El «tiempo»: ¿ciencia o filosofía? Bergson frente a a Einstein

En Octubre de 2020, se publicó “El físico y el filósofo: Einstein, Bergson y el debate que cambió nuestra comprensión del tiempo”, la traducción española de un libro escrito originalmente en inglés cinco años antes por la mejicana Jimena Canales, historiadora de la ciencia y profesora en la Universidad de Illinois. Como apunta el título de la obra, su autora nos sumerge en la confrontación entre las concepciones sobre el tiempo defendidas por el celebérrimo Albert Einstein (1879 – 1955) y el filósofo francés Henri Bergson (1859 – 1941), hoy no tan conocido como el genio alemán.

Por: Rafael Alemañ Berenguer (*)
Por Rafael Alemañ Berenguer (*)

Canales, licenciada en Física en México y doctora en Historia por Harvard, ya analizó en un primer libro (A tenth of a second, 2009) las transformaciones de la idea de tiempo en diversas disciplinas científicas y técnicas entre los siglos XIX y XX. Aunque cualquiera supondría que la pugna tuvo a Einstein como vencedor, este libro pretende arrojar una nueva luz sobre aquel episodio histórico, hoy casi olvidado. La cuestión que nos plantearemos en adelante es si la autora lo consigue, o al menos si lo consigue en el sentido que ella pretendía.
     Desde la aventajada atalaya que le proporcionan sus trabajos previos, la científica e historiadora mejicana traza un detallado cuadro del debate histórico que enfrentó a estos dos grandes personajes. Canales inicia el texto delimitando el terreno de la liza en toda su complejidad, resaltando que ambos personajes provenían de muy distintas tradiciones educativas, intelectuales y políticas.
     En el segundo tramo de la obra, se expone cuidadosamente el contexto científico, social, filosófico –e incluso religioso– del debate, para detallar a continuación los términos de la controversia, tal como se produjeron, en el encuentro que tuvo lugar entre Einstein y Bergson el 6 de abril de 1922 en la Société Française de Philosophie en París. La colisión entre ambos pensadores dividió en el mundo intelectual de la época entre partidarios y detractores de cada uno de ellos. La inmensa mayoría de los científicos y autores tan descollantes como el filósofo-matemático Bertrand Russel, se pusieron resueltamente al lado de Einstein. Otros científicos, como Poincaré, Lorentz o Michelson, y muchos otros filósofos, se sintieron más cerca de la postura de Bergson.

El significado del tiempo sigue desafiando a científicos y filósofos
El significado del tiempo sigue desafiando a científicos y filósofos

          La última parte del libro, la más peculiar y la que más revela la influencia del anterior libro de la autora, recoge los progresos técnicos que –directa o indirectamente– pudieron influenciar el debate. Relojes, telégrafos, radios, cinematógrafos y otros muchos artilugios coetáneos, contribuyeron sin duda a moldear al marco intelectual del momento histórico en el que chocarían las concepciones del tiempo de Einstein y Bergson.
          Escrito con soltura y agilidad, el libro de Canales exhibe una abundancia de materiales históricos que satisfarán con creces a los lectores interesados, siquiera tangencialmente, en este apasionante debate. Con todo y ello, tras la lectura atenta resulta difícil sustraerse a la impresión de que uno de los propósitos de la autora consistía en reivindicar la figura de Henri Bergson, presentado como la víctima dialéctica de un Einstein más joven e impulsivo, que también se nos presenta como un científico desdeñoso hacia el papel de la filosofía en el retablo del conocimiento humano.

La figura de Bergson
          Quizás para compensar la oceánica reputación de Einstein, Canales pone un denodado empeño en transmitirnos la excelente opinión que tenían de Bergson sus colegas, al que comparaban con Sócrates, Descartes o Kant. El filósofo y pedagogo estadounidense John Dewey (1859 – 1952) comentó que “Ningún problema volverá a exhibir sencillamente la misma cara y aspecto que presentaba antes del profesor Bergson”. El también estadounidense William James (1842 – 1910), filósofo y psicólogo, dedicó a los estudios del intelectual francés frases tan encendidas como “Un verdadero milagro”, “El comienzo de una nueva era” o “Un a modo de Revolución Copernicana”.

Henri Bergson
Henri Bergson

          Bergson siempre primó la acción sobre la reflexión, ya que para él la acción manifestaba la vida y a su vez la vida era la categoría fundamental en la existencia del cosmos. Por eso no extraña que recibiese elogios de John Dewey, defensor de la concepción pragmática de la verdad, según la cual es verdadero aquello que se muestra útil para nuestros fines. Y nuestros fines siempre se consiguen, obviamente, a través de la acción. Bergson también puso un gran empeño en reconstruir el conocimiento humano acercándolo a los datos de los sentidos, pues recelaba del abstracto simbolismo científico que, a su parecer, nos aleja irremediablemente del verdadero ser de las cosas. De ahí las alabanzas que recibió de William James, uno de los primeros investigadores en psicología fisiológica y, por tanto, muy interesado en la conexión entre los datos sensoriales y el conocimiento que de ellos obtenemos.
          Tal vez carece de sentido enredarse en la determinación de quién fue el mejor filósofo de un determinado periodo, pues cualquier criterio de elección siempre acaba reflejando las opiniones personales de quien lo aplica. No cabe duda de que Bergson gozó de gran reconocimiento entre sus coetáneos, acaso más como escritor –ganó en 1927 el Nobel de Literatura– que como filósofo. La reluciente prosa del francés sedujo al público tanto como a sus colegas, con textos plenos de elegantes metáforas y viva expresividad (lo que no disminuía la dificultad de algunos de sus razonamientos filosóficos).
          Sin embargo, atendiendo a su compromiso con la racionalidad científica –en agudo contraste, como veremos, con la obra bergsoniana– podría argüirse que el inglés Bertrand Russell (1872 – 1970) y el argentino Mario Bunge (1919 – 2020), demostraron ser los más relevantes filósofos de la primera y de la segunda mitad del siglo XX, respectivamente. Estos dos autores fueron claros, sistemáticos y siempre trataron de armonizar sus argumentos con el mejor conocimiento científico disponible, sin el cual opinaban que la tarea del filósofo se sumiría en un abismo de absurdos.
          Henri Bergson, por el contrario, sostenía una opinión muy distinta. A su juicio, el pensamiento científico tan solo proporciona un conocimiento analítico, concerniente a lo que él denominó “inteligencia pragmática”, es decir, la capacidad de resolver los problemas prácticos con que nos reta la vida diaria. Pero eso no nos aproxima al conocimiento absoluto, que para Bergson debería constituir la meta de la más elevada empresa filosófica. Con el fin de alcanzar ese objetivo absoluto, el pensador francés propone su método de la intuición, una suerte de “simpatía” mediante la cual nos trasladamos al interior de las cosas para captar aquello que las hace únicas y por tanto resulta inexpresable.
          Que no hubiese posibilidad de expresar esas intuiciones tampoco preocupaba a Bergson, quien no estaba interesado en los patrones de precisión y claridad exigibles en la ciencia, pues opinaba que el conocimiento filosófico, o –mejor dicho– su método de la intuición, superaba con creces cualquier otra forma de conocimiento, incluyendo el científico, por supuesto. Esta convicción le llevó a sostener también que el universo material era esencialmente incomprensible si no partimos de la vida y la conciencia como elementos básicos de su explicación.
          No en vano el libro con el que Bergson alcanzó la fama en 1907, “La Evolución Creadora”, proclama la existencia de un impulso interno en la materia inanimada (élan vital) que la arrastra a cotas mayores de complejidad hasta el surgimiento de la vida y la consciencia. Además, la vida consciente solo llega a realizarse plenamente cuando goza de libre albedrio, lo cual exige la existencia de un flujo del tiempo “real”, muy distinto del tiempo de los psicólogos o de los físicos. Esta clase de afirmaciones desembocarían en su enfrentamiento directo con los físicos relativistas en general y con Einstein en particular.

Tiempo y Relatividad
          Bergson nunca objetó la relatividad einsteiniana como teoría física, pero sí la reconvino filosóficamente por faltas que él consideraba inadmisibles. El papel central que en su doctrina adquiría y el flujo del tiempo −la duración− le obligó a rechazar la relatividad de esta variable establecida por la nueva Física. De ahí surgió su distinción entre el tiempo real (el “Tiempo”, para Bergson) y el tiempo imaginario (simplemente “tiempo”). El primero sería el tiempo verdadero que percibe nuestra conciencia, que por su propia naturaleza es absoluto y no obedece los mandatos relativistas. El otro concepto de tiempo resultaría una abstracción útil para los científicos, aunque incapaz de captar la infinita riqueza de matices experimentada por la conciencia humana en su vivencia de la duración.
          El tiempo propio de la Relatividad Especial se identificó en ocasiones con el tiempo real bergsoniano, relegando el tiempo coordenado al papel secundario que el filósofo francés adjudicó a su tiempo imaginario. Sin embargo, una somera familiaridad con la teoría de Einstein sirve para advertir el error: el tiempo propio y el tiempo coordenado son ambos magnitudes físicas de pleno derecho que tan solo se diferencian por sus propiedades de invariancia frente a las transformaciones de Lorentz. Canales explica en su libro que, Bergson examinó las ecuaciones de Einstein de la Relatividad Especial −no tanto la Relatividad General− y las aceptó, aunque manteniendo su distinción entre tiempo real y tiempo imaginario.
          Sorprendentemente, en su obra “Duración y simultaneidad”, publicada tras el debate de París, el filósofo francés sostuvo que la noción de simultaneidad había sido malinterpretada por los físicos relativistas. Para Einstein, la simultaneidad se establecía objetivamente sincronizando dos relojes mediante –por ejemplo– su conocido método de los rayos de luz. Cualquier otro planteamiento resultaba subjetivo y ajeno a la Física, como ilusorio era también el propio flujo del tiempo. Esta afirmación constituía un auténtico anatema para Bergson, a cuyo juicio el tiempo físico no podía agotar la insondable profundidad del concepto. Era comprensible, pues, que pidiese paso libre para una metafísica –la suya– dispuesta a abarcar el problema del tiempo en toda su complejidad.

Representación gráfica mediante líneas espacio-temporales de la paradoja de los gemelos, según la cual envejece menos el viajero cuando vuelven a reunirse
Representación gráfica mediante líneas espacio-temporales de la paradoja de los gemelos, según la cual envejece menos el viajero cuando vuelven a reunirse

          Bergson, que no carecía de cultura suficiente para tomar contacto por sí mismo con la Relatividad Especial, conoció personalmente a físicos como Hendrik Lorentz y Albert Michelson. En el curso de las conversaciones que mantuvo con ello se reveló uno de los puntos que minaron su comprensión de la teoría de Einstein, sin que el libro de Canales lo mencione. Bergson y otros científicos de la época –Poincaré, por ejemplo– interpretaron la teoría relativista como una mera extensión de la mecánica de Newton para el caso de altas energías, cuando en realidad de estaban enfrentando una radical recomposición de nuestra imagen del universo.
          No entendieron que la Relatividad Especial configuraba un marco espacio-temporal básico e ineludible, una suerte de requisito previo al que todas las demás teorías físicas debían amoldarse si querían conservar su validez. Si Bergson hubiese conocido y comprendido los diagramas espacio-temporales de Minkowski, quizás hubiese aceptado la raíz de su error de interpretación, o tal vez no, ya que para muchas personas los prejuicios intelectuales poseen una fortaleza mayor que cualquier demostración lógica.
          De sus escritos parece desprenderse que Bergson tomaba la dilatación relativista como algo análogo a un espejismo, un mero efecto de la distorsión de nuestras medidas y percepciones causado por el movimiento a velocidades cercanas a la de la luz. Al igual que la teoría óptica explica satisfactoriamente los espejismos sin equipararlos con los objetos originales, así también la Relatividad Especial debería dar cuenta de las dilataciones del tiempo sin considerarlas en pie de igualdad con el tiempo que él denominaba “real”. Hoy sabemos muy bien que el tiempo físico se somete a los requisitos de Einstein mientras que el tiempo bergsoniano no pasa de ser una pura ensoñación sin correlato real alguno, pero ello no ha impedido que algunos físicos tratasen de encajan el espacio-tiempo relativistas en la estrecha horma filosófica de Bergson.
          Con ese objetivo, primero deben desacreditar la concepción relativista del “universo-bloque” (block-universe), que sostiene la coexistencia de todos los acontecimientos –pasados, presentes y futuros, dependiendo del sistema de referencia– en un continuo espacio-temporal monolítico. Todos los eventos del cosmos se hallarían desplegados en esa estructura espacio-temporal única, y sería la perspectiva de cada marco referencial la que permitiría etiquetarlos como pasados, presentes o futuros, Resulta obvio que, desde este punto de vista el flujo del tiempo, es una mera ilusión psicológica, como dijo Einstein con motivo del fallecimiento en 1955 de su amigo Michelle Besso.

El universo bloque puede imaginarse escindido en hojas sucesivas que se corresponderían con nuestra percepción de momentos sucesivos
El universo bloque puede imaginarse escindido en hojas sucesivas que se corresponderían con nuestra percepción de momentos sucesivos

          Pese a la polémica que todavía sigue alentando, esta es la única interpretación geométrica coherente que da significado físico a las transformaciones de coordenadas relativistas (transformaciones de Lorentz), si aceptamos que el espacio-tiempo es un continuo en el sentido matemático del término. El truco de los bergsonianos consiste en apelar a un supuesto “universo-bloque-creciente” (growing-block-universe), en el que el futuro iría gestándose a medida que el propio espacio-tiempo crece en la dirección futura del eje del tiempo. La trampa se oculta en el hecho de que, admitiéndolo así, las transformaciones de Lorentz no conservarían su validez en referenciales arbitrariamente alejados. Además, no tendría sentido definir la velocidad a la que crece la urdimbre espacio-temporal si no existe una quinta dimensión de tipo tiempo, externa a las cuatro que configuran el espacio-tiempo. Pero en ese caso nada nos impediría construir una geometría 5-dimensional que incluyese este tiempo supernumerario en un nuevo universo bloque pentadimensional. Y regresaríamos a la misma situación del principio.

¿Física o filosofía?
          Uno de los aspectos más interesantes del debate entre Einstein y Bergson –en el que Canales quizás no profundiza como debiera– concierne a la visión que cada uno de ellos tenía sobre el vínculo general entre la ciencia y la filosofía, particularmente en relación con el concepto de tiempo. Bergson siempre se atrincheró en la acusación de que la teoría relativista de Einstein trataba de convertirse en una metafísica invadiendo un terreno que no le era propio, si bien es cierto que en otras ocasiones la reprobó por −en su opinión– disfrazar suposiciones epistemológicas como enunciados físicos. Tanta resonancia alcanzaron sus críticas que aparecieron entre los argumentos esgrimidos por el Comité Nobel para conceder a Einstein el galardón de Física, no por sus teorías relativistas, sino por la explicación del efecto fotoeléctrico en 1921.
          El prestigioso químico sueco Svante Arrhenius (1859 – 1927), portavoz del Comité Nobel, declaró al respecto: «La mayor parte de la discusión [del trabajo de Einstein] se centra en su Teoría de la Relatividad. Esto pertenece a la epistemología y, por lo tanto, ha sido objeto de un animado debate en los círculos filosóficos. No será ningún secreto que el famoso filósofo Bergson en París ha desafiado esta teoría, mientras que otros filósofos la han aclamado de todo corazón». Nadie parecía advertir que una cosa es el contenido de una teoría científica, y otra muy distinta las discusiones sobre sus fundamentos, alcance y limites.
         
Bergson siempre repitió que aceptaba de buen grado la física relativista pero se oponía a su metafísica subyacente. La réplica de Einstein acaso resultó demasiado punzante: «El tiempo de los filósofos no existe; sólo queda un tiempo psicológico que difiere del físico». No sorprende que, ante este comentario, Bergson se sintiese molesto, convencido de que se le estaba negando el derecho a filosofar sobre un asunto que él consideraba de su legítima competencia. Ante la tesis que identificaba sin más el tiempo con las medidas de los relojes, el filósofo francés puntualizaba que necesitamos los relojes para distinguir unos acontecimientos de otros. Despojados de ese objetivo, serían tan solo –decía– «simpáticas piezas de maquinaria».
          No le faltaba razón a Bergson cuando censuraba una cierta manera de entender la ciencia física, muy de moda en aquellos años, que aún hoy deja su lamentable estela especialmente entre los expertos cuánticos. Durante las décadas que mediaron entre ambas guerras mundiales, se consolidó en Europa central una filosofía de la ciencia asociada con el nombre de la capital austriaca, donde se reunían sus más conspicuos promotores. El “Círculo de Viena” –como se denominó a este grupo de filósofos y científicos– defendía una versión extrema del empirismo tradicional, en la que todo conocimiento debía provenir del análisis lógico de los datos sensoriales (positivismo lógico o neopositivismo).
          En su formulación más radical, esta doctrina ponía el énfasis en las operaciones de medición –generalmente realizadas en un laboratorio– de las magnitudes cuantitativas con las que trabaja la física (operacionalismo). Sin duda, un operacionalista solo otorgaría significado al concepto de tiempo definiéndolo como aquello que miden los relojes. La cuestión que nunca respondieron los operacionalistas es cómo se puede diseñar un procedimiento de medida sin tener alguna noción previa de lo que se desea a medir. Bergson advirtió esta falacia y tuvo el buen tino de oponerse a ella, aunque desgraciadamente la alternativa que él ofrecía –la “intuición metafísica”– no mejoraba la situación. Hoy día podemos recurrir a una teoría relacional en la que el espacio aflore a partir de la estructura de relaciones entre todo el contenido material del universo, mientras el tiempo deriva de los cambios de estado en dichos sistemas materiales. El origen relacional del espacio y el tiempo no es nuevo –ya lo propuso Leibniz frente al absolutismo de Newton– pero no era admisible para los intuicionistas.

Albert Einstein
Albert Einstein

          Bergson acertó al condenar el positivismo como metafísica oficiosa de la teoría relativista, pero erró completamente al considerarla la única metafísica posible para la Física, con excepción de la suya propia (tan desencaminada como la positivista). Lo cierto es que la Relatividad Especial es una teoría plenamente física, en el mismo grado que la mecánica newtoniana o la termodinámica, por ejemplo. Sus referentes son objetos materiales y campos de fuerzas, no los observadores y sus mediciones, que sólo devienen relevantes para cualquier teoría física en la etapa de contrastación.
          Es verdad que en numerosas presentaciones divulgativas de las teorías de Einstein aparecen abundantes apelaciones a los observadores en un cierto referencial, con sus reglas y relojes listos para efectuar medidas. Sin embargo, no se trata más que de una licencia expresiva con fines pedagógicos. Hablando de “observadores” nos sentiremos emocionalmente más cercanos al núcleo teórico de la Relatividad y nos resultará más fácil comprenderlo. En un nivel más profundo, de inmediato se evidencia que la teoría relativista concierne exclusivamente a propiedades objetivas del mundo físico, con la salvedad de que ahora sabemos que tales propiedades (distancias, duraciones, energías), dependen –se midan o no– del sistema de referencia adoptado para describir el mundo.

Contentar a todos
          Estos son, brevemente expuestos, los aspectos que la obra de la profesora Canales deja de lado, silenciando con ello un punto de vista capital para entender la filosofía bergsoniana y sus fricciones con la obra de Einstein. Más allá del hecho en sí, estas omisiones revelan un defecto intelectual, muy extendido en nuestra época, que perfunde no pocos ensayos sobre grandes debates históricos. Ese defecto consiste en el constante esfuerzo por quedar bien con todos, realzando los méritos de todos los contendientes, sin otorgar la victoria definitiva a alguno de ellos. Ese deseo de contentar a todos los bandos en liza en todo momento, que podríamos denominar con omni-contentismo, con seguridad se halla animado de muy buenas intenciones pero cabe dudar que consiga los fines que persigue.
         
Tan perjudicial para el espíritu humano es el fanatismo como la tibieza que acaba convirtiéndose en ceguera ante los errores de nuestros semejantes o de nosotros mismos. A despecho del omni-contentismo, hoy rampante en muchos círculos intelectuales, no todos estamos siempre de algún modo en lo cierto, ni toda controversia queda siempre en tablas. Parece que nos da miedo reconocer –o que nos recuerden– nuestra falibilidad, acaso por temor a ofender la extremada sensibilidad de un público adiestrado en la intolerancia a cualquier clase de frustración. No se mancilla la memoria de un autor difunto por examinar críticamente sus equivocaciones, como tampoco se idolatra a quien triunfa en sus investigaciones y desvela un territorio del universo antes desconocido.

Jimena Canales
Jimena Canales
Bergson-Einstein, según Jimena Canales

          Es en la trampa del omni-contentismo donde Canales parece haber caído, −quizás sin percatarse− a juzgar por sus continuos intentos a lo largo del texto de establecer un parangón, enteramente innecesario, entre las estaturas intelectuales de Einstein y Bergson. No en vano la autora muestra sus simpatías por el humanismo bergsoniano frente a la frialdad de los símbolos con los que la ciencia trata de capturar la realidad, pero no hay tal. Las criticas de Bergson contra la Relatividad carecían de toda solidez y manifestaban, o bien su incomprensión de la teoría, o bien su empeño en aferrarse a unos prejuicios surgidos al abrigo de una visión del cosmos condenada a desaparecer.
     Por otra parte, la intuición metafísica propugnada por el filósofo francés, no tiene cabida en un mundo construido sobre la lógica sistemática y la crítica bien argumentada. Depositar nuestras esperanzas en facultades suprarracionales y extraempíricas, como la intuición bergsoniana (o los intuicionismos de Wilhelm Dilthey y de Edmund Husserl) convertiría la búsqueda del conocimiento en un privilegio místico más parecido a la revelación de un iluminado que la ardua labor de los científicos y filósofos racionalistas. El intuicionismo, en cualquiera de sus modalidades, alienta el irracionalismo y las actitudes anti-intelectuales que poco bien pueden hacer a cualquier forma elevada de cultura.
     La profesora Canales se esmera en limar las aristas del conflicto Einstein-Bergson, diluyendo los términos en liza. Con esa pretensión, nos sugiere que la inexistencia de la “ciencia”, como cuerpo unificado de conocimientos, al igual que la filosofía reúne múltiples sistemas de ideas incompatibles entre sí. Esta táctica de difuminar los ejes del debate no suele dar buenos frutos, y, efectivamente, tampoco los da en el caso de la autora mejicana. Tanto porfía esta en encontrar híbridos amables que disuelvan los conflictos que llega a abogar por un mestizaje entre ciencias y humanidades al que denomina “ciencihumanidades” (scihumanities). Poca sustancia, en suma, por debajo de las buenas palabras.
     Precisamente en este debate entre Einstein y Bergson, sitúa Canales el origen de la división entre la cultura de vertiente humanística y la de cariz científico, orillando el hecho de que su origen es muy anterior (más cercano al siglo XIX, cuando nació la palabra “científico”) y se acentuó durante la segunda mitad del siglo XX debido a los planes de estudios en boga durante la Guerra Fría. En todo caso, la profesora mejicana se declara partidaria de un abrazo entre las corrientes científica y filosófica que resulte fecundo para ambas.
     Resulta muy aleccionador comparar los diversos modos en que se han contemplado las relaciones entre la ciencia y la filosofía para advertir uno de los fallos del planteamiento que preside el libro de Canales. Los neopositivistas creían que la ciencia debía gozar de la servidumbre de la filosofía, a la que consideraban un saber subsidiario en el mejor de los casos, o un galimatías absurdo en el peor. Para Bergson la intuición filosófica nos brindaba una vía de acceso al conocimiento superior a la indagación científica, lo que justificaba que ambas disciplinas formasen una suerte de compartimentos estancos. Esa compartimentación parece darse por descontada en la mente de Canales, quien aconseja una mayor conexión y colaboración entre ambas disciplinas.
     Sin embargo, el hecho es que la ciencia y la filosofía se solapan inevitablemente en numerosos aspectos, tanto por las cuestiones que abordan como por el armazón de ideas metafísicas que cualquier teoría científica necesita para construirse adecuadamente. Cualquier investigación científica seria parte del supuesto previo −no demostrable− de la existencia de una realidad externa a la mente del investigador (ontología realista), susceptible de ser explorada sin intervenciones sobrenaturales (gnoseología naturalista) y comprendida mediante una pertinente combinación de datos empíricos con especulación teórica lógicamente fundada (racionalismo empirista). Estas son las precondiciones básicas de todo escrutinio científico del mundo real, y todas ellas son de carácter radicalmente filosófico, aunque muchos científicos parezcan olvidarlo.
     Además de ello todas las teorías científicas se sustentan sobre un sustrato metacientífico formado por un conjunto de ideas hipergenerales que, por su propia naturaleza, de ninguna ciencia particular son patrimonio exclusivo. Estamos hablando del ineludible trasfondo metafísico de la ciencia. Algunos de estos conceptos son: “sistema”, “individuo”, “relación”, “azar”, “probabilidad”, “simetría”, “evolución temporal” “propiedad (de un individuo o de un sistema)”, “pertenencia (a un conjunto o a un sistema)”, “significado y verdad”, etc.
     Por otro lado, los filósofos más conscientes saben muy bien que sin el aliento de los conocimientos ofrecidos por la ciencia, ninguna reflexión filosófica tiene la menor esperanza de sobrevivir más allá de las ensoñaciones de su propio autor. Hoy no cabe filosofar sobre la mente –por ejemplo– sin el menor conocimiento de los avances de las neurociencias en los últimos años. Ni se puede discutir sobre el tiempo y el espacio sin saber el máximo posible de lo mucho que la física tiene que decirnos al respecto. En suma, no se pueden concebir propiamente la ciencia y la filosofía como dos islotes entre los que sería deseable tender puentes. Más bien deberíamos imaginarlas como dos vigas entrecruzadas que soportan el mismo edificio de conocimientos; si alguna de las dos falla la construcción toda se viene abajo.
     Hay todavía una perspectiva que acaso pase desapercibida al lector del libro de Canales, embebido como pueda estarlo en el choque intelectual que en él se describe. Ese punto ciego que pudiese quedar en la historia concierne al valor de la figura de Bergson con independencia de sus malhadadas críticas a la Teoría de la Relatividad. Porque el filósofo francés, por ejemplo, fue uno de los pocos que se ocupo de reflexionar sobre el papel de la risa en la idiosincrasia humana. Escribió con envidiable nitidez sobre el origen de la moral y la religión, e incluso presidió la Comisión Internacional para la Cooperación Intelectual, organismo nacido en la Liga de Naciones, antecesora en el periodo de entreguerras de la actual ONU.
         
Pero, sobre todo, debemos retener la grandeza humana de Henri Bergson, un judío que declinó convertirse al cristianismo por solidaridad con sus correligionarios perseguidos por los nazis. Tras la ocupación alemana de Francia, en 1940, se ordenó inscribirse en un registro especial a todos los judíos residentes en el país, aunque Bergson quedó exento de tan humillante obligación a causa de su avanzada edad, su mal estado de salud y su reputación internacional. Pese a ello, Bergson se presentó en la fila de quienes aguardaban para inscribirse diciendo: «Quiero estar hoy con los que van a sufrir mañana». Difícil será encontrar palabras que resuman más cabalmente la nobleza esencial de un ser humano.


(*)Rafael Andrés Alemañ Berenguer es químico, físico e investigador colaborador de la Universidad de Alicante. Es autor de libros como “La Naturaleza imaginada: ¿es matemático el mundo?”,“Evolución o diseño”, “El paradigma Einstein”, etc.

 

 

 

 

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