¿Alguien sabe qué hacen con los animales en «El Valle»?

Me recordé a mí mismo esta pregunta que llevo tiempo haciéndome cuando, días atrás, encontré una urraca cojeando por un frondoso parque frecuentado por mí. A diferencia del cuervo de Poe, no era una fosca medianoche ni el animal repetía palabra alguna de desesperanza, pero, lo mismo que él, parecía acostumbrada a la presencia humana. Me dejó acercarme lo bastante como para haber intentado echarle mano con posibilidades de éxito y llamar a continuación al Centro de Recuperación de Fauna Silvestre “El Valle”. Pero no lo hice.
          En días sucesivos, la vi acercarse a una pareja sentada en un banco, que compartió con ella su almuerzo; la observé cuando localizaba entre el césped los goteantes aspersores de riego, y la dejé a su aire mientras se sumergía en la espesura de algún arbusto, haciéndose invisible entre el ramaje impenetrable, por ejemplo, a los perros.
         
Podía…., pero no lo hice.
          Unos Agostos atrás, encontré un vencejo joven aleteando sobre un asfalto, al que parecía pegado por el inmenso calor. Lo llevé a casa, llamé a “El Valle” y esperé a que pasaran a recogerlo al día siguiente. En honor a la verdad, el encargado de hacerlo fue puntual y atento. Le pregunté cómo podría saber yo si el pequeño vencejo salía adelante y era finalmente liberado, como es la función declarada de ese Centro. Me entregó un documento certificando la recogida, con un teléfono impreso al que llamar y un número de registro escrito a mano por el que preguntar, ya que a cada animal que entra allí —dijo— se le abre una ficha que permite un seguimiento puntual de su evolución.
          Me harté de llamar antes de que alguien por fin cogiera el teléfono y me informase puntualmente de que:
      —Esa clase de información no puedo yo darla, y los veterinarios no están aquí para eso. Siempre puede usted apuntarse a una visita guiada.
       Pero una visita “guiada” no es exactamente mi idea de disipar sombras y dudas, y yo acababa de entrar en un sembrado de ellas. En un rasgo de condescendencia que agradecí, se me indicó que volviese a llamar entre tal y cual hora, en que era probable que hubiera por allí alguien que pudiera hablarme del pajarillo.
          Otra vez me harté de llamar, días y días, sin que nadie respondiese ya al teléfono.
          No mucho después, reconocí por la calle al operario que había recogido de mis manos al vencejo. Me miró con cara de saber más de lo que decía, pero dijo que haría lo posible por enterarse de la suerte del pajarillo, y se comprometió, dándome un número de móvil, a decírmelo personalmente al día siguiente.
          Él sí cogió el teléfono. De sus palabras deduje que lo único seguro era que el pequeño alado ya no estaba en el Centro y que en su ficha no constaba que hubiera muerto. Así que “había” que suponer que fue curado y liberado de vuelta a la naturaleza, no mucho después de ingresar. Agradecí el interés del operario, que me pareció sincero, pero sujeto a normas. Y, como en el concepto “Naturaleza” entran tantas cosas, coseché un manojo de sombras y dudas no resueltas hasta el día de hoy.
          Un año después, me fijé en un pajarillo varado junto a la gran cristalera de un portón de entrada. Aturdido y desorientado, con el plumaje erizado, seguramente se había estrellado contra la superficie espejeante. Ni siquiera intentó apartarse o alzar el vuelo cuando me acerqué a cogerlo. Vino por él otro operario de “El Valle”, que trató el caso con la misma puntualidad y atención. Como era un ave poco corriente por la zona, hasta se tomó el trabajo de averiguar qué era: un piquituerto. Escuchó mi anterior episodio del vencejo con parecida expresión a la de su colega de entonces, y me entregó un impreso que, esta vez, contenía, además del mismo número de teléfono, una dirección de correo electrónico, también impresa. «Ahí ya sí que le van a responder«, dijo.
          ¿Hace falta decir que me harté de escribir correos sin que, hasta el día de hoy, haya recibido respuesta alguna? En los últimos, sin faltar a formas ni respetos debidos, les dije que ningún ciudadano entendería semejante ocultismo en un Centro que, por el contrario, podría y debería enorgullecerse de informarnos sobre lo que hacen ahí con los animalitos que nosotros ponemos en sus manos (“si es que hacen lo que debemos suponer que hacen”, creo que añadí).
          El Centro de Recuperación de Fauna Silvestre “El Valle” fue originariamente una iniciativa de ANSE (Asociación de Naturalistas del Sureste de España) puesta en marcha entre 1983 y el verano de 1984 en la casa forestal de El Valle; según el libro de registro, el primer animal ingresó en Octubre de ese año. Al año siguiente, se trasladó a la casa forestal de El Sequén. Ligado a campos de trabajo y voluntariado, y dependiendo de los propios medios de ANSE, más un convenio de colaboración con el Gobierno Autonómico de la Región de Murcia, tanto en sus primeras ubicaciones como en la actual (desde 1987) el Centro fue siempre gestionado por los propios naturalistas con un sesgo abierto y educativo hasta el punto de que, para cada suelta de un animal recuperado y rehabilitado, se invitaba a asistir a la persona que lo había entregado, la cual, naturalmente, podía acudir acompañada por hijos, etc.
          En 1990, el Gobierno regional murciano se apropió en exclusiva el Centro, desalojando por completo a sus creadores, que ahora ni siquiera aparecen citados en la información oficial, aunque, para no renunciar a su solera, sí se consigna 1984 como año de su creación. El Centro depende ahora de la Consejería de Agua, Ganadería, Pesca, Protección Civil y Medio Ambiente, y el sitio web correspondiente aparece encabezado por la frase: “Cofinanciado por el Fondo Europeo de Desarrollo Regional” (los consabidos Fondos FEDER).
          ¿Qué hacen allí “ahora” con los animales? No he hablado con nadie que lo sepa ni por aproximación. El hermetismo de la Administración y de la gente que trabaja allí es total, me confirman desde la propia ANSE.
          Con las dudas pasa como con ciertas clases de hongos: la persistente e intencionada falta de luz (las ruedas de prensa con «cifras» no valen) las multiplica y las hace brillar en la oscuridad. Cualquiera que sea nuestro grado de interés por los animales, en éste y en todos los casos, tenemos el derecho y el deber de sospechar que si se nos oculta algo es por algo.
          Respecto al destino de “mi” graja, un día dejé de encontrarla donde siempre. Pero sí encontré, y en el mismo banco, a aquella pareja que también frecuenta el parque.
          —Apareció —me contaron divertidos– un hombre mayor con pinta de huertano. La graja se fue hacia él nada más verlo, y hasta dijo dos o tres palabras que no pudimos entender. Se ve que él llevaba tiempo buscándola. Se la puso en el hombro como Paco Rabal, y se fueron comiéndose un bocadillo a medias y hablando de sus cosas.
(D.Muñoz)

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