EL EXTRAÑO CASO DE SHERLOCK HOLMES

          Una tarde, a finales del siglo XIX, un grupo de hombres mantenía una tertulia, tras la cena, alrededor de una mesa. Uno de ellos, un médico llamado Joseph Bell, contaba cómo muchas veces una sencilla y atenta observación de sus pacientes, apenas entraban en su consulta, le era suficiente para deducir detalles de su personalidad, ocupación, historial clínico y hasta pormenores de la vida privada del desconocido. El doctor relató cómo, recientemente, había adivinado que un paciente que acababa de entrar a su consulta había sido soldado en un regimiento de Escocia y había pertenecido a la banda del regimiento, sólo con observar su apariencia externa, estatura y forma de caminar.
          Uno de los contertulios repuso con sorna:
          —Vaya, doctor; si casi podría ud. ser Sherlock Holmes.
          A lo que el viejo médico replicó:
          —Mi querido señor: ¡Yo soy Sherlock Holmes!

 

El doctor Joseph Bell, médico del Edinburg Royal Infirmaty y profesor en la Facultad de Medicina, fue la persona real de la que Sherlock Holmes era un trasunto literario

          Unos años antes, una tarde de 1886, un joven médico llamado Arthur Conan Doyle se aburría una vez más en su recién abierta consulta, a la que no entraba prácticamente un solo paciente desde su apertura. Conan Doyle tenía entonces 27 años. Aquella tarde cogió papel y pluma y garrapateó el único papel escrito que se conserva de aquella consulta: arriba, se lee (en inglés, claro): “Estudio en escarlata”, y, a continuación: “Ormond Sacker, de Sudán (palabra tachada y sustituida por “Afganistán”). Vivía en el 221B de Baker Street en compañía de Sherrinford Holmes”.
          En aquella primera hoja de “Estudio en escarlata”, hoy objeto de veneración, una frase suelta decía: “I´m a consulting detective”. Así nació el concepto de detective privado, denominación que se pondría en boga en los años 20 y 30 con Sam Spade y Philip Marlowe, sobre todo.

 

Strand Magazine fue publicando previamente la mayoría de las aventuras de Sherlock Holmes y Watson.

         

UN DETECTIVE MUY «PRIVADO»
Ormond Sacker se llamó definitivamente John H. Watson y Sherrinford Holmes, Sherlock Holmes. El relato “Estudio en escarlata” fue rechazado por varias editoriales hasta Octubre de 1886, en que los editores Ward y Lock pagaron a Conan Doyle 25 libras esterlinas por él, aunque no lo publicaron hasta el año siguiente.
          En Inglaterra, Sherlock Holmes no causó sensación al principio. De hecho, fue una revista americana, “Linppincott´s Magazine” quien envió un representante a reunirse con Doyle para pedirle otro relato. En aquella reunión estuvo presente también Oscar Wilde, y a él se le contrató otro relato: el de Doyle se tituló “El signo de los cuatro” y el de Wilde, “El retrato de Dorian Gray”.

«Estudio en escarlata», la primera aparición de Holmes, en 1887

          El personaje de Sherlock Holmes estaba basado en una persona real, una persona verdaderamente singular: el doctor Joseph Bell, que había sido maestro del propio Conan Doyle en la Facultad de Medicina de Edimburgo, amigo también de Robert Louis Stevenson, que fue el primero en darse cuenta de que Holmes era Bell. Joseph Bell era, además, cirujano y consultor de la Enfermería Real. Hombre de contextura firme y enérgica, como el personaje que inspiró, Bell era en el fondo un hombre bondadoso y trabajador que no dejaba de atender a un paciente porque no pudiera pagarle y que luchó por dignificar la profesión de las enfermeras, mal pagadas y mal consideradas por entonces. La policía recurría a él con frecuencia para esclarecer misterios delictivos, ya que se había autoespecializado en análisis forense y en lo que hoy llamaríamos «investigación en la escena del crimen». Al parecer, se le requirió también para un caso particularmente notorio: el serial de mujeres asesinadas en las calles de Londres entre Agosto y Noviembre de 1888, atribuido finalmente a un solo hombre –¿por qué no una mujer?– que, a falta de más datos, fue designado simplemente como «Jack». Se ha llegado a decir que Joseph Bell descubrió la auténtica identidad de Jack el Destripador pero que, al tratarse de un prohombre cercano también a la Casa Real, se comprometió a guardar el secreto de esa identidad; y que el propio Conan Doyle, miembro de un club de dilettantes investigadores por cuenta propia, habría participado en las pesquisas. Viene siendo ya una tradición -a la que yo tampoco faltaré- llamar la atención sobre cómo Holmes, que «recorría» las mismas calles, de día y de noche, que el Destripador, no se «ocupó» del caso ni de cerca ni de lejos. Lo cierto es que, sobre la presunta identidad del asesino, la posteridad sólo ha ido añadiendo una especulación tras otra.
         

 

Segunda novela con Sherlock y Watson, «El signo de los cuatro», en 1890.

          El estudiante Conan Doyle habia sido secretario de Joseph Bell para pacientes externos, lo que implicaba hacer un informe preliminar sobre cada paciente que no estaba ingresado mediante una serie de preguntas; luego, el profesor escuchaba, rodeado de estudiantes, el resultado de esas pesquisas, que siempre quedaban muy por debajo de lo que Bell era capaz de deducir con sólo echar una ojeada al paciente. Tiempo después,  Conan Doyle escribió: “El doctor Bell solía sentarse en su consulta con el rostro impenetrable como un piel roja y diagnosticaba las dolencias a sus pacientes antes de que estos abriesen la boca. Les indicaba sus síntomas e incluso les daba detalles de su vida pasada. Casi nunca cometió un error”. La revista Lancet publicó en 1956 el siguiente episodio, reproducido por William S. Baring-Gould:

          Una mujer con un niño pequeño. Bell le dio los buenos días y ella le respondió con el mismo saludo.
          –¿Cómo le ha ido la travesía, señora Burnstisland?
          –Estuvo bien.
          –¿Había un largo trecho hasta Inverleith Row?
          –Sí.
          –¿Qué hizo usted con el otro crío?
          –Lo dejé con mi hermana en Leith.
          –Y usted aún estará trabajando en la fábrica de linóleo, ¿no?
          –Sí.
          –¿Ven ustedes, señores? Cuando ella me dio los bienos días me di cuenta de su acento pífano y, como saben, la ciudad más próxima a Fife es Burstisland. Se pueden dar cuenta de que tiene arcilla roja en los bordes de las suelas de sus zapatos. Y esta clase de arcilla se encuentra a veinte millas de Edimburgo, en los jardines Botánicos. Inverleith Row bordea los jardines y es el camino más rápido desde Leith. Pueden observar que el abrigo que ella sostiene es demasiado grande para el niño que va con ella y por tanto quiere decir que se marchó de casa con dos niños. Finalmente, tiene dermatitis en los dedos de la mano derecha, característica peculiar entre los trabajadores de la fábrica de linóleo de Burnstisland.

SU AUTOR LO QUERÍA MUERTO
¿Por qué nació Sherlock Holmes? En primer lugar, porque su autor, Conan Doyle, había prácticamente fracasado en su profesión de médico y necesitaba ganar dinero como fuese. En segundo lugar, porque Doyle, aficionado a los relatos de crimen y misterio, quería crear un detective científico, un detective que no basara sus éxitos en la casualidad, que fuese capaz de encontrar una solución basada en la materialidad de los hechos y que pudiese explicar cómo había llegado a ella.
          Sherlock Holmes terminó siendo una pesada carga para su autor durante toda su vida. Era para Doyle algo transitorio y de segundo orden que le permitía ganar dinero mientras escribía otro tipo de libros que -él creía de veras- le darían fama imperecedera, como “Al otro lado de la ciudad”, “Los refugiados”, “La gran sombra”. Pensaba que sus novelas históricas, como “Micah Clarke” o “La compañía blanca” serían las que le harían pasar a la historia de la literatura mundial.
          En 1893, siete años después de haberlo creado, Conan Doyle encargó al dibujante de la revista “Strand Magazine” que preparase un dibujo con la muerte de Sherlock Holmes («El problema final») cayendo por las cataratas de Reichenbach (Suiza), en lucha con el maléfico profesor Moriarty. El público protestó más allá de lo imaginable. Doyle recibió cartas llamándole “bruto”, y, en varias ciudades norteamericanas, se fundaron sociedades bajo el epígrafe “Que viva Holmes». Fueron estas presiones (más los 5.000 dólares ofertados por una editorial americana) lo que le llevó a resucitar a Sherlock Holmes en 1903.

Publicado en 1892, el volumen «Las aventuras de Sherlock Holmes» contenía una docena de relatos.

PERO, ¿ERA INFALIBLE SHERLOCK HOLMES?
Los fallos de Sherlock Holmes son fruto de una construcción poco atenta y quizá de contradicciones internas entre autor y personaje. En la primera novela, “Estudio en escarlata”, el dr. Watson dice que, de su paso por la guerra de Afganistán, le quedan secuelas de una herida en el hombro. Pero, en la siguiente novela, “El signo de los cuatro”, esa herida ya no está en el hombro sino en una pierna. Hay relatos muy fácilmente atacables: en “El constructor de Norwood”, todo el mundo, incluído Holmes, piensa que unos restos orgánicos carbonizados son humanos, pero resultan ser de un conejo, diferencia que no debería pasar desapercibida a un superdetective como él; sobre todo, porque en un relato anterior, “El pabellón Wisteria”, vemos cómo un médico corriente, que ni siquiera es Watson, identifica al momento unos huesos como no humanos. En “Un caso de identidad”, vemos, estupefactos, cómo la simple miopía de un personaje le impide reconocer a un familiar con quien convive, sólo porque este lleva, por todo disfraz, unas gafas oscuras.

En 1894, «Las memorias de Sherlock Holmes» recogía otra docena de relatos cortos.

          Parte del atractivo de Holmes consistía en que él representaba al hombre superior a la manera de Nietzche. Holmes era declaradamente inculto en cuestiones de literatura y astronomía, por ejemplo, pero Watson resalta su “profundo” saber en química, un campo de importantísimo valor forense, entonces como hoy, para un detectivismo realmente científico. Sin embargo, Isaac Asimov ha demostrado que la supuesta profundidad de Holmes en la química resulta ser falsa en casi todos los casos. En “La aventura de la casa de Shoscombe”, Holmes diferencia limaduras de cinz de las de cobre a través de un microscopio, cosa imposible si no se emplea un espectroscopio. A través también de un microscopio, descubre Holmes en un hilo de lana partículas de pegamento, que son la prueba de un asesinato. Pero un simple examen visual al microscopio, dice Asimov, no basta para reconocer un pegamento frente a otras sustancias. “Si los tribunales -añade Asimov- aceptasen tales pruebas, ninguno de nosotros estaría seguro”.

 

En 1902, tras años «muerto» en Reichenbach, Holmes reapareció en «El perro de Baskerville.»

          En otros casos, la nomenclatura química utilizada por Holmes es errónea: en “Un caso de identidad”, habla de bisulfato de barita donde un auténtico químico habría dicho bisulfato de bario o sulfato ácido de bario. En “La aventura de las hayas cobrizas”, dice Holmes que está analizando las acetonas, cuando la acetona es un compuesto químico específico cuyo nombre no se usa en plural, al menos no por un experto. En “La aventura del pulgar del ingeniero”, al hablar de monedas falsificadas, confunde amalgama con aleación, cosa que solamente alguien que no sea químico haría, aunque sean palabras casi sinónimas para el profano. Una de de las más famosas aventuras de Sherlock Holmes gira en torno a una gema, y se llama “El carbunclo azul”. Sin embargo, el carbunclo es un silicato de hierro-aluminio y sólo puede ser de color rojo; así que un carbunclo azul es una total contradicción (las conclusiones de Asimov son discutidas por James O´Brien (en “La ciencia de Sherlock Holmes”) que considera a Holmes un adelantado de la ciencia forense al utilizar, por ejemplo, las huellas dactilares como prueba, antes que Scotland Yard).

«El retorno de Sherlock Holmes», publicado en 1905, contenía 13 relatos breves.

          Como dice Julian Symons, (a quien se deben algunas de las que anteceden) cada lector podría hacerse su propia lista de inverosimilitudes e incongruencias holmesianas. Todos hemos notado, por ejemplo, la fantástica velocidad con que los trenes de finales del siglo XIX llevaban a Holmes y a Watson a cualquier lugar de Inglaterra, en misión investigadora, y los devolvían a casa a tiempo para la cena.
          Pero hay un detalle casi oculto, en el que Holmes, o Conan Doyle, se adelantó a su tiempo, sin saberlo: en “La aventura del pie del diablo”, Holmes y Watson prueban una droga imaginaria y este último describe su efecto, un efecto absolutamente psicodélico, el efecto del LSD, que no fue descubierto hasta medio siglo después.

¿CUÁNDO SE VOLVIÓ «CIENTÍFICO» ESE OFICIO?
Hubo y hay un acuerdo general, pese a todo, en que Holmes representa el nacimiento del detectivismo “científico”, del que es heredera lejana, pero directa, toda una línea de series policíacas televisivas brillantemente encabezadas por “CSI Las Vegas”, que aún marca las pautas de esa corriente, arrastrando público años después de su finalización.

 

«El valle del terror», cuarta de las novelas protagonizadas por Holmes, se publicó en formato libro en Nueva York, en 1915

          El precedente directo de Holmes -y no sólo de Holmes- es, naturalmente, el detective amateur C. Auguste Dupin, creado por Edgar Allan Poe en 1841, cuya cientificidad es básicamente una actitud especialmente visible en “El misterio de Marie Rogêt”, cuando, por ejemplo, expone al lector el resumen de su conjetura fundamental acerca de los hechos basándola en consideraciones sobre la flotabilidad de los cuerpos ahogados, sobre el ciclo vital del moho, sobre cómo una muselina rasgada puede mostrar qué fuerzas actuaron sobre ella, y hasta sobre la psicología del asesino un minuto después de perpetrar su crimen; y, por supuesto, está su breve y lúcida digresión sobre descubrimientos fortuitos en la historia de la ciencia (lo que hoy se llama serendipity). Pero la marca indeleble de esa actitud estaba ya en «Los crímenes de la calle Morgue», en el término outré, que resume para Dupin la extrañeza máxima, y en la pregunta esclarecedora: «¿qué ha pasado aquí que no había pasado antes?»
          Y Poe, con toda probabilidad, basó la creación de su charmant detective francés, en un detective… francés: Vidocq, el creador de la Sûreté, la moderna policía francesa, que se había hecho célebre conservando las huellas en moldes de escayola, poniendo en marcha la rama de la balística, o las bases de datos sobre criminales, y que aún vivía cuando Poe concibió a Dupin.

¿DEMASIADO HOLMES PARA SER CONSERVADOR?
  El primer atractivo de un detective es su excentricidad. “Holmes aborrecía cualquier forma de sociedad con toda su alma bohemia”, en palabras de su autor. Holmes es visto, en general, como un conservador que se inyecta su desprecio por la norma social, por lo establecido (¿y eso es “conservador”?) en forma de cocaína, en solución al 7%. Holmes no respeta ni las convenciones de su propio oficio: por lo menos en tres casos (“La aventura de la granja Abbey”, “Charles Augustus Milverton” y “El carbunclo azul”) Holmes indulta unilateralmente al culpable o permite que se cometa una violencia -justificada, para él- en su presencia, sin intervenir. De los 60 casos relatados por Watson, solamente en 25 ocasiones entrega Holmes el culpable a la justicia. De los restantes 35, nueve veces escapa el criminal y, en otros quince casos, Holmes deja escapar al culpable por diversos motivos. Hay una extravagancia en la que coincide todo detective de ficción, y Holmes, el primero: el orden social, la justicia, sólo le interesan cuando concuerdan con su ética individual.
          La extravagancia de Holmes tiene que ver también con su enigmática vida sexual: en todos esos miles de páginas, sólo una mujer (Irene Adler, en “Escándalo en Bohemia”) parece haberle impresionado de un modo especial. El hecho de vivir con otro hombre, el dr. Watson, debía resultar altamente sospechoso para la moral social victoriana. Quizá Doyle terminó cayendo en la cuenta y por eso casó apresuradamente al dr. Watson y se lo llevó a vivir a un hogar conyugal bendecido por la norma social.

«Su última reverencia», publicado en 1917, incluía siete relatos cortos.

¿DESPRECIABA EN EL FONDO CONAN DOYLE A SHERLOCK HOLMES?
 Breve enumeración de indicios en ese sentido:
         En la segunda novela, “El signo de los cuatro”, como quedó dicho, el autor no recuerda dónde estaba la vieja herida de Watson, y se la traspasa del hombro a una pierna.
          Después de “matar” a Holmes, Doyle escribió a un amigo: “Me había hartado tanto de él que me inspiraba la misma sensación que el paté de foie-gras, del que en cierta ocasión comí en demasía y todavía hoy su nombre solo me inspira náuseas”.
          De hecho, Doyle sólo accedió a “resucitar” a Holmes en 1903, empujado por una oferta de 5.000 dólares de una editorial americana, y de 100 libras por cada mil palabras, de la revista británica “Strand”.
          El Holmes consumidor habital de cocaína quizá representa el desdén que Doyle sentía hacia la novela criminal, algo despreciable para él, frente a la novela histórica, que consideraba digna y respetable y de la que esperaba la auténtica fama.
       Una vez, al comenzar una conferencia sobre espiritismo, le preguntaron a Doyle por Holmes, y el escritor montó en cólera (su conversión al dogma espiritista, la bochornosa credulidad con que aceptó y defendió las más sospechables supercherías, la cantidad de tiempo y energía que dedicó a escribir también sobre el tema es un aspecto colateral que desbordaría las modestas intenciones de este artículo).

 

Primera edición (como todas las reproducidas aquí) de «El archivo de Sherlock Holmes», que recogía los últimos 12 relatos, en 1927.

 EL MITO VIVE
 El público de su época creía que Holmes era un personaje real hasta el punto de que una vez le preguntaron a Doyle con auténtica curiosidad por el grado que había alcanzado Holmes en el ejército británico, y, en otra ocasión, le ofrecieron empleo fijo para el detective.
          Cuando Sherlock Holmes apareció en escena, Baker Street, Londres, no llegaba ni a cien números, así que el 221B, el domicilio de Holmes y Watson, era deliberadamente ficticio. Pero ya no lo es: la presión turística sobre todo hizo que, con más o menos aproximación, se eligiera, años después, una ubicación -muy verosímil, la verdad- en esa calle, que hoy es lugar de peregrinación para gentes del mundo entero. El personaje y sus aventuras siguen siendo, cada pocos años, objeto de actualizaciones y versiones, en clave de comedia o de tragedia, en cine y en televisión, sin rehuir audaces traslados desde el rancio sepia y la luz de gas de aquel tiempo a las trepidantes y fulgurantes “tecnologías” de éste. Ensayos y libros de toda índole sobre el mito no han dejado de publicarse desde entonces hasta nuestros días.

El joven médico Arthur Conan Doyle, en la época en que creó a Sherlock Holmes y al dr. Watson y los puso a vivir en el 221B de Baker Street.
¿Por qué resistirse a la ilusión de que por esa puerta pudieron entrar y salír Holmes y Watson -y muchos de sus clientes- desde 1887? Sobre el oportuno museo, las ventanas de la casa que ambos «habitaron».

          En casi todos los países anglosajones y escandinavos hay, desde principios del siglo XX, Sociedades Sherlock Holmes (curiosamente, nunca hubo nada parecido en los países de corte comunista, quizá porque, desde el punto de vista del marxismo, el delito carece de brillo, siendo en el fondo una excrecencia patológica, una desviación particular y momentánea de la lucha de clases). Todavía existen periódicos, como el “The Sherlock Holmes Journal”, cenas, congresos, visitas organizadas a las cataratas de Reichenbach, donde se situó la ficticia muerte del detective; hasta diccionarios, como el «The Sherlock Holmes Companion«. Por alguna razón, el encanto del viejo detective de Baker Street está por encima de sus imperfecciones e incongruencias. O quizá, en parte, se deba a ellas. Holmes y Watson, los Quijote y Sancho de la cultura anglosajona, son ya, lo mismo que ellos, universales.

          El doctor Josep Bell, inspirador real del mito, murió el 4 de Octubre de 1911, a los 74 años. (DM)

Imagen carátula: En Septiembre de 1888, The Guardian ilustró así el descubrimiento de la primera de las víctimas de Jack el Destripador.

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