junto con la más que sorprendente atención que estaba recibiendo, terminé de reponerme.

—Continuemos por la salida de Nápoles pero antes, díganos: ¿Sabía usted cual era la misión de la flotilla?— siguió preguntando don Leandro, rellenando mi copa.

De buena gana me habría echado la copa al coleto de un golpe, tal cual había tomado la anterior, pero me contuve y la dejé a medias sobre la bandeja que descansaba frente a mí sobre la mesa.

—Según se decía, íbamos a por caudales para sufragar los gastos de los Tercios y de la propia ciudad de Nápoles. En cuanto a la partida, que por cierto, sufrió una serie de retrasos por motivos que ignoro, levamos anclas al amanecer del día 6 de septiembre integrándonos en la flotilla que, al mando del Capitán de Galeras don Sancho de Leyva, la componían otras tres del mismo porte —veintiséis bancos por banda— y similar armamento que la Sol, cuyo capitán era don Gaspar Pedro. Las otras tres tenían el nombre de Mendoza, que era la Capitana, Higuera y…¡Vaya!, ahora no consigo recordar el nombre de la tercera me disculpé deteniéndome.

—No importa ya le vendrá a la cabeza. Siga.


 V

Foto portada: Recado de escribir del siglo XVI.

Recado de escribir del siglo XVI.

Lo que sí recordaba era la copa de vino que seguía esperándome, y aproveché para darle mate.

-Un momento —pidió el Secretario cuando dejaba con pena la copa vacía sobre la bandeja, dispuesto a seguir.

—Dígame: ¿Los Saavedra formaban parte de la guarda de la galera?

—No, no, los dos embarcaron como viajeros; ambos tenían licencia del Tercio y se dirigían a Madrid. Miguel aspiraba a que Su Majestad le otorgara el mando de una compañía; llevaba cartas de recomendación del propio don Juan de Austria y del Virrey de Nápoles, ¿saben? El motivo de su hermano lo ignoro — finalicé.

—Puede continuar — dijo, cuando terminó de tomar nota, dejando la pluma en el tintero.

—De Nápoles a Génova, nuestra primera escala, el tiempo, salvo algunos chubascos y algo de marejadilla, fue bastante favorable y así continuó mientras costeamos la Provenza Francesa hasta que, dejada atrás la ciudad de Marsella, fondeamos en un lugar llamado Torre de Bouc, donde se reparó o se sustituyó no se qué pieza del timón, se hizo aguada, y, entre tanto, se dio descanso a la chusma, a los galeotes, para que me entiendan Sus Señorías. Lo que no recuerdo bien es cuánto tiempo permanecimos en aquel resguardo. Ahí me falla la memoria.

—¿Recuerda cuantas eran las jornadas que llevaban navegadas desde la partida de Nápoles?

—Afirmaría que dieciséis.

—¡Pues ya es memoria, no se queje usted!— exclamó.

—No lo crea Su Señoría; mi memoria no es muy larga pero aquella travesía la tengo grabada, nunca mejor dicho, a sangre y fuego— acabé la frase con cierta desazón.

—Ha dicho usted que habían salido de Nápoles el día seis, ¿verdad?- preguntó ahora don Juan, tomando de nuevo la palabra rompiendo y el silencio que mi pesadumbre había producido.

— ¡Cierto, Su Señoría! Aquel día, cumplía veintiséis años.

—¡Irrefutable entonces!— dijo con una sonrisa- ¿Recuerda cuantos días transcurrieron desde que partieron de Torre de Bouc hasta el desgraciado encuentro con lo moros?— preguntó a continuación.

— Perfectamente, fueron poco más de dos.

—Si es como usted recuerda, de Torre de Bouc salieron el veinticuatro.— determinó.

Sin escribir los números, no sé hacer cuentas, Su Señoría.

—No tiene importancia, continúe.

—Aquel día, como de costumbre, levantamos el fondeo muy de madrugada, rumbo al cabo de Adge, en la costa oeste del Golfo de León, para desde allí dirigirnos directamente al de Creus, ya en la costa española. El tiempo era bueno y nada hacía prever que en pocas horas los elementos se desatarían.

—Una curiosidad: ¿Por qué navegaban siempre siguiendo la costa y nunca atajaron adentrándose en el mar?— siguió preguntando don Juan.

—Bueno, las galeras casi nunca se alejan de la costa, y, además, suelen buscar refugio en calas o playas antes de que caiga la noche. La razón no la sé, aunque bien puede deberse a no estar diseñadas para la navegación de altura, tal y como sí lo están las naos “mancas”—terminé, no muy convencido de haberme explicado bien.

—Probablemente, sea esa la razón. Díganos: ¿Qué ocurrió durante ese temporal que les sorprendió?

— ¡Y vaya si nos sorprendió! Verán Sus Señorías: por lo que la gente de mar nos contó, aquel trayecto, el de Torre de Bouc a al cabo de Adge, en condiciones favorables de mar y viento, solía llevar día y medio de navegación, siempre y cuando se navegara durante la noche, iniciativa que era habitual entre los capitanes con experiencia en aquellas aguas, por lo que, cuando a media tarde, dejamos por el través de estribor la desembocadura del Ródano, el tiempo seguía siendo magnifico y todo apuntaba a que así se mantendría. El Capitán de la Flotilla tomó la decisión de no pernoctar en tierra y seguir navegando directos al cabo Adge, previendo avistarlo al atardecer del día siguiente.

A la entrada de la noche, seguíamos sin viento ni mar, navegando a “boga larga”, con las velas aferradas (a palo seco, como dicen los marineros). El cielo, estaba completamente raso y la Luna, que acababa de estar llena, brillaba como nunca la había visto. Tanta luz reflejaba, que casi llegaba a apagar la del gran fanal de la Capitana, tras cuya estela navegábamos, seguidos de las otras dos galeras.

El primer aviso de lo que se nos venía encima lo recuerdo muy bien: acabábamos de montar la acostumbrada timba bajo uno de los esquifes, y el que repartía era Miguel.

—¡Pinta en bastos! -anunció mostrando la última carta del reparto.

Yo iba de mano y tenía buen juego, pero ni tiempo tuve de abrir: una violenta y fría racha de viento me arrebató los naipes de las manos, en tanto que la galera escoraba bruscamente a babor.

¡Ni que hubieras nombrado al diablo, Miguel! —exclamó uno de los cuatro compañeros de juego, cuando, tras restregar los traseros por la cubierta debido al acentuado balance, terminamos todos amontonados junto al palo mayor.

No había terminado de adrizarse la galera, cuando una nueva ráfaga todavía más violenta, la volvió a tumbar hasta llegar a meter el barandal de los talares (corredores laterales y voladizos de unos cuatro metros de ancho que recorrían los costados de proa a popa) en el agua, provocando el caos entre los soldados que en ellos descansaban. Entonces, nadie se dio cuenta, pero con aquellos dos inesperados balances siete hombres se fueron al agua.


VI

Foto portada: Disposición de fanales que significan: “rumbo norte o boga ordinaria”.(Cortesía de la autora, Berta Höpfner).

Disposición de fanales que significa: “rumbo norte, boga ordinaria” (Cortesía de la autora, Berta Höpfner).

A partir de ese momento, todo sucedió muy rápido: En la Mendoza, izaron tres fanales en una de las drizas del palo mayor, uno de luz azulada en lo más alto, y los otros dos a mitad de la driza, juntos y con luces blancas. Rumbo norte y “boga ordinaria”, venían a ordenar.

Don Gaspar, siguiendo las instrucciones que recibía de la Capitana, ordenó arrumbar al norte. El cómitre (Cánovas era su apellido), situado a su lado, comenzó a dar órdenes a la marinería con el silbo. El tambor que marcaba el ritmo de la boga el cual, hasta entonces, había permanecido en silencio redobló, y el sotacómitre, rebenque en mano, recorrió de proa a popa la pasarela central, azuzando a la chusma entre maldiciones y amenazas.

—¡Bogad perros de mala raza —era lo más suave que gritaba-. Sus gritos, el restallar del rebenque, el crujir de los remos, el redoble de los tambores, las carreras de los marineros y el “arranque” de la Sol con el nuevo ímpetu, nos trajeron recuerdos de pasadas batallas.

—Sólo falta el olor a pólvora —exclamó Miguel, que siempre tenía en la boca una frase para todo.

–Dicen los marineros que es el Mistral —corrió de boca en boca entre nosotros, los soldados, durante la ligera tregua que dio el viento.

Quien más quien menos había oído hablar del temido viento que a menudo barre con extrema violencia el golfo de León, y si alguno no alcanzaba a ver lo que se nos venía encima, sólo tenía que fijarse en el espanto que se reflejaba en el rostro de muchos de los marineros.

El viento sopló de nuevo, ahora con menos intensidad aunque sostenido, y los nubarrones que habían aparecido por el norte no tardaron en ocultar la Luna. Las olas todavía no estaban formadas, y la flotilla, aun con el duro viento en contra, conseguía ganar norte con la intención de acercarse a una distancia prudente de la costa, para, a su abrigo, pasar el temporal lo más segura posible.

Vivía los hechos como si se estuvieran produciendo en aquellos instantes, pero de repente me asaltó la duda de si no me estaría extendiendo demasiado.

—Disculpen Sus Señorías, creo que estoy hablando demasiado —me excusé.

—En absoluto, siga, siga así, todo lo que cuenta es nuevo para nosotros y resulta muy interesante— me animó don Juan.

Tranquilo, e incluso en cierta manera halagado, continué:

La situación no tardó en empeorar: el viento no cesaba de arreciar levantando grandes olas, y las nubes que parecían rozar los palos, no tardaron en jarrear con tal intensidad y fragor que, junto al aullar del viento en la jarcia, acallaba el sonar del tambor y los gritos del sotacómitre. Pero eso no era lo peor: no veíamos la farola de la Capitana, y, ni mucho menos, las de las dos que nos seguían, y para más, la Sol, no tardó en dejar de avanzar, logrando mantenerse proa al viento y la mar a duras penas.

La noche se hizo muy larga, el mar, embravecido y espumeante, rugía, el viento no cedía y el torrente que caía del cielo, impedía ver más allá de nuestras narices.

El agua que, con cada golpe de mar embarcábamos, y el torrente que caía del cielo, anegaba la cubierta de boga e inundaba la sentina, obligando a los marineros a emplearse a fondo y de contínuo en la dura tarea de accionar las bombas de achique, mientras que la chusma que, aunque ahora bogaba lo justo para mantener la proa al viento y las olas, estaba a punto de reventar. Y, nosotros, los soldados, azotados por el viento y la lluvia, aguantábamos en los corredores las cabezadas y los balances, agarrados e incluso amarrados en grupos a lo que podíamos. Cinco soldados se fueron por la borda durante aquella noche.

Con la salida del Sol, que supimos que se elevaba porque el negrísimo telón de nubes que teníamos sobre nuestras cabezas, comenzó a clarear hasta dejar de llover, lo primero que observamos fue que la entena del trinquete y toda su jarcia habían desaparecido, y así había ocurrido también con parte del barandal de los corredores, llevándose consigo uno de esos cañones pequeños y giratorios que se fijan en la borda, llamados pedreros. El tendal que cubría la carroza, estaba hecho jirones y el fanal lo encontraron roto y arrumbado en un rincón. A proa, el cañón de crujía el de mayor calibre instalado en la corulla, se había zafado de la cureña, y de momento, estaba fuera de servicio.

Para sorpresa de todos, y en especial para la gente de mar, el viento y la lluvia fueron cesando conforme el Sol tomaba altura.

—Al atardecer volverá —pronosticaban categóricos los marineros más veteranos, por más límpido que al mediodía estaba el cielo y así también el horizonte que, una y otra vez, recorría con la vista el vigía que, a caballo de la entena del palo mayor, montaba guardia desde el momento en el que la claridad se hizo presente.

¡En los 360º, nada rompía la línea en la que el cielo y la mar parecían fundirse! Más tarde, cuando el capitán y el piloto estimaron la situación, con la ayuda de la ballestilla y el astrolabio, supimos, gracias al correo boca a boca, que el temporal nos había arrastrado como unas cinco leguas hacia el sur.

Afortunadamente, los vaticinios no se cumplieron, y el buen tiempo se mantuvo y la mar, poco a poco, fue quedando en calma, condiciones que permitieron reparar de fortuna las averías, incluida la reposición de la entena del trinquete, jarcia y vela incluidas, y la fijación del cañón a la cureña. Se repartió doble rancho entre la marinería y la tropa, y, en lo que a los penados se refiere, al cotidiano caldero con habas hervidas, se le añadió tocino. Y cada uno de ellos recibió doble ración del duro bizcocho. Además, partidos como estaban del esfuerzo, durante toda la tarde navegamos a “boga larga”.

Entretanto, llegó la noche y la Sol siguió ganando el norte que había perdido, con la esperanza de encontrarnos con el resto de la flotilla. La Luna brillaba como la anterior y habría permitido ver sus sombras, pero seguíamos estando solos en medio del golfo de León.


VII

Foto portada: Aspecto característico de un soldado español del siglo XVI, como el que podía ofrecer Diego Vélez Ximénez.

Aspecto característico de un soldado español del siglo XVI, como el que podía ofrecer Diego Vélez Ximénez.

—¿Podría servirme un poco de vino?, tengo la boca reseca -me atreví a pedir.

—Sírvase usted mismo -respondió don Leandro.

—¡Vela! ¡Vela hacia el sur! -recuperé el relato cuando hube saciado la sed.

El grito del vigía en la tranquilidad de la noche sobresaltó tanto a los que dormíamos como a los que montaban guardia. No debía faltar mucho para el amanecer, pero todavía era noche cerrada, y la mar, recorrida por una brisa del suroeste y largas y suaves olas tendidas, resplandecía bajo la luz de la Luna y las estrellas.

—¡Silencio! —ordenó el cómitre con voz enérgica desde la carroza, apagando los murmullos entre los recién despertados.

Implantada de inmediato la orden —hasta el jadear de la chusma bogando se oía— todas las miradas se dirigieron hacia la carroza, en cuya cubierta destacaba la figura del capitán. Don Gaspar era un hombre muy grande que, con el catalejo pegado al ojo, trataba de identificar la embarcación.

—¿Se tratará de una de las galeras hermanas? —nos preguntábamos.

—¡Prepare la maniobra de las velas, Cánovas! —oímos sorprendidos la orden que don Gaspar, sin apenas levantar la voz, aunque tajante, daba al cómitre.

“Algo malo se huele el capitán”, comentó a mi lado un viejo marinero antes de salir a la carrera, atendiendo a la orden de maniobra en las velas que cantaba el silbo del cómitre.

Ignorábamos el motivo de la, para nosotros, extraña orden, pero no tardamos en saber que la silueta que, como a una legua por nuestra popa, rasgaba los reflejos de la Luna en el agua, correspondía a una galeota, embarcación típica de corsarios y piratas argelinos que, con el ligero viento a su favor, arrumbaba hacia nosotros, cuando, en buena lógica, debían de haber emprendido la huida en el mismo momento de avistarnos, por la simple razón de que la Sol era demasiado enemigo para aquella galeota de poco más de veintidós bancos.

—¡Lista la maniobra, don Gaspar!. —informó el cómitre a los pocos minutos.

—¡Gracias, Cánovas! Ese barco —señaló con el catalejo en dirección de la sombra— es una galeota argelina y, o su patrón es un loco temerario, o no están solos, pero lo cierto y seguro es que vienen a por nosotros. Mande otro vigía al trinquete y deje los hombres justos para el laboreo de la velas —ordenó finalmente, con voz lo suficientemente alta como para que todos le escucháramos, tono que mantuvo cuando se dirigió a don Alonso Ximénez, mi tío, el alférez que tenía el mando de la tropa.

—¡Llame a zafarrancho! —le ordenó.

Al minuto, los seis tambores que, conforme está reglamentado ante cualquier incidente, se habían situado desde el primer momento en lo que se conoce como el espaldar, la plataforma abierta y espaciosa a la que sigue la cubierta de boga y por la que se accede a la carroza, permanecían formados a la espera de órdenes, comenzaron a golpear con fuerza los cueros, marcando el temido y a la vez excitante redoble de la llamada al combate.

Poco después, los artilleros, habían cargado y cebado el cañón de crujía, las dos culebrinas y los siete pedreros, y cada soldado o marinero estaba en su puesto con las armas en las manos. Los soldados viejos, defendiendo el espaldar y la arrumbada, el bastión que, tal que una caseta, se alza sobre la corulla en la que se emplaza la artillería de proa. Los demás, a excepción de nuestros seis mejores tiradores, que se habían encaramado a los dos esquifes, quedaban repartidos por el corredor de babor, banda por la que abordaríamos a la galeota. La marinería, armada con sables y hachuelas, quedaba en reserva a lo largo de la pasarela central. Estos y los soldados del espaldar, estaban al mando de mi tío, y los del corredor, al de Rodrigo de Cervantes. En cuanto a la escuadra destacada a proa —el punto de arremetida llegado el abordaje— y de la que yo formaba parte, el mando había recaído en Miguel por su calidad de soldado aventajado. Cada uno de los dieciséis que componíamos la escuadra, estábamos armados con espada, daga, dos pistolas y un mosquete. Como arma arrojadiza y para distribuir entre todos, contábamos con una decena de granadas de barro cocido.

Mientras tanto, habíamos virado hacia el oeste hasta navegar de ceñida con el fin de ganar barlovento, tratando de restar la ventaja que, con respecto al viento, tenían los argelinos. El suroeste, más conocido como Lebeche, ya soplaba con cierta intensidad y la Sol, ciñendo a rabiar por la amura de babor, con la chusma bogando a “pasar por banco”, rozaba los cuatro nudos. La alborada ya apuntaba, y no tardaría mucho en que, con una nueva bordada a estribor, enfiláramos hacia la galeota para embestirla.

—¡Boga arrancada! —ordenaría entonces el capitán—. A partir de ese momento, sólo nos quedaría un paso para entrar en el infierno del plomo, la metralla y el acero.

—Un momento, Vélez —pidió el Corregidor— ¿Cuántos hombres viajaban en la galera?

— Pues… Además de tres comerciantes, a los que ni el pelo vimos, soldados, éramos ochenta y dos si incluimos a los Cervantes, pero había que descontar a los doce que se fueron al agua durante el temporal. La gente de mar, oficios incluidos y sin contar al capitán ni a sus ayudantes, vendrían a ser unos ochenta o así.

—¿Y la chusma?

—Bueno, esos nunca cuentan para nada que no sea remar… No sé…, tal vez ciento cincuenta o ciento sesenta.

—¡Santo Dios! ¡¿Qué me dice?!

—Lo que oye Su Señoría, y, en ocasiones, aún son más, pero en aquel viaje íbamos justos de todo, incluso de mandos militares.

—En grabados, he visto galeras y sí que me ha llamado la atención la cantidad de remos que portan, pero nunca me había parado a pensar en el número de hombres que se precisan para la boga -dijo como si reflexionara, mesándose la perilla.

— ¡Adelante, hombre! —Invitó don Leandro con cierta cordialidad, al observar cómo miraba la jarrita.

Sin reparo, vacié en la copa los dos dedos que quedaban. El vino había perdido el frescor, pero seguía sabiéndome a gloria.

—¡Lástima! —me dije, cuando la dejé sobre la bandeja tan vacía como la jarrita.

Pues en esas estábamos —hablé de nuevo a indicación de don Leandro— cuando el vigía del trinquete cantó:


VIII

Foto portada: Cañón de crujía y culebrinas.

Cañón de crujía y culebrinas.

–¡Vela! ¡Hay otra vela a popa de la primera! —gritó desaforado.

Con el sol a punto de asomar, don Gaspar, ayudado por el catalejo, no tardó en comprobar que también se trataba de una galeota de características semejantes a la primera en aparecer. No más de media legua separaban a una de la otra.

—¡Malditos moros! —exclamó lleno de rabia, intuyendo que lo que pretendían (que a punto estuvieron de lograrlo) era cogernos entre dos fuegos buscando el abordaje por ambas bandas.

Caímos a estribor, pero ahora nuestro objetivo era la que venía rezagada, cuyo nombre, como no tardamos en saber, era Sayf Udin, patroneada por un tal Mami Arnáute, un sanguinario corsario de origen albanés que, al amparo del Imperio Otomano, tenía su base en Argel. Y, ya de paso, aprovecho para adelantar a Sus Señorías que la primera que avistamos tenía el nombre de Bushara, y que su patrón, también viejo conocido, se llamaba Dali Mali, que por cierto era cojo, como yo lo soy ahora.

La caza la emprendimos con la chusma remando rápido, aunque no tanto como cuanto se ataca; boga a “pasar por banco”, dicen en las galeras, con el viento a un largo por el través de estribor, por el costado derecho, para que me entiendan sus Señorías, y con todo el trapo desplegado.¡No vean Sus Señorías que coraje nos infundía La Sol escorada a babor, cortando las aguas envuelta en rociones! ¡Hasta ocho nudos llegó a marcar la corredera!

En estas condiciones, navegamos hasta estar a unas quinientas brazas de la Sayf Udin, momento en el que aferramos velas pasando a “boga arrancada o de ataque”. Para entonces, habían caído a estribor y nos daban la popa emprendiendo la huida hacia el este, pero, aunque, con la velocidad que traíamos, no tardaríamos en tenerla a tiro de cañón, por más ligera que fuera, aquel día la suerte no estaba con nosotros.

—Un momento —pidió don Juan- No entiendo por qué recogieron velas antes de alcanzarla.

—En las galeras, aferrar el trapo es una práctica habitual antes de entrar en combate; las velas son muy grandes y fáciles de incendiar. Imagínese Su Señoría el desastre que produciría una lona de grandes dimensiones cayendo incendiada sobre la cubierta atestada de hombres -contesté, satisfecho de mi respuesta, y de la atención que prestaban a mi relato aquellos dos hombres tan principales.

—Si, ahora lo entiendo, gracias. Siga usted; decía que aquel no era un buen día.

— ¡Pues no! ¡Desgraciadamente, no lo fue!

Estando a quinientas brazas de la popa de la Sayf Udi, el primer disparo lo realizamos con el cañón de crujía, pero la reparación de fortuna que se había realizado la tarde anterior no dio resultado y el cañón se zafó de la cureña. Dio un violento salto hacia arriba y fue a caer sobre dos de los artilleros aplastándoles, para después rodar hasta la culebrina de estribor dejándola inutilizable. ¡Y menos mal que no pasó de allí!, pues de haber seguido, se hubiera llevado por delante a los ocho compañeros que se apostaban en el corredor de estribor de la arrumbada.

La bala con la que pretendíamos perforar el casco a la altura de la línea de flotación se perdió en el aire, y no saben Sus Señorías cómo lo celebraron aquellos hijos de…, perdón… aquellos malditos moros. Pero no todos chillaban y saltaban regocijándose de nuestro desastre; en medio del griterío, tronó el pequeño cañón que la galeota montaba en la recogida popa. Afortunadamente, la bala, que venía buscando la arboladura, se perdió por la popa sin más consecuencias.

—¡Fuego! —ordenó con rabia a los servidores de la culebrina de babor el artillero mayor, con el cuerpo de uno de los camaradas muertos en los brazos.

El proyectil de dieciséis libras impactó contra una de las esquinas del coronamiento de popa de la galeota, y, aun cuando los daños materiales no debieron ser muy importantes, las astillas y la propia bala hirieron o mataron a unos cuantos de los hombres que allí se encontraban.

Ya no había tiempo para más disparos, y don Gaspar, que en absoluto tenía la intención de abordar a la galeota, ordenó caer ligeramente a estribor con el propósito de adelantarla mientras que, navegando en paralelo, acribillaríamos su cubierta con la metralla de los pedreros, las bombas de barro y la fusilería.

—¡Listos para disparar! —advirtió Miguel cuando, con una treintena de metros de agua entre ambas naves, el espolón estuvo a la altura de la desbaratada popa de la galeota. Los dieciséis, con las mechas encendidas y los mosquetes listos, sólo esperábamos la orden, parapetados tras las ballesteras o tumbados sobre el piso del balconcillo de la arrumbada, como era mi caso y el de otros seis camaradas —Miguel incluido— encargados de lanzar desde la altura las bombas tras haber descargado los mosquetes.

—¡Fuego a discreción! —ordenó Miguel.

A cuántos herimos o matamos, ni nos lo preguntamos; el corredor de estribor de la de la galeota era una masa compacta de hombres y todos disparamos a “bulto”, sin elegir blanco. Descargados los mosquetes al unísono, los seis del balconcillo prendimos las mechas de las bombas y, puestos en pie entre una lluvia de balas y flechas, las arrojamos con todas nuestras fuerzas. La carnicería fue tremenda, pero nosotros también lo pagamos con dos muertos y tres heridos, aunque leves: uno, al que se le conocía como el Zurdo, por una bala que le hizo un surco en el cuero cabelludo; otro, que era valenciano y se apellidaba Conill, pero al que todos llamábamos Conejo, por una astilla que, como puñal se le había clavado en un muslo. El tercero fue Miguel, al que una flecha llegó a hincar parte de su punta entre dos costillas, tras haber perforado el peto.

Aquello fue visto y no visto, pero por poco que duró, cuando lanzamos la última bomba, la Sol, ya navegaba en paralelo con la Sayf Udi, y el fuego cruzado entre ambas naves se había establecido. Por nuestra parte, los cuatro pedreros del costado de babor, cargados con saquetes de metralla, habían vomitado secuencialmente su mortífera carga y ahora eran nuestros camaradas del corredor los que, envueltos en una nube de humo negro, disparaban sus mosquetes, mientras que los moros, parapetados incluso con los cuerpos amontonados de sus muertos, respondían con arcabuces, pero sobre todo con los certeros y rápidos disparos de los ballesteros, agilidad y puntería que hacía estragos entre los nuestros que caían mientras recargaban los mosquetes.

Entre flechas y disparos aislados de las armas de fuego, nos fuimos alejando de la Sayf Udi para virar a babor, izar velas y hacer rumbo norte mientras se retiraban los heridos de la cubierta y se arrojaban al agua los cuerpos de los fallecidos, de la forma más digna que la situación permitía. Veinticuatro bajas habíamos sufrido entre muertos y heridos graves. En lo que a la herida de Miguel se refiere, se la curamos sin que fuera necesario ponerle a cubierto, aplicándole un apósito que sujetamos con una tira de lienzo alrededor del pecho.


IX

Ayuntamiento de Villamiel en la actualidad.

Ayuntamiento de Villamiel en la actualidad.

La arremetida, sin llegar a ser un fracaso, pues las victimas que habíamos causado al enemigo eran sin duda mucho más numerosas, no había dado el resultado que don Gaspar pretendía, que no era otro más que el dejar fuera de combate o al menos muy tocada a la galeota. En definitiva, la situación venía a ser prácticamente la misma que cuando avistamos a la Bushara, y no cabía más opción que la de huir hacia el norte con la remota esperanza de ver aparecer en el horizonte las velas hermanas antes de que nos dieran alcance, algo que, más tarde o más temprano, ocurriría gracias al mejor andar de las galeotas.

Entretanto, la Bushara, que había virado en redondo en cuanto cambiamos el rumbo para ir contra su compañera, ya se encontraba al costado de ésta y al poco las dos salían tras nuestra estela. Menos de una legua teníamos de ventaja.

Con el fin de aligerar peso, y con ello ganar algo de velocidad, lo primero que tiramos por la borda fue el fogón y todos los enseres de cocina, incluida la leña, seguidos de los dos esquifes que habían quedado muy dañados en el combate. A estos, les siguieron aparejos, velas, vergas, remos y toda suerte de piezas de repuesto. Tras una ardua maniobra, también dejamos caer al agua el cañón de crujía y la culebrina dañada de babor, y a la vista de que la distancia no aumentaba, terminamos por tirar todas las provisiones, a excepción de las pipas de agua. Pero todo fue inútil: como tres horas más tarde, ya teníamos al enemigo a menos de trescientas brazas.

El primer cañonazo lo disparó la Bushara con el cañón de proa que se llevó por delante la jarcia de estribor del trinquete venciéndolo hasta que la presión de la vela hinchada por el Lebeche hizo que saltara la jarcia de babor, al tiempo que el palo quebraba por la mitad, yendo a caer sobre la misma proa, envolviendo con la vela a los que allí estábamos, que nos las vimos negras para desembarazarnos a cuchilladas de la lona y de la maraña de cabos que el palo también arrastró en su caída. No hubo víctimas pero fue el principio del fin. La Sol, con sólo la vela del palo mayor y arrastrando los despojos del trinquete por un costado, había quedado prácticamente parada y su gobierno, era harto difícil. Todavía creo oír los berridos de aquella jauría que, además de aullar como lobos, entrechocaban espadas, alfanjes y hachas, celebrando por anticipado la victoria.

—¡No os arruguéis, “cueros viejos”, que no será con nuestra piel con la que hagan tambores! —exclamó irónico Miguel, entre aquella algarabía.

Pero lo que no tardó en llegar, fue imparable: Las dos galeotas navegando en paralelo ,separadas tan sólo por una distancia equivalente a la de la manga de la Sol, nos embistieron entre un intenso y continuo intercambio de plomo, flechas y metralla. La Bushara, que fue la primera en arremeter, lo hizo contra la aleta de estribor, y la Sayf Udi, contra la de babor. Los dos envites, aunque de refilón, hicieron que la Sol retemblara y no paró de temblequear mientras que las dos galeotas restregaron sus cascos contra el de la galera, haciendo astillas hasta el último de los remos dejándola manca por completo entre el lastimero clamor de los galeotes, muchos de ellos descoyuntados por el brutal contragolpe que ese producía con la fractura de cada remo.

El abordaje por ambas bandas y el consiguiente asalto de aquella turba enloquecida por la venganza y el gran botín que esperaban lograr fue imparable y de inmediato se llegó al cuerpo a cuerpo en la cubierta de boga, con gran ventaja para los asaltantes, que nos superaban en número con creces. En cambio, a proa, donde permanecíamos el grupo que mandaba Miguel, ahora reforzado con una decena de marineros, sólo tuvimos que defender la banda de estribor, pues Sayf Udi, retenida por los restos del trinquete, no pudo abarloarse a lo largo de toda su eslora, y tan sólo cuatro locos se arriesgaron a llegar hasta nosotros haciendo equilibrios sobre el espolón. El primer intento de asalto por parte de los de la Bushara, lo detuvimos con la descarga de mosquetes y pistolas, agazapados para ofrecer el menor blanco posible a los ballesteros, pero aun así fueron varios lo que resultaron alcanzados por las flechas de aquellos diablos.

En lo que a mí se refiere, no tardé en caer herido en cuanto nos pusimos de pie para repeler el segundo asalto. Enzarzado repartiendo sablazos y cuchilladas, recibí un golpe cerca de la sien, perdí el conocimiento y no lo recuperé hasta que todo hubo terminado… Lo que ocurrió mientras tanto, lo supe más tarde por boca de los que quedaron con vida tras la huida de los moros — concluí.

—¿Y qué fue lo que sucedió? — preguntó don Juan que, como don Leandro, parecía vivir conmigo aquellos momentos.

La batalla no duró mucho más: los que defendían los corredores se vieron muy pronto arrollados, y los pocos que consiguieron salvarse se unieron a los que todavía luchaban en el espaldar a las órdenes directas del capitán que, aunque muy mal herido, aun tenía fuerzas para alentar a la gente. No llegaban a la treintena, incluidos los tres comerciantes que, aterrorizados, se refugiaban entre marineros y soldados.

Acorralados pero dispuestos a morir con las espadas en la mano, esperaban a que los que los rodeaban se decidieran a dar el último asalto pero algo parecía detenerles, situación que se repetía a proa, donde Miguel y cuatro compañeros más todavía resistían.

La razón de la tregua, pronto la supieron: los moros abrieron un pasillo por el que, vestido como si de un jeque se tratara, apareció Mami Arnáute seguido de su lugarteniente Dali Mali.

—Si ordenas a tus hombres deponer las armas, respetaré vuestras vidas -dijo, en una mezcla de castellano e italiano, en medio del más absoluto silencio, plantado ante don Gaspar, que si se mantenía en pie era gracias al orgullo.


X

Mapa con la localización de los hechos relatados.

Mapa con la localización de los hechos relatados.

El capitán, con gran esfuerzo, dio unos pasos hacia Arnáute y con la mano señaló hacia los de proa.

—Permitid que se acerquen —pidió escueto.

Todos eran conscientes de que no había generosidad alguna en el gesto del corsario, que si les había dado cuartelillo, era por lo que podía ganar con el rescate de algunos de ellos, sobre todo por el de los comerciantes y los mandos. La vida del resto, como la de los suyos que caerían en la reyerta final, le importaba tanto como nada.

—Dices que si nos rendimos respetarás nuestras vidas y yo te pregunto si también respetarás nuestra libertad. ¿Qué me dices? —inquirió el capitán al moro cuando los cinco de proa, empuñando las espadas y encabezados por Miguel, llegaron.

—Una docena quedarán cautivos; el resto será libre y les facilitaremos una chalupa y agua para que puedan llegar a tierra; la costa francesa está cerca y podrán alcanzarla en menos de un día —respondió.

—Doce son muchos, te llevarás ocho, y yo seré el primero. ¡Ni uno más! —respondió don Gaspar, con tal energía que hasta el moro se sorprendió.

—Sea —concedió— Pero tú no cuentas, tienes un pie en el otro mundo —agregó sardónico, tras intercambiar una mirada con su compinche.

Don Gaspar ni pestañeó

—Los que queden libres conservarán sus armas. Esto no tiene discusión —respondió retándole con la mirada.

Al moro la rabia le debió comer por dentro e iba a contestar, pero don Gaspar que solo se había tomado un respiro continuó:

—Haz cuentas: ocho cautivos para tus negocios o una treintena de muertos para tirar por la borda —remató.

Por un momento, Arnáute pareció querer abalanzarse contra don Gaspar, pero se contuvo.

—Las de fuego, no- contestó entre dientes.

Los elegidos directamente fueron los tres comerciantes, el cómitre, el alférez Rodrigo y Miguel que, aun cuando bien podía pasar por un soldado raso, el hecho de que estuviera al frente del pelotón de proa, les había llamado la atención.

—Tú, ¿qué categoría tienes? —le preguntó Dali Mali.

—Más que mi rango, tal vez te interese más saber que soy hermano del alférez— fue su fría respuesta.

Luego, tras dar un repaso visual al resto, reclamaron que se identificaran el maestro carpintero y el calafate, pero a la vista de la edad del primero, optaron por elegir al más joven y fuerte de los marineros.

—¿Cuándo se recobró usted?— preguntó ahora don Juan.

—Exactamente, no lo sé. Cuando volví a la vida tenía un dolor horrible alrededor del ojo derecho y estuve mucho tiempo confuso; oía voces en árabe y carreras por todas partes pero, en la proa, donde me encontraba rodeado de muertos que parecían flotar en un mar de sangre reseca, todo era calma. Estaba boca abajo con el cuerpo de un moro sobre mi espalda y, arrastrándome poco a poco, me lo quité de encima. Hasta entonces, no me había dado cuenta de que sólo veía por un ojo, y me espanté, pero se me pasó en cuanto levanté ligeramente la cabeza y contemplé con el sano lo que ocurría frente a mí.

Sin incorporarme, vi que mientras que unos se dedicaban a desmontar los pedreros, otros formaban cadenas y se pasaban de mano en mano armas, cajas, sacos y toda suerte de objetos que terminaban repartidos entre las dos galeotas que permanecían abarloadas a la Sol. El mar, mirase hacia donde mirase, estaba salpicado de cadáveres tanto de los nuestros como de los de ellos. ¿Seré el único con vida? —me preguntaba, cuando, al fijarme en la popa de la Bushara, vi a Miguel, a su hermano y al cómitre, engrilletados juntos.

Oí voces que se acercaban, y alarmado, creyendo que venían a recoger las armas y de paso arrojar al mar a los muertos que me rodeaban, retrocedí arrastrándome para tomar un sable que había junto a mis pies, y con el arma ya en la mano, levanté ligeramente la cabeza. Los que hablaban a gritos acababan de tomar la estacha que les pasaban desde la Bushara. ¡Van a remolcar a la galera!— me dije, no menos preocupado.

Buscando más espacio para luchar y otra arma para la zurda, seguí reptando hacia atrás hasta que otros gritos, esta vez generalizados, me detuvieron. Volví a levantar la cabeza y vi que los que se dedicaban a trasbordar el saqueo rompían las cadenas, unos para correr hacia los rezones con los que las galeotas se mantenían abarloadas a la Sol y otros para saltar directamente a sus cubiertas.

Sin pensar en las consecuencias, me puse de pie e instintivamente mire hacia el norte: tres galeras en formación de combate venían hacia nosotros. ¡Bendito sea Dios! -exclamé.

Los corsarios ya tenían a bordo un buen botín, y la Sol, de ser buena presa, pasaba a ser un estorbo, y libres de los amarres, izaron velas y emprendieron la huida hacia el sur.

Viendo cómo se alejaban, caí en la cuenta de que no estaba solo; los galeotes, sin saber exactamente lo que ocurría hablaban bajo entre ellos, y los que estaban heridos, se quejaban quedamente. Por precaución, recogí y cargué dos pistolas, enfundé en la vaina una daga y, sable en mano, descendí a la cubierta de boga.

—¡Aguantad!- oí por el costado de babor.

Enfundé el sable, y, con las pistolas empuñadas, me asomé por la borda. Al costado, acababa de llegar la chalupa con los dieciocho que habían quedado libres, entre ellos el moribundo don Gaspar, que, acostado sobre las tablas del fondo, era atendido por un marinero. Retuvieron la embarcación con los restos de los remos que asomaban por las chumaceras y, mientras que unos aguantaban la chalupa junto al costado de la galera, tres se encaramaron sobre los guiones dispuestos a saltar a la cubierta.

—¿Estás solo, Diego?— acertó a preguntar uno de los tres que hacía equilibrios para no caer al agua, cuando salió de su asombro al verme. Quien me preguntaba, era el Zurdo, que parecía un moro con el chusco vendaje que el mismo se había hecho para cubrir la herida de la cabeza. Le creía muerto y, de la alegría que sentí, iba a responderle con guasa, pero unos gritos procedentes de la popa, me hicieron girar hacia allí la cabeza: seis moros cargados con líos de ropa al hombro, chillaban desaforados desde el espaldar tratando de hacerse oír en las galeotas. Todavía no se habían percatado de mi presencia y me volví hacia el Zurdo.

—¡Chiiis¡— le advertí, moviendo ligeramente una de las pistolas hacia mi derecha.

En silencio, los tres saltaron a la cubierta, desenvainaron espadas y cuchillos y los cuatro avanzamos hacia aquellos desgraciados que no dejaban de gritar y saltar ahora agitando sus camisas.

—¡Eh, mangantes!— llamó el Zurdo cuando sólo nos separaban unos pocos pasos.

Los seis dejaron de saltar y chillar y se volvieron con el pasmo en sus caras.

A dos de ellos, el susto les duró poco: se fueron a su paraíso con un plomo en el pecho. Los cuatro que quedaban, aunque les dimos tiempo para que echaran mano a los curvos sables que llevaban al cinto, cayeron al primer cruce de los aceros, con la maldita suerte para mí de que, al que me llevé por delante me dio un tajo en la pantorrilla derecha estando en el suelo medio muerto. La herida no era grave pero al cabo de unos días, estando ya en puerto se gangrenó, y el cirujano tuvo que cortarme la pierna por debajo de la rodilla.

—Lo que sucedió después, ni tiene importancia ni aportaría nada al interés por los Cervantes. Espero que lo narrado sea suficiente para que Su Señoría pueda contestar debidamente al Señor Alcalde de Cabra- finalicé, aliviado del arrebato que había sufrido.

— ¡Lo es, Vélez! ¡Ya lo creo que lo es!— respondió don Juan.

FIN

La estructura básica de la galera española varió muy poco en dos siglos. Modelo de galera española del siglo XVIII realizada por el modelista naval don Félix Moreno Sörli, donada y expuesta en el edificio Rector Soler, Campus de Espinardo (Universidad de Murcia).

La estructura básica de la galera española varió muy poco en dos siglos. Modelo de galera española del siglo XVIII realizada por el modelista naval don Félix Moreno Sörli, donada y expuesta en el edificio Rector Soler, Campus de Espinardo de la Universidad de Murcia.


Algunas fuentes consultadas:

Fontdevila Silva Pedro. Diccionario Español de la lengua franca marinera mediterránea. Fundación Seneca 2011.

Viñas Carmelo y Paz Ramón. Relaciones histórico-geográfico-estadísticas de los pueblos de España hechas por iniciativa de Felipe II. Reino de Toledo (Tercera parte). Instituto Balmes, de Sociología – Instituto Juan Sebastián Elcano, de Geografía y Consejo superior de Investigaciones Científicas. Madrid 1963.