¿De dónde viene «español»? (no de donde parece)


 

De fuera de España. Aunque los pasos y escalas del proceso aún son objeto de una larga controversia en la que han intervenido filólogos, historiadores, eruditos y opinantes (aquí nos centraremos preferentemente en los primeros) todo apunta a que la palabra nació fuera de la Península, en el ámbito lingüístico del Occitano. Fue el romanista suizo Paul Aebischer, quien presentó en 1948 los documentos que planteaban la nueva hipótesis.

      Procedían de la comarca francesa de Bearne, más allá de la cordillera pirenaica (actual departamento de Pirineos Atlánticos), y estaban fechados entre 1105 y 1118. Basándose en ellos, el suizo rechazaba que la palabra español procediese de hispanione, término hasta entonces aceptado y razonablemente argumentado por Menéndez Pidal, que no pudo documentarlo, sin embargo. Aebischer sostuvo -y nadie le ha quitado la razón desde entonces- que la palabra español procede de un vocablo de origen provenzal que tiene su raíz en el latino hispaniolus, que en aquella lengua evolucionó a “espaignol”. El vocablo se propagó desde Provenza por el sur de Francia, norte de Aragón y Cataluña. Se acepta sin discusión que, si la palabra latina hispaniolus hubiese evolucionado en el ámbito del castellano, habría dado finalmente “españuelo” (en todo caso, la base era, por supuesto, Hispania, el nombre que los romanos dieron de la Península).

     Español es el único gentilicio en lengua castellana terminado en -ol; pero es lo usual en lengua provenzal, en la que la terminación latina -olus suele convertirse en el sufijo -ol para formar gentilicios. Décadas después del trabajo de Aebischer, José Antonio Maravall descubrió 24 menciones del vocablo español empleado como patronímico, en documentos de la catedral de Huesca fechados entre 1139 y 1221, y Miquel Coll i Alentorn encontró una mención del vocablo en un documento bearnés de 1095, más antiguo aún que los aportados por Aebischer.

     Manuel Alvar cree que el término provenzal antecedente de español fue, primero, un calificativo, una denominación de carácter étnico que desde aquellas tierras se aplicaba a las gentes -ya “cristianas”- de la cuenca del Ebro, y que, con el tiempo, se convirtió en apellido, apellido documentado desde el 1105 en la comarca francesa de Auch y que, durante el siglo XII, fue dejando variantes escritas –Hespainnol, Spagnol, Expannol, etc- por el sur de Francia y cuadrante noreste de la Península, hasta devenir finalmente en gentilicio. Alvar sostiene que la palabra se naturalizó a este lado de los Pirineos traída por los caballeros franceses que acudieron a la reconquista del valle del Ebro.

     Es preciso recordar la coyuntura histórica que explica el frecuente e intenso trasiego entre regiones a un lado y otro de los Pirineos: a comienzos del siglo XII, la Provenza perteneció un tiempo a la jurisdicción del Condado de Barcelona; más tarde, en 1160, entró a formar parte de la Corona de Aragón. Sobre ese cañamazo, son remarcables episodios y personajes tan significativos como Gastón y Céntulo de Bigorra, vizcondes de Bearne, que habían ayudado al rey de Aragón Alfonso I en la conquista de Zaragoza (1118) por lo cual el primero recibió el título de Señor de Zaragoza, y el segundo, feudos y señoríos que abarcaban Tudela y Tarazona y se adentraban en el Valle de Arán. Aquellas tierras arrebatadas a los musulmanes fueron siendo repobladas por bearneses que, si no otra cosa, traían con ellos… sus apellidos.

     Mucho antes, los primeros en ser llamados hispanioli en el Mediodía francés (según Rafael Lapesa) debieron ser los hispano-godos peninsulares huidos de la invasión musulmana en el siglo VIII. Con el tiempo, todos los procedentes de la Península, sus descendientes y quienes llegaron después fueron designados con las distintas formas del vocablo que terminaría siendo un apellido y luego un gentilicio. Desde los primeros años del siglo XII, está documentada en tierras de la Península (a donde debió llegar con la inmigración o repoblación de francos) la palabra, como nombre propio y como gentilicio (este último, en 1150) hasta que a partir del siglo XIII, los “cristianos” peninsulares empezaron a identificarse, alternativamente, con el gentilicio “españoles”.

     ¿Cómo se llamaban a sí mismos los habitantes de la Península cuando fueron invadidos por los árabes, en el 711? se pregunta Guillermo Araya. “Godos”, se responde. Según el filólogo chileno, los que iniciaron la Reconquista, tiempo después, no se identificaban a sí mismos con ningún término que los englobase a todos, salvo el de “cristianos”, y trae en apoyo de ese argumento el hecho de que en el “Cantar de Mío Cid” (alrededor de 1207) el Campeador y los suyos se llaman a sí mismos “cristianos”, mientras que en la “Chanson de Roland” (alrededor de 1065) Carlomagno y los suyos se reconocen ya como franceses. El historiador Américo Castro, concomitantemente, arguye que los habitantes de la Península, inmersos en su dialectalismo, no supieron o no quisieron darse un nombre común, señalándose a sí mismos desde el siglo IX simplemente como “cristianos”. “Los musulmanes –dice– se caracterizaban por estar animados y sostenidos por una creencia religiosa, un fenómeno enteramente nuevo en Occidente. Para quienes combatían contra ellos, años tras año, siglo tras siglo, la creencia también acabó por constituir la raya última de su horizonte vital”.

(Para terminar, no es que falten temas de controversia para las puntillosas sobremesas familiares de navidad, pero, según todo esto -y según el atento lector ya ha deducido- ¿puede decirse -por ejemplos- que los primeros Españoles fueron franceses? ¿Que ”español” no deriva de “España”, sino al revés…?)  (DM)

 

Imagen carátula: la bandera de Provenza

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