EL FASCINANTE CAMINO HACIA LA EVOLUCIÓN HUMANA

El pensamiento científico moderno ha conseguido explicar la aparición y desarrollo de todas las formas de vida sobre nuestro planeta, través de un proceso de transformaciones a lo largo del tiempo que conocemos como evolución biológica. La imagen que primero acude a la mente al hablar sobre la evolución, es esa típica ilustración en cuyos extremos se sitúan un simio y un hombre moderno, mientras contemplamos entre ambos una sucesión de formas supuestamente intermedias. En realidad, la evolución es un fenómeno notablemente más complicado en el que las modificaciones no suelen ser, ni con mucho, tan lineales como el dibujo antes comentado.

Rafael Andrés Alemañ Berenguer. Universidad de Alicante (España) ra.alemanberenguer@edu.gva.es
Por: Rafael Andrés Alemañ Berenguer. Universidad de Alicante (España)
ra.alemanberenguer@edu.gva.es

Una enorme variedad de subespecies y líneas colaterales configuran un árbol evolutivo con un espeso e intrincado ramaje más que como una espiga firme y erguida. Es decir, la evolución de las especies debe entenderse como un proceso sumamente ramificado en el que la Naturaleza ensaya un aluvión de formas posibles para dejar que sean luego las mejor adaptadas a su entorno las que prevalezcan en la lucha por la supervivencia.

El origen de la vida
Resulta muy difícil, sino imposible, situar con certeza la fecha de aparición del primer organismo vivo sobre nuestro planeta. Se estima que semejante acontecimiento debió ocurrir muy pronto tras la formación de nuestro planeta (cuya edad es de entre 4.500 y 5000 millones de años), unos 3.800 millones de años atrás. Los microfósiles precámbricos –organismos unicelulares del tipo de las algas marinas– tienen alrededor de 3.200 millones de años, y su desarrollo abrió camino a los organismos pluricelulares, surgidos hace unos 2.500 millones de años. La forma de vida más antigua conocida por el hombre es la representada por las algas verdiazules, que todavía persisten, lo que demuestra su gran poder de adaptación y confirma el medio ambiente marino como el más firme candidato para escenario del origen de la vida en la Tierra.
     Algunos de los procesos físicos y químicos que permitieron el surgimiento de los primeros seres vivos, hace varios miles de millones de años, pueden ser parcialmente reproducidos hoy en los laboratorios. De este modo, se comprueba que el medio líquido acuoso es el idóneo para sus pasos iniciales, lo que coincide con el papel primordial que conceden al agua las tradiciones y leyendas primitivas en su intento de explicar el origen de todas las cosas. La atmósfera sin oxígeno de la Tierra primitiva, se compondría de gran cantidad de ácido sulfhídrico y amoniaco. No existe aún la vida, pero la temperatura desciende la suficiente para que ese denso velo de gases contenga nubes de partículas líquidas que comienzan a caer en forma de lluvias torrenciales que pudieron durar unos 60.000 años.            
     Entonces, el planeta se convirtió en un enorme océano con una pequeña porción de tierra emergida que luego daría lugar a los continentes.
     En la primera parte de la Era Arqueozoica (periodo arcaico, de 3000 a 1.200 millones de años atrás) las aguas marinas se encuentran ya pobladas de microorganismos, los cuales devendrán en seres más complejos, como medusas y algas, en el Periodo Algonquino (de 1.200 a 600 millones de años). La evolución sigue su curso y la vida acuática –que ha alcanzado la complejidad propia de los peces- invade el medio terrestre a través de los anfibios (capaces de vivir dentro y fuera del agua) y después de los reptiles. Al mismo tiempo, los insectos conquistan el aire, mientras las especies vegetales se hacen más ricas y variadas gracias a las abundantes lluvias de la época.
     Los reptiles vivirán primero sólo en los márgenes costeros y más tarde avanzarán tierra adentro. Sus aletas se convertirán en miembros aptos para reptar, caminar y desplazarse de un sitio a otro en busca de alimentos. De este modo, robustecerán sus defensas contra el sol, evitando la deshidratación y aumentando el alcance de sus movimientos. Sus antiguas branquias –útiles en el ambiente submarino para la extracción del oxígeno disuelto en el agua- serán sustituidas por pulmones. Pero lo más importante es que su reproducción es ovípara, pues el embrión encuentra en el interior acuoso del huevo la humedad y el alimento necesario para su primer desarrollo.
     Entretanto, ha cambiado el paisaje. Nuevas plantas con otras flores y nuevos árboles con otros frutos sustituyen a los precedentes, mientras las épocas cálidas y las glaciales se van alternando a lo largo de millones de años. Durante la Era Mesozoica o Secundaria (de 250 a 70 millones de años) las formas de vida en la Tierra alcanzan tamaños gigantescos; es la época de los grandes saurios, e incluso algunos peces adquieren envergaduras fabulosas.
     En el mar, los saurios carnívoros más extendidos fueron los Ictiosaurios, entre los que destacaban el Stenopterygius y el Eurhinosaurus. La semejanza entre los ictiosaurios y los peces y delfines no se debe a ningún tipo de parentesco directo, sino a su similar adaptación a la vida acuática. Los Plesiosaurios fueron otros peligrosos dinosaurios marinos. Eran parecidos a enormes tortugas sin caparazón y con un largo cuello de serpiente, como el Cryptocleidus o el Elasmosaurus (este último llegó a a alcanzar 13 metros de longitud). Existió también otro ejemplar muy semejante a la tortuga, llamado Enodus. Otros depredadores marinos fueron el terrible Tylosaurus y el Cronosaurus. Entre los fitosaurios –o “cocodrilos marinos”- del Triásico (de 225 a 180 millones de años) y del Jurásico (de 180 a 135 millones de años) algunos se parecían mucho a los actuales cocodrilos de río, como el Rutiodon y el Stenosaurus.

 

Cabeza fosilizada de Ramphorynchus
Cabeza fosilizada de Ramphorynchus
Reconstruccion del esqueleto del Rutiodon
Reconstruccion del esqueleto del Rutiodon
Triceratops
Triceratops

En el aire, uno de los primeros reptiles voladores fue el Rhamphorynchus, Se alimentaba de peces e insectos, tenía fuertes mandíbulas dentadas y medía de metro a metro y medio de abertura alar. De parecido tamaño e idéntica alimentación existieron también el Dimofodón y el Pterodactylus. En cambio, el Pteranodon llegó a medir más de ocho metros; un auténtico gigante volador, desdentado, que atrapaba los peces con su enorme pico, como hacen las aves de hoy en día.
     En la tierra, el gigantismo de los saurios tomó proporciones insospechadas. Así, por ejemplo, entre los dinosaurios herbívoros el Braquiosaurio pesaba 50 toneladas con 24 metros de largo y 12 de alto; el Brontosaurio tenía 20 metros de largo, 4 de alto y desplazaba 40 toneladas; y el diplodocus, uno de los más conocidos, tenía una mole de 20 o 30 toneladas y 27 metros de la cabeza hasta la cola. Un ejemplar de este tamaño se encuentra en el Museo de Historia Natural de Londres. Sobresaliendo entre los dinosaurios carnívoros terrestres se encontraba el Tyranosaurus, el más voraz, cruel y el de mayor envergadura de todos los depredadores. Pesaba 8 toneladas y medía 16 metros de largo por 6 de alto. El Gorgosaurus se asemejaba en mole y dimensiones al ya citado tiranosaurio.
     Los ceratosáuridos, los dinosaurios cornudos, eran carnívoros y atacaban a los grandes herbívoros. El Triceratops era un enorme cuadrúpedo con una gran placa córnea al final de la cabeza, dos cuernos en su frente y uno en el hocico. De similares características, pero más parecido todavía al actual rinoceronte, fue el Styracosaurus, con una corona erizada de cuernos detrás de su cabeza y uno sólo de 60 cm. en la punta de la nariz. Algunos pacíficos dinosaurios herbívoros cubrieron su cuerpo de placas puntiagudas y de cuernos, lo que les daba un aspecto terrorífico. Sin embargo, no eran más que defensas contra los depredadores, que los convertían en auténticos blindados vivientes, como el Stegosaurus.
     A pesar de su gran tamaño, estos animales no poseían un cerebro mayor que una manzana, y cuando sus especies comenzaron a decaer aparecieron otros ejemplares de menor tamaño, aunque con ciertas peculiaridades, como el Anatosaurus, o dinosaurio de pico de pato. Los mamíferos de aquella época –no mayores que un ratón- fueron reemplazando a los saurios a medida que éstos fueron desapareciendo. Las causas de tal extinción son aún muy controvertidas, pero todo apunta a que la catastrófica colisión de un cometa o meteorito contra la Tierra precipitó su fin.
     Tras la desaparición de estos inmensos animales, las aves (algunas especies de saurios fueron los primeros vertebrados voladores y hoy se cree que las aves actuales descienden de ellas) y los mamíferos se adueñaron del mundo. En aquellos momentos, nadie hubiese podido adivinar que de aquellos insignificantes animalillos evolucionaría el ser humano, especie finalmente dominante sobre el planeta. No obstante, no fue tan sencillo encajar al hombre en el seno de la evolución como lo había sido para otros animales.

Eurhinosaurus
Eurhinosaurus
Pteranodon
Gorgosaurus
Gorgosaurus
Braquiosaurus, el mayor esqueleto del mundo, en el Museo de Historia Natural de Berlin
El mayor esqueleto del mundo, montado con partes procedentes de distintos ejemplares de Braquiosaurus, en el Museo de Historia Natural de Berlin

El primer golpe de consideración al secular antropocentrismo biológico lo propinó el naturalista sueco Linneo. Con gran audacia, Linneo recuperó las ideas de Aristóteles y Galeno que situaban al hombre en el seno del reino animal, eso sí, en una posición prominente. Mas el atrevimiento del científico sueco no paró ahí: en la décima edición de su célebre obra «Systema Naturae» no dudó en clasificar al Homo sapiens (es decir, a todos los humanos) junto a los demás animales con mamas y en el orden de los primates. En 1759 Linneo reconoció que las uñas planas del chimpance y la ausencia de membranas en los ojos eran peculiaridades comunes con el ser humano. Ello le indujo a suponer que el hombre (Homo sapiens) y el «simio humano» (Homo troglodytes) pertenecían a la misma especie, existiendo entre ellos la misma diferencia que entre un caballo y un asno. Embaucado por los relatos de sus contemporáneos marinos y exploradores, Linneo llegó a creer que en lejanos territorios de ultramar había orangutanes capaces de articular palabras (aunque disimulaban para no ser obligados a trabajar), de razonar y hasta de piedad religiosa. Creía también que los habitantes de la Tierra del Fuego y los hotentotes eran fruto de cruces entre simios y humanos.

El linaje humano
Durante los siguientes 30 millones de años, la evolución siguió su curso dotando a nuestros antepasados de adaptaciones cada vez más precisas. Se produjo un crecimiento notable del encéfalo, se amplió la aptitud característica de los primates para asir objetos con las manos, aumentó la calidad de su visión y, en fin, se desarrolló el hueso de la clavícula favoreciendo el alcance de los miembros superiores. Estos prosimios,(1) como son designados ahora, dieron lugar en el siguiente estadio de la evolución a los antropoides; los primeros de ellos, los más antiguos monos, aparecieron hace unos 40 millones de años. En aquel momento, las características geográficas y climáticas del planeta estaban cambiando decisivamente; la deriva continental alejó a Africa de Sudamérica, desplazando a aquella hacia el norte. Este hecho aparentemente de escasa entidad tuvo trascendentales consecuencias.
     Por una parte, ello imposibilitó la dispersión de los más evolucionados monos del Viejo Mundo (Africa y Eurasia) por tierras americanas. Los monos del Nuevo Mundo, exentos de las presiones selectivas sufridas por sus congéneres del otro lado del océano, detuvieron su línea evolutiva en ese punto al lograr una perfecta adaptación al ambiente. Por otro lado, la nueva ubicación más septentrional del continente africano provocó un ligero descenso de la temperatura, un clima algo más seco y un retroceso de los bosques selváticos.
     Esta conjunción de acontecimientos dio pie a que algunos de los monos más evolucionados se adentraran lentamente en las nacientes sabanas a fin de ocupara aquel nuevo nicho ecológico. La ventaja de quienes podían permanecer erguidos y divisar la llegada de posibles predadores pronto se hizo evidente. Así fue cómo aquellos valientes pioneros en un medio hostil alcanzaron el bipedismo, con la consecuencia de que liberaron definitivamente las manos para la fabricación de armas y herramientas. La nueva posición provocó además un desplazamiento progresivo del cráneo hacia adelante, lo que estimuló a su vez el crecimiento de la parte posterior del cerebro. A partir de este momento, comenzamos a tratar propiamente de los orígenes del hombre.
     En esta época las diferencias entre los distintos grupos de primates se hacen ya marcadamente acusadas. Del Parapithecus y del Propliopithecus, que poseían los cuatro incisivos típicos de los primates, se desgajan tres líneas evolutivas independientes. Una de ellas pasa sucesivamente por el Aelopithecus, el Limnopithecus y el Pliopithecus hasta desembocar en los actuales gibones. Otra rama deriva hacia el Oreopithecus -una línea homínida extinguida hace 12 millones de años-, y una tercera origina el Dryopithecus (procónsul) y el Aegyptopithecus. Estos dos últimos especímenes constituyen claros eslabones entre los póngidos y los homínidos.

Propliopithecus
Australopithecus afarensis
Australopithecus afarensis

La línea que se cree originaria del hombre se inició en el Dryopithecus («simio arborícola») hace unos 20 millones de años. De él, o de algún driopitecino emparentado con él, surgieron dos ramas evolutivas: una dio lugar a los póngidos (gorila, orangután, chimpancé) y al extinguido Gigantopithecus, simio de talla excepcional, algunos de cuyos fragmentos mandibulares con una antigüedad de entre dos y diez millones de años fueron encontrados en China. La otra línea originó al Ramapithecus hace unos 15 millones de años, iniciándose así el proceso de hominización. En este proceso se distinguen dos fases, la primera de las cuales está representada por el género Australopithecus y la segunda por el género Homo, al que pertenece el hombre.
     Mientras tanto, la evolución seguía su curso, lenta pero inexorablemente. Los Ramapithecus y Kenyapithecus cedieron su lugar al grupo de los homínidos, cuyos fósiles más antiguos (entre uno y cinco millones de años atrás) pertenecen al género Australopithecus (2). Posteriores hallazgos confirmaron que su capacidad craneal oscilaba entre 450 y 750 cm3, así como que su frente era huidiza. A partir de una pelvis descubierta más tarde, cabe inferir que estos seres eran ya bípedos, aunque su postura no fuese totalmente erecta. Otras características que distancian a los australopitecinos de los póngidos son un mayor desarrollo del hueso frontal, una configuración de la cara menos prognata (menos proyección del maxilar superior hacia adelante), un acortamiento de la mandíbula inferior y una disminución del tamaño de los caninos.
     Los australopitecinos utilizaban huesos, conchas y cantos rodados con un solo filo. Estos eran los llmados útiles de nódulo o de guijarro de la cultura olduvayense. Aunque desconocemos su dieta lo más seguro es que fuesen recolectores y omnívoros. Probablemente no conocían el fuego ni la técnica de la caza. Vivían en amplios espacios abiertos en condiciones climáticas semejantes a las de la sabana. Su distribución geográfica se limitaba prácticamente a África, aunque se han encontrado algunos restos en Israel y Java.
     El siguiente peldaño evolutivo lo ocupa el denominado Homo habilis, cuyos primeros restos fueron hallados en 1964 por Louis Leaky en Olduvai (Tanzania). Comoquiera que fuese, lo que no admite dudas es que al H. habilis siguió el Homo erectus. En 1891, Dubois descubrió en Java un cráneo de 950 cm3 y un fémur que evidenciaba la bipedestación, es decir, la postura erecta. Su antigüedad era de unos 500.000 años y Dubois lo bautizó como Pithecanthropus erectus. En 1921 en el poblado pekinés de Chu-ku-tien, se descubrieron indicios de una criatura semejante a la que se llamó Sinanthropus pekinensis (1100 cm3 de capacidad craneana). Otros hallazgos similares son la mandíbula encontrada en la región alemana de Heidelberg (Homo heidelbergensis), o las tres mandíbulas desenterradas en Argelia (Atlanthropus mauritanicus). Hoy en día todos estos ejemplares han quedado englobados bajo el nombre de Homo erectus.
     Hace unos 250.000 años, en el periodo interglaciar entre las glaciaciones de Mindel y Riss, tuvo lugar un acontecimiento sin precedentes que consistió en la aparición de la especie Homo sapiens. La característica fundamental de esta especie resulta ser una capacidad craneana de entre 1.200 y 1700 cm3. La especie H. sapiens comprende varias subespecies: los desaparecidos prewurmienses, cuyo más destacado representante es el H. sapiens steinheimensis; el H. sapiens neanderthalensis, hoy también extinguido; y el H. sapiens sapiens, que incluye a todas las razas actuales y algunas otras desaparecidas.

Sinanthropus pekinensis
Sinanthropus pekinensis

Los prewuremienses componen el conjunto de los escasos restos que hoy poseemos de los primeros H. sapiens. Aparecieron en el periodo interglacial Mindel-Riss y desaparecieron en la glaciación de Wurm (250.000-70.000 a.d.C.). El yacimiento más importante de sus vestigios es el de Steinheim, aunque existen otros en Swanscombe, Mountmaurin y Fontéchevade. En los periodos menso fríos eran recolectores, manejaban utensilios achelenses y durante las glaciaciones vivían de la caza guareciéndose en cavernas. Su capacidad craneana era de 1.200 a 1.400 cm3, con frente amplia y arcos superciliares algo marcados. Puesto que estos rasgos son intermedios entre los neanderthaloides y los hombres modernos, y teniendo en cuenta que su antigüedad es mayor que la de aquel, es lícito considerar a los prewurmienses como antepasados comunes de ambos. Se supone así que a partir de estos primeros H. sapiens surgieron dos líneas, una que dio lugar al H. sapiens neanderthalensis y otra al H. sapiens sapiens.
     El H. sapiens neanderthalensis u «hombre de Neandertahl» poseía unos 1.600 cm3 de capacidad craneana, un occipital muy saliente (dolicocéfalo), frente huidiza y pequeña, cierto prognatismo y unos arcos superciliares robustos que formaban a veces una especie de visera supraorbital. Ciertamente que su aspecto era más ceñudo y acahaparrado que el nuestro, pero esto nada tiene que ver con la imagen simiesca y brutal que se le atribuía. Apareció hace 70.000 años y se extinguió bruscamente hace unos 30.000, muy probablemente con motivo de la competencia a la que se vio sometido por el H. sapiens sapiens que llegó procedente de Asia.
Mientras pudo desenvolverse sin dificultades, el hombre de Neanderthal se extendió por todo el Viejo Mundo, originando una serie de tres tipos diferentes vinculados con los distintos climas que se dieron durante la glaciación de Wurm. El H. sapiens neanderthalensis «clásico» vivió en el sur de Europa y se caracterizó por una acentuación de los rasgos morfológicos antes comentados (corta estatura, robustez, marcado prognatismo mandibular). Eran cazadores cavernícolas, conocían el fuego, practicaban ritos funerarios y desarrollaron una importante industria lítica denominada musteriense.

Escultura en tamaño natural de una mujer Neanderthal, en el Museo Arqueológico Nacional, Madrid
Escultura en tamaño natural de una mujer Neanderthal, en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid)

El H. sapiens neanderthalensis «tropical» recibe este nombre por haberse desplazado hacia el sur huyendo de las zonas glaciares. Se asemejaba el H. erectus aunque poseía mayor capacidad craneana (1.300 cm3). Eran recolectores y habitaban tanto en selvas como en sabanas. Finalmente, el H. sapiens neanderthalensis «generalizado» abarca una serie de restos muy distintos entre sí hallados en Palestina. Algunos presentan rasgos intermedios entre el H. sapiens neanderthalensis clásico y el H. sapiens sapiens, lo que ha hecho pensar a diversos autores en la hibridación de ambas subespecies en esa zona.
     El Homo sapiens sapiens, por fin, apareció hace unos 35.000 años presentando los caracteres generales que a todos hoy nos son familiares: gran capacidad craneana, rostro ortognato (no prominente), frente vertical y una altura de 1`70 a 1`80 centímetros. Entre ellos también se distinguían dos grupos: las razas fósiles y las modernas. Las razas fósiles son aquellas que existían hace más de 20.000 años, cuyo más célebre exponente es el «hombre de Cro-magnon». Eran cazadores, poseían una industria lítica muy perfecta y trabajaban el hueso y el marfil. Las culturas solutrense, auriñaciense y magdaleniense se debieron a ellos, caracterizándose en particular por el tipo de piezas de sílex usadas para fabricar flechas, cuchillos o arpones. Fueron también los autores de las pinturas de Lascaux y Altamira. Su llegada desde Asia provocó con toda probabilidad la desaparición de los neanderthaloides como tales, ya fuese por extinción o por asimilación.
     Las razas modernas fueron las que alcanzaron preponderancia hace al menos 20.000 años, es decir, después del Wurm III. Cuando los hielos cubrieron el norte de Europa y Asia las zonas que permanecieron acogedoras, como Oriente Medio, propiciaron un desarrollo cultural que la dureza del clima obstaculizó en latitudes más inhóspitas. Al retirarse los hielos, estas poblaciones más avanzadas se diseminaron por los nuevos territorios abiertos a la colonización por el cambio climático. La subsiguiente adaptación a cada uno de los ambientes del Viejo Mundo dio lugar a las actuales razas negroide, caucasoide y mongoloide. Así pues, antes del Mesolítico se habrían dado los primeros cráneos braquicéfalos (no alargados) aparecidos a los de nuestros días.
     Las razas modernas eran más longevas, dominaban la cerámica y practicaban la agricultura (característica ésta del Neolítico). La raza blanca, que se expansionó por toda Europa y el norte de Africa, domesticó algunas especies animales (buey, perro, cerdo, oveja, cabra, etc.) al tiempo que plantaban cierto tipo de cultivos (trigo, vid, higuera, olivo). La raza negra se trasladó al África central mientras en Australia acantonaron los australoides. La raza mongoloide ocupó Asia y pasó a América a través de la región de la Beringia (hoy estrecho de Bering), estepas entonces fácilmente transitables.
     A partir de esta época, la prehistoria comienza a dar paso a la historia y la formación de las especies animales –incluida la humana- por evolución biológica culmina en las que actualmente existen, sean o no conocidas ya por nosotros. La investigación de todas estas especies desde los tiempos actuales, hubiera sido prácticamente imposible de no ser por la existencia de restos petrificados de los cadáveres de animales que vivieron y murieron en tiempos remotos. Tales restos, hoy conocidos por el nombre de “fósiles”, constituyen la base de las investigaciones del paleontólogo en su empeño por desentrañar los enigmas de los animales extinguidos.
En 1812 Cuvier publicaba la primera edición de su obra señera, «Investigaciones sobre las osamentas fósiles», en las cuales se restablecen los caracteres de varios animales cuyas especies han sido destruidas por las revoluciones del Globo. Este libro –junto al «Discurso sobre las revoluciones de la superficie del Globo», y los cambios que han producido en el reino animal- recogen los estudios de su autor sobre los huesos de los mamíferos, considerados por él como el mejor indicador de las modificaciones sufridas por la superficie terrestre. Ya que se trata de animales terrestres, razona Cuvier, la aparición de fósiles de mamíferos en un estrato indica que éste se hallaba fuera de las aguas, lo que permite inferir los desplazamientos de los mares.
     A fin de lograr su objetivo, Cuvier ha de construir por sí mismo la disciplina que hoy se conoce como anatomía comparada, de modo que pudiese deducir de forma aproximada la morfología de un animal a partir de un solo hueso fósil descubierto. Relacionando las especies fósiles con los estratos del terreno, el sabio francés deduce que la humanidad no había aparecido aún en la era de los peces y reptiles monstruosos. Sin embargo, y debido al peso de la historia bíblica, Cuvier se abstiene de dar el paso lógico siguiente que llevaría a concluir que la especie humana no fue creada en la misma época que los demás seres vivos.
     Hubo de esperarse a que la teoría de la evolución superase los prejuicios de sus detractores religiosos para lograr una adecuada perspectiva del problema. Desde ella se pudo establecer, por fin, que la humanidad es una especie de reciente aparición comparada con los animales, que la paciente investigación de los paleontólogos va rescatando de las tinieblas del olvido geológico. Así colaboró la biología evolutiva a disipar los últimos vestigios mitológicos sobre la posible coexistencia en este planeta de otros géneros humanoides distintas del Homo sapiens.

Nuevas líneas evolutivas humanas
A finales de octubre de 2003, los investigadores australianos Mike Morwood y Peter Brown daban a conocer con alborozo un nuevo descubrimiento que presuntamente revolucionaría el cuadro evolutivo hasta ahora aceptado para la especie humana. El hallazgo consistía en lo que aparentaba ser un nuevo subgrupo humano designado como Homo floriensis, o también «Hombre de Flores», en alusión a la isla indonesia donde fue encontrado (Isla de Flores). El espécimen era de tan corta estatura que pronto recibió el sobrenombre de «Hobbit humano»(3). La noticia causó sensación tanto en medios especializados como entre el público en general. Era la primera vez, desde el desenterramiento de los Neandertales, que nos topábamos con un pariente cercano –sino en el tiempo, sí genéticamente– de los humanos actuales. Los restos que la revista Science calificó como el descubrimiento del año, correspondían a un homínido cuya altura rondaba el metro, con un volumen craneal similar al de un chimpancé (aproximadamente 380 cm3). Se le presumía capaz de fabricar herramientas del tipo musteriense, al igual que sus primos neandertales y los sapiens hace más de 50.000 años. Morwood y Brown juzgaron probable que descendiese del Homo erectus (o de una especie anterior aún ignorada), y que hubiese evolucionado hacia su peculiar morfología debido al aislamiento geográfico, hasta extinguirse hace unos 18.000 años.
     Estos humanoides diminutos tenían la cabeza pequeña y sin barbilla, los brazos muy largos en relación al cuerpo, la pelvis en forma de campana y extremidades robustas, parecidas a las de los chimpancés. La rareza de esta nueva especie encaja bien con la extraña fauna cuyos restos fósiles encontramos asimismo en Flores, hogar de un amplio rango de arcaicas criaturas extintas en otros lugares, que a menudo alcanzaron formas diminutas o gigantescas. En ellas se incluían ratas del tamaño de perros, una forma enana del primitivo elefante Stegodon, además de enormes lagartos del tipo de los dragones de Komodo, e incluso otros de mayor tamaño. Este curioso ser existió en una época en la cual poblaciones residuales de Homo erectus pudieron haber habitado aún en las cercanías de Java, cuando la región entera fue colonizada por el Homo sapiens. Más cercanos que los Neanderthales en el tiempo, constituyen un enigma que quizás logre ser explicado a partir de las especiales características geográficas de la isla de Flores, donde las especies acaso evolucionaron las de forma distinta al resto del mundo a causa de su pronunciado aislamiento.

Cráneo de homo floresiensis
Cráneo de homo floresiensis
Estaturas promedio de homínidos de la Prehistoria
Estaturas promedio de homínidos de la Prehistoria

Hace unos meses, la paleoantropóloga Dean Falk y el radiólogo Charles Hildebolt, finalizaron su estudio del cráneo LB-1, siglas que responden al nombre de la cueva de Liang Bua, donde fue hallado el ejemplar fósil. Sus resultados modificaron al alza el volumen cerebral hasta los 417 cm3, dato compatible con los australopitecos gráciles –semejantes a la conocida Lucy– de hace 3 millones de años. No obstante, el aspecto más intrigante revelado por esta investigación no fue tanto el volumen craneal, como la estructura inferida del cerebro. La masa encefálica no fosiliza, pero deja unas marcas inequívocas en la pared interna del cráneo que permiten deducir muchas de sus características principales. El tamaño del cerebral del H. floriensis parecía propio de un australopiteco, a la vez que mostraba una configuración típicamente humana. El estudio de LB-1 constató que tenía muy desarrollados los lóbulos temporales, regiones que la humanidad actual se consideran responsables de la comprensión del lenguaje, y el lóbulo frontal, área asociada al control del razonamiento y la previsión de consecuencias futuras a partir de acciones previas. Estos datos abonaron la hipótesis de que Hombre de Flores gozase de facultades intelectuales suficientes para planear actividades futuras de cierta complejidad junto con sus resultados probables. De ser así, tampoco podríamos descartar que dominase alguna forma de lenguaje más o menos rudimentario.
     Por si todo ello fuese poco, en la revista Nature(4) apareció en abril de 2010 un artículo en el que se expone el hallazgo de lo que parece ser una nueva línea evolutiva humana. Junto con el hombre de Cro-Magnon (antecesor directo del humano moderno), el Neandertahl y el “Hombre de Flores”, el análisis de la secuencia del ADN mitocondrial procedente de un hueso desenterrado de la cueva Denisova en las montañas Altai –al sur de Siberia– parecen indicar la presencia allí de una cuarta especie dentro del género Homo (tal vez lo llamen el Homo denisovensis). Se trataría de un tipo de homínido previamente desconocido que hace aproximadamente 1 millón de años habría compartido un ancestro común con los humanos modernos y con los Neandertales, aunque la migración que los llevó fuera de África parece haber sido distinta de la que desplazó al antecesor de los Cro-Magnon y los Neandertal. La estratiografía de la cueva donde se hallaron los restos indican también que el “Hombre de Denisova” desarrolló su vida en un entorno geográfico y un periodo temporal muy cercanos a los de los Neandertales y los humanos modernos.
     Este fascinante resultado nos invita a extraer dos conclusiones. En primer lugar, el hombre de Denisova –junto con el ya conocido “Hombre de Flores”– revela que el árbol evolutivo de la humanidad es mucho más rico de cuanto suponíamos hasta ahora. Es muy probable que todavía haya líneas evolutivas en los homínidos que desconocemos por completo. En segundo lugar, pero no con menor importancia, este hallazgo demuestra que poblaciones de homínidos ancestrales −con una antigüedad aproximada de 1 millón de años− han podido sobrevivir hasta épocas muy recientes en términos evolutivos (unos 12.000 años para el Hombre de Flores y unos 40.000 para el de Denisova). Así por lo tanto, si hay algo de lo cual podemos estar seguros, es de que todavía nos queda mucho por aprender de nosotros mismos y del proceso que nos condujo a ser lo que ahora somos.

 

NOTAS:    
1. Algunos prosimios quedaron aislados cuando Madagascar se separó del continente africano y, carentes de la competencia de otros primates más avanzados, permanecen todavía hoy en aquella etapa evolutiva.

2. En 2022 se publicó una nueva datación de los fósiles de Australopithecus de las cuevas de Sterkfontein en Johannesburgo (Sudáfrica), que tendrían entre 3,4 y 3,6 millones de años de antigüedad.
3. Hobbit, recordémoslo, son los personajes de pequeña estatura que aparecen en la celebérrima obra de J.R.R. Tolkien, «El Señor de los Anillos». La palabra se forma como acrónimo entre Hole (“agujero”) y rabbit (“conejo”).
4. En http://www.nature.com/nature/journal/vaop/ncurrent/full/nature08976.html

   

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