INDIVIDUO Y SOCIEDAD: ¿ENEMIGOS NATURALES? (y II)

Rafael Andrés Alemañ Berenguer. Colaborador honorífico del Departamento de Física, Ingeniería de Sistemas y Teoría de la Señal de la Universidad de Alicante. raalbe.autor@gmail.com
Por: Rafael Andrés Alemañ Berenguer. Colaborador honorífico del Departamento de Física, Ingeniería de Sistemas y Teoría de la Señal de la Universidad de Alicante. raalbe.autor@gmail.com

Las políticas públicas solo pueden aspirar a su máxima eficacia cuando se diseñan y aplican en concordancia con el mejor conocimiento disponible en las ciencias sociales y naturales. Con ese fin, es de importancia decisiva establecer los presupuestos ontológicos y metodológicos que subyacen a las teorías sociológicas sobre las cuales se construyen las diferentes políticas que afectarán a los ciudadanos. No obstante, en el conjunto de tales supuestos básicos a menudo suelen deslizarse afirmaciones que, cuando se analizan a la luz del conocimiento científico, resultan abiertamente falsas, lo que hace sospechar que fueron introducidas para adecuar las conclusiones a las preconcepciones de sus autores.

(Continuación)
     Desde la perspectiva del modelo CESM para la sociedad como sistema, admitir que el sexo biológico es una construcción social implicaría una inversión de los niveles de organización mencionados en el epígrafe segundo. El nivel biológico se suponía subyacente al nivel social, o en otras palabras, que algunas propiedades sociales, PS, podían depender de propiedades biológicas, PB, dado que las sociedades están formadas por individuos, que son organismos biológicos. Ahora tendríamos que la sexualidad tendría un origen estrictamente social, PB(PS); es decir, al menos algunas propiedades biológicas dependen de propiedades sociales.

Judith Butler
Judith Butler

     Se trata de un postulado enormemente contra-intuitivo, por lo que cabría preguntarse qué pruebas lo sustentan. A fin de evitar equívocos, recurriremos a una de las formulaciones canónicas de la doctrina que podríamos llamar feminismo genero-centrista −por el papel fundamental que esa categoría desempeña− de donde surgió la célebre afirmación (Butler, 2007; 55):

     «Si se refuta el carácter invariable del sexo, quizás esta construcción denominada “sexo” esté tan culturalmente construida como el género; de hecho, quizá siempre fue género, con el resultado de que la distinción entre sexo y género no existe como tal.»

     La autora de estas palabras, Judith Butler, contaba con los ilustres precedentes de sentencias de igual contundencia: «No se nace mujer; se llega a serlo» (Simone de Beauvoir), o «La mujer no existe» (Monique Wittig). Butler, tenida por una gran filósofa en ciertos círculos intelectuales y políticos, ocupa la cátedra Maxine Elliot de Retórica, Literatura comparada y Estudios de la mujer, en la Universidad de California en Berkeley. Su filiación profesional puede ayudarnos a entender el motivo por el cual sus razonamientos sobre este tema, puramente discursivos, equiparan las cosas con los enunciados sobre las cosas, sin preocuparse jamás de poner a prueba de modo imparcial y objetivo sus puntos de vista. No es de extrañar, cuando se inspira en la obra de personajes como Freud, Focault, Lacan y Derrida.
     Butler toma la noción de enunciado performativo (Austin, 1982), como aquel cuya expresión equivale a la realización del acto que expresa, para considerar a continuación que todos los enunciados en la vida social son performativos por cuanto modifican las conductas, creencias y valores, e incluso la identidad, de quienes los pronuncian o escuchan. Precisamente –señala Butler– la distinción de sexos que hacemos entre hombres y mujeres se debe a las normas y prejuicios que nos inculca la vida social. Mediante un lenguaje subrepticiamente cargado de valoraciones e ideas preconcebidas, acabamos siendo moldeados por la sociedad para aceptar la existencia de solo dos sexos. La distinción tradicional entre “género” −conjunto culturalmente variable de conductas y valores asociadas con cada sexo− y “sexo” −colección de rasgos biológicos que sustentan la distinción entre el macho y la hembra en la mayoría de las especies− queda borrada, pues ambos serían meramente subproductos del adoctrinamiento social al que nos vemos sometidos durante el proceso de construcción de nuestras identidades individuales (Fausto-Sterling, 2000; Butler, 2004).
     Lejos de reducirse a abstrusas discusiones académicas, esta concepción tiene efectos políticos bien visibles. En países como Alemania, Australia, Nueva Zelanda, Nepal, Bangladesh, India, Malta, Kenia, Canadá, o el Estado norteamericano de California, admiten más de dos opciones en la filiación legal respectiva al sexo. La documentación oficial de algunos de estos lugares permite registrar un sexo “indeterminado” o “no especificado”. En otros casos, los certificados de nacimiento se expiden con la letra “X” en la indicación correspondiente al sexo del individuo.
     Salta a la vista de inmediato que el análisis lingüístico aplicado a la sociología es el eje central del pensamiento de Butler. Una modalidad semántica −la performatividad− extendida mucho más allá de sus límites razonables, se convierte en la coartada para negar cualquier objetividad al mundo material. Lo que consideramos realmente existente –se nos dice– no son más que construcciones de nuestra subjetividad, la cual se halla completamente sometida a los influjos culturales de una sociedad que nos esclaviza (que somete a las mujeres, en concreto, al designio de los hombres). Cuesta creer que un ideario tan inconsistente haya ganado tanto predicamento en diversos cenáculos de la psicología, la sociología, la filosofía y, por supuesto, la polítología.
     La doctrina de Butler es típicamente subjetivista, si bien el subjetivismo caracteriza el pensamiento infantil y mágico por su creencia en la posibilidad de materializar las ideas con solo nombrarlas. Porque, al fin y a la postre, la performatividad butleriana no pasa de ser una forma actualizada de hechicería lingüística, en virtud de la cual el mundo entra en existencia gracias del lenguaje, aunque a su vez el lenguaje esté colonizado por los intereses de los poderes dominantes en la sociedad. Ya aseguraba la vieja tesis marxista que el individuo se reduce a un conjunto de relaciones sociales, creencia de origen platónico que implica situar las relaciones (en este caso, sociales) antes y por encima de los términos relacionados (aquí, los individuos). Así, la huella de la filiación profesional de Butler es evidente en su obra, confirmando el viejo proverbio según el cual quien solo dispone de un martillo como herramienta soluciona cualquier problema martilleando. Poco importa que la noción de la naturaleza humana como una masilla ilimitadamente moldeable haya sido desacreditada sin cesar por la psicología evolutiva, la neurofisiología y otras ciencias afines (Pinker, 2012).
     Su distanciamiento de cualquier reminiscencia del método científico, se hace muy pronto evidente incluso para el lector menos sagaz. No intenta precisar sus conceptos, no realiza ni menciona estudios empíricos sistemáticos y corroborados, no propone modelos ni generalizaciones contrastables, y tampoco plantea hipótesis, tan solo formula postulados, lo que convierte sus trabajos en simples alegatos a favor de una conclusión decidida de antemano. La obra de Butler es meramente escolástica, pues se limita a comentar a otros autores, que tampoco han efectuados estudios de campo (salvo Levi-Strauss) sin conjeturar explicaciones experimentalmente controlables que resulten compatibles con el conocimiento científico consolidado. Por todo ello, quienes busquen el conocimiento objetivo de la realidad que la ciencia aspira a brindarnos, nada de valor encontrarán en el construccionismo sociológico, y tampoco lamentarán que no haya el menor motivo para considerarlo verdadero.

Del sexo al género
Quienes opinan que el sexo constituye un dato biológico de origen natural independiente de la voluntad del individuo, son tachados de “esencialistas” por los partidarios del construccionismo social. El mismo hecho de utilizar esta calificación revela tanto la absoluta ignorancia de los construccionistas sobre la visión científica que pretenden criticar, como la deuda de su propia concepción con un idealismo de tintes platónicos definitivamente arrumbado siglos atrás. Ningún investigador moderno avalaría la existencia de cualidades inmateriales –las esencias– que otorgan a cada cosa su identidad, más allá de sus características objetivas y las leyes que obedecen. El sexo, por tanto, es una condición biológica compleja determinada por factores anatómicos, fisiológicos, cromosómicos y encefálicos, aspectos todos ellos menospreciados por el construccionismo social.
     El género, sin embargo, es una cuestión diferente; nadie mínimamente racional negaría el peso de los patrones culturales en las formas de expresión social de la masculinidad y la feminidad. La pregunta, en este caso, sería más bien si debemos juzgarlo una pura elaboración social, o también habríamos de considerar seriamente la posible influencia de factores biológicos en los comportamientos asociados a cada género. Los construccionistas sociales no dudarían acerca de la respuesta correcta, aunque, más allá de ese estrecho dogmatismo, las ciencias naturales vuelven a ofrecernos un panorama mucho más abierto y polifacético.

Los cromosomas X e Y determinan el sexo en la especie humana
Los cromosomas X e Y determinan el sexo en la especie humana

     Se sabe que una modificación en el gen GB afecta las preferencias sexuales de los machos de la mosca de la fruta, Drosophila melanogaster, alterando la robustez de ciertas conexiones neuronales (Grossjean et al., 2008). Cabe preguntarse, entonces, cuál es la base biológica de la conducta sexual de los mamíferos y, en concreto, de los humanos. El proceso parece comenzar durante los primeros meses de existencia en el útero materno, cuando el feto se halla expuesto a un baño hormonal –de testosterona, en particular– cuya composición decidirá ciertas características sexuales de modo irreversible (el resultado no puede revertirse por reemplazamiento hormonal). Unos niveles demasiado bajos de testosterona en los fetos masculinos y demasiado altos en los fetos femeninos serían los responsables de alteraciones todavía sin identificar por completo en las conexiones neuronales del cerebro en desarrollo (Hines, 2005; Hines et al, 2002).
     Todo indica que en este aspecto la activación hormonal de los cromosomas X e Y prevalece sobre la carga puramente genética que cada persona reciba al ser engendrada (Rahman y Wilson, 2003). Es decir, incluso admitiendo su relevancia en la configuración del género, no todos los factores biológicos parecen tener la misma participación. Las niñas con dos cromosomas X expuestas a elevados niveles de andrógenos prenatalmente, propenden a comportarse como varones. Los individuos con cromosomas XY –genéticamente hombres– cuyos receptores hormonales son insensibles a los andrógenos, cuando nacen presentan el aspecto físico y el comportamiento típico de una mujer.
     Comparando entre hombres y mujeres heterosexuales el tamaño de un grupo de células en la parte frontal del hipotálamo (núcleo intertejido del hipotálamo anterior), se constata que en los hombres esta estructura es de tamaño algo mayor. Al realizar esta misma comparación entre hombres heterosexuales y homosexuales, el resultado fue que el tamaño de esta estructura neuronal en los homosexuales se asemejaba más al de las mujeres que al de los hombres heterosexuales (LeVay, 1991). No obstante, otra estructura del hipotálamo (el núcleo supraquiasmático) es mayor en los hombres homosexuales que en los heterosexuales, aunque la clave vuelve residir en que el tamaño característico en los hombres homosexuales era equiparable al de esa misma estructura en las mujeres heterosexuales.
     Las consideraciones precedentes sugieren poderosamente que el dimorfismo sexual encefálico constituye la base de las diferencias entre masculinidad y feminidad, contra la opinión sostenida por el psicólogo John Money (1988). A su juicio, la identidad sexual era algo aprendido más que innato, y así creyó demostrarlo con el famoso caso de Bruce Reimer, un niño cuyos genitales habían quedado irremediablemente destruidos al poco de nacer por una cirugía defectuosa. Coherente con sus convicciones, Money recomendó que fuese educado como una niña para ayudarle a superar el trauma. Su nombre fue cambiado por el de Brenda, recibió un tratamiento hormonal feminizante y durante un tiempo la estrategia pareció funcionar. Money utilizaba este caso en todas sus conferencias y escritos como apoyo decisivo para sus ideas hasta que trascendió la verdad (Colapinto, 2001). Ni la cirugía de reasignación de sexo, ni el tratamiento hormonal ni los hábitos aprendidos impidieron que Brenda recuperase su identidad masculina con el nombre de David, quien acabó suicidándose en 2003 presa de una severa depresión presumiblemente derivada de su historia previa.

John Money y Bruce Reimer
John Money y Bruce Reimer

     En la década de 1980, se aportaron pruebas incontrovertibles sobre el dimorfismo sexual del cerebro humano y sus repercusiones en rasgos tan íntimos como la orientación sexual (Swaab y Fliers, 1985; Vries y Södersten, 2009; Savic et al, 2010). Y ya a comienzos del siglo XXI, investigaciones sobre el autismo realizadas en Cambridge, mostraron que los niños y las niñas con unos pocos días de edad reaccionaban ante imágenes de rostros humanos de distinto modo que ante imágenes de objetos (Baron-Cohen, 2002, 2004; Greenberg et al, 2018). Este dato coincidía con un hecho bien observado –al que siempre se atribuyó un origen social– como son los tipos opuestos de juegos practicados libremente por niños y niñas. Los niños son en general más competitivos y prefieren la manipulación de objetos, en tanto las niñas se muestran en promedio más cooperativas y se inclinan por los juegos de relación interpersonal (Berenbaum y Hines, 1992; Su et al, 2009; Jadva et al, 2010; Todd et al, 2017).
     Con el propósito de suprimir la influencia de cualquier posible estereotipo cultural transmitido involuntariamente por el entorno de los sujetos, se probó con un grupo de simios cercopitecos, machos y hembras, a los que se ofreció jugar con muñecas y con pequeños carricoches (Alexander y Hines, 2002; Lonsdorff et al, 2014). No tardó en comprobarse que mientras las hembras aceptaban ambas clases de juguetes, los machos sólo se sentían atraídos por los artilugios con ruedas y otros objetos manipulables. Parece, pues, que los comportamientos diferenciados de manera innata entre machos y hembras, no se limitan solo a la especie humana.
     Desde los tiempos de Darwin sabemos que uno de los principales mecanismo de selección natural opera a través de la competencia entre los machos por fecundar a unas hembras que preferirán a aquellos con mejores rasgos reproductivos (buenas condiciones fisiológicas, protección de su prole, etc.). Esta denominada “selección sexual”, actuando durante miles o millones de años, es la responsable de la disparidad de características anatómicas y conductuales entre los machos y las hembras de multitud de especies. Sin embargo, el que podríamos denominar construccionismo social generocentrista sostiene que si bien dichas diferencias anatómicas existen –al menos en los caracteres sexuales primarios y secundarios– esa disparidad no se refleja en el órgano que controla el desarrollo y regulación del resto del organismo, el cerebro. Una posición tan extrema se arriesga a ocultar algunas de las claves decisivas del problema (Singer, 2000: 30-31):

     «(…). Si bien el pensamiento darwiniano no ha tenido ningún impacto en la prioridad que damos a la igualdad en tanto que ideal moral o político, nos procura razones para creer que, puesto que hombres y mujeres desempeñan papeles distintos en la reproducción, también cabe que sean distintos en inclinaciones y temperamento, distintos para que contribuyan lo mejor posible a las expectativas reproductoras de cada sexo. Puesto que las mujeres sólo pueden tener un número limitado de hijos, es probable que sean selectivas al escoger pareja. Por otra parte, la única limitación que tienen los hombres para tener hijos es el número de mujeres con quienes copulen. Si alcanzar un estatus alto aumenta el acceso a las mujeres, entonces es de esperar que los hombres sientan mayor atracción que las mujeres por mejorar de estatus. Esto significa que no podemos utilizar el hecho de que exista un número desproporcionadamente mayor de hombres en posiciones de alto estatus, sea en los negocios o en la política, como un argumento para concluir que ha habido discriminación contra las mujeres. Por ejemplo, el hecho de que menos mujeres que hombres sean altos ejecutivos de las grandes corporaciones tal vez se deba a que los hombres tienen mayor inclinación a subordinar la vida personal y demás intereses a su carrera, y las diferencias biológicas entre hombres y mujeres pudieran ser un factor que opera en la mayor disponibilidad a sacrificarlo todo por ascender a la cumbre.»

     Hoy sabemos que hombres y mujeres utilizan de modo diferente diversas regiones cerebrales ante los mismos estímulos del entorno. Enfrentados a un problema, por ejemplo, los hombres pasan directamente a la búsqueda de soluciones, omitiendo en general el análisis de las emociones ajenas al respecto. En la adolescencia, la concentración de testosterona en el cerebro masculino se multiplica por veinte, propiciando la aparición del deseo sexual, la adopción de conductas de riesgo, el desafío a la autoridad y la defensa de un espacio propio.

 

Charles Darwin
Charles Darwin

     Hasta las ocho semanas de vida intrauterina, todos poseemos redes neuronales de tipo más bien femenino, y es en ese momento cuando la testosterona segregada por los incipientes testículos del feto masculino inunda en cerebro en desarrollo y cambia sus conexiones para convertirlas en las típicas de un hombre (Garcia-Falgueras y Swaab, 2010). La región del hipotálamo llamada área preóptica medial es la que regula el impulso sexual, cuyo tamaño es 2,5 veces superior en el cerebro masculino que en el femenino (en los roedores es siete veces mayor en el macho). Las uniones temporo-parietales, situadas en el cerebro un poco por encima de las orejas, se responsabilizan de la empatía cognitiva y el procesamiento de las emociones. Esta zona predomina en los hombres sobre el sistema de neuronas-espejo, de modo que la típica respuesta masculina ante una inconveniencia consiste en tratar de remediarla más que en la empatía emocional, mucho más usual en las mujeres.
     El área premamilar es otra región del hipotálamo más desarrollada en el cerebro del hombre, ya que se ocupa de la defensa del territorio considerado como propio y también de la hembra que el macho protege. Por el contrario, en el cerebro femenino el sistema de neuronas-espejo se encuentra más desarrollado que en los hombre. También las mujeres suelen emplear ambos hemisferios cerebrales cuando abordan cualquier clase de actividad, a diferencia de los hombres, quienes suelen utilizar predominantemente uno de los dos hemisferios dependiendo del problema planteado. En este sentido, las expectativas comunes sobre el comportamiento diferencial de ambos sexos, denominadas “estereotipos” con ánimo peyorativo, responderían más bien a una suerte de estadística intuitiva que, sin pretender exactitud en casos concretos, se apoyaría sobre un base objetiva (Jussim et al., 1995; Jussim et al., 1996).
     No faltan profesionales que, suscribiendo las tesis centrales del construccionismo generocentrismo, han pretendido desmentir tanto las diferencias encefálicas entre hombres y mujeres como las predisposiciones psicológicas de ellas derivadas (Fine, 2010, 2017; Joel, 2015). A pesar de los datos aportados a favor del origen natural de tales diferencias (Checkroud et al, 2016; Kreimer, 2020), exigen que cualquier persona que las admita sea tachada de sexista, sin más rodeos ni matices. Lamentablemente, quienes defienden tan excluyente postura recuren a tácticas ya conocidas en otros ámbitos: reinterpretación sesgada de los descubrimientos científicos, descontextualización de los datos, confusión de conjeturas con hechos probados (o a la inversa) y descalificación personal del adversario.
     En definitiva, todo el caudal de conocimientos acumulado por las ciencias naturales en el último siglo respalda la conclusión de que el sexo es una realidad material incontrovertible, así como la participación tanto de factores culturales como biológicos en la conformación de la categoría social que llamamos género (Buss, 1989; Buss y Schmitt, 1993; Townsend y Wasserman, 1998; Baumeister et al, 2001; Brown, 2004; Lippa, 1998, 2001, 2005, 2006, 2009, 2010). No hay motivo, pues, para invertir la jerarquía de niveles organizativos, situando el social por debajo del biológico, como pretendían los construccionistas radicales. Es decir, los miembros x de un sistema social son a la vez sistemas biológicos en sí mismos, por lo cual poseen propiedades biológicas PB tanto como sociales PS, con la particularidad de que las PS vienen parcialmente condicionadas por las PB, algo que los construccionistas sociales desearían que negásemos.

Conclusiones
     La sociología es, y debe ser, uno de los ingredientes indispensable de toda política pública que aspire a abordar los problemas reales de la sociedad, de lo cual se sigue la importancia crucial que reviste una fundamentación clara y rigurosa de sus supuestos básicos. Históricamente la aproximación de las ciencias sociales en general a sus temas de investigación, se ha venido dando desde las orillas de dos grandes concepciones generales, como son el individualismo y el holismo (o globalismo). Cada una de ellas captura aspectos sustanciales de la realidad social al mismo tiempo que omite otros, lo que favorece la formación de escuelas de pensamiento más que la preparación de auténticos científicos sociales. A lo largo del siglo XX, no obstante, floreció el sistemismo como tercera opción que pretendía recoger lo mejor de ambas tradiciones intelectuales, valiéndose además de las herramientas formales y los conocimientos que las ciencias de la naturaleza podían ofrecer para la correcta comprensión del ser humano inmerso en su medio social. Esta índole interdisciplinaria denota, además, el auténtico carácter científico de una disciplina académica viva y en desarrollo, capaz de ocuparse provechosamente de los problemas que la conciernen.
     En el presente artículo se han analizado dos temas sociales, de actualidad desde finales del siglo XX, cuyas repercusiones se perciben todavía con plena nitidez en las primeras décadas del siglo XXI. Estos dos asuntos, el individualismo social con pretensiones economicistas y el construccionismo sociológico de cariz generocentrista, ilustran con gran claridad las consecuencias que las dos grandes doctrinas hasta ahora imperantes en la sociología pueden acarrear cuando sus presupuestos no se examinan con suficiente objetividad. En ambos casos el origen de los problemas se puede rastrear hasta la admisión tácita de diversas tesis (ontológicas, gnoseológicas, semánticas, metodológicas y axiológicas) que, o bien no han sido probadas en realidad, o bien se han demostrado enteramente falsas.
     Cuando nos esforzamos por precisar los conceptos y disipar la oscuridad intelectual, no resulta difícil advertir que, por ejemplo, el individualismo radical se utiliza como pantalla para defender ciertos intereses económico muy específicos y un modelo de sociedad donde se concebiría con naturalidad que el egoísmo de cada uno prevaleciese sobre la solidaridad con el prójimo. En esta dialéctica competencia-cooperación se pierde de vista que son las dos caras de una misma moneda, y que sin una combinación adecuada de ambas la sociedad dejaría de ser un entorno digno para la vida humana.
     Posiblemente la utilización política del individualismo radical alentó una reacción opuesta en la forma del construccionismo sociológico, según el cual toda realidad sería en última instancia una elaboración cultural impuesta por los grupos sociales dominantes en cada momento. El extremo relativismo que implica una concepción tal nos obligaría a romper, no solo con las ciencias de la naturaleza como fuente fiable de conocimiento, sino incluso con el menor atisbo de racionalidad en cualquier orden de la existencia. Esta nueva versión del holismo en la que todo hecho se considera un producto social resulta demasiado dogmática, estrecha y maniquea, a la par que falaz, para que los genuinos científicos sociales se sientan satisfechos.
     Por ello, las manifestaciones concretas del construccionismo sociológico, como el generocentrismo actualmente en boga, solo pueden sostenerse desde un alejamiento deliberado de la racionalidad científica, dando la espalda a datos incontrovertibles de la realidad material evidente para todos. Únicamente el ferviente activismo ideológico que lo respalda y la escasa penetración del espíritu científico en determinados círculos académicos, pueden explicar que esta clase de creencias sigan influyendo en la esfera pública con tan acusada notoriedad.
     Ahora bien, si de verdad nos anima un deseo sincero de solucionar los problemas sociales, políticos, económicos e incluso éticos, que nos planeta en el mundo actual, no será cerrando los ojos ante la colaboración entre las ciencias sociales y naturales como lo conseguiremos. Más allá de volver una y otra vez a remozar viejas doctrinas superadas mucho tiempo ha, el mejor camino consistirá en una fecunda interconexión entre ciencias sociales y naturales, teniendo siempre presente que, si bien la sociedad debe estudiarse de manera científica, no es un objeto de la naturaleza, porque en buena parte está creada por nosotros, y la constituyen personas cuyos pensamientos y sentimientos sí importan.

(1- Sistema neuronal específico que nos permite literalmente “ponernos en el lugar del otro” y representar en nuestra mente los sentimientos de otra persona a partir de la situación en la que se halle inmersa).

 

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