(Por D.M.)
Me cuentan que la mayor parte de los ERTEs los han tramitado las gestorías mientras miles de funcionarios permanecen en casa todos estos meses, “teletrabajando”. Sin que me lo cuenten, sé que lo es intentar una gestión “telemática” con el INSS, con la Consejería de Educación o con el Servicio -nacional o autonómico- de Empleo, y encontrarse con que nadie coge el teléfono, con que “el teléfono marcado no existe”, con que –ya ante el ordenador– la gestión que te urge agota su plazo en quince días y no obtendrás una cita —si es que la obtienes— antes de treinta; o con que no hay fechas disponibles hasta no se sabe («inténtelo más adelante») o con que, si es que has conseguido la cita, te recibe un guardia jurado en la puerta para decirte que él no puede hacer más, que de allí no se pasa y que pidas otra cita.


          Y sé lo que es recurrir a un amigo que trabaja en algo de todo eso, poniéndolo quizá en un compromiso, para que te eche una mano.
 

       Estamos en medio de una enorme emergencia, nos recuerdan desde todas partes. Implícitamente, se nos exige patriotismo a todos. Muy bien. Pero entonces, cuando más necesitamos al funcionariado…, los mandan a casa.

          ¿Qué sentido tiene un número enorme de funcionarios preservándose —“teletrabajando”— en sus casas, por mandato del Gobierno (me consta que muchos sintiéndose incómodos) mientras otro enorme número de médicos, enfermeras/os, maestros, profesores, etc, también funcionarios, están obligados, por mandato del mismo Gobierno, a arriesgar las suyas todos los días, en el lugar de trabajo?
      

          La coartada de que había que preservar a los funcionarios/as porque su trato con la gente los pone en riesgo de contagio del Covid19 no se sostiene por poco que se piense en tenderos, jornaleros, albañiles, hosteleros, fontaneros, electricistas, peluqueros/as, talabarteros, soldados, policías, guardias civiles, empleados de gestorías y… mucha más gente, que, sin embargo, y sin ser objeto de preocupación «tan» especial, llevan todos estos meses -y los que les quedan- a pie de obra tratando con gente. ¿Quién, que esté cumpliendo con su deber, puede sentirse a salvo del contagio?
          

          Esta tragicómica asimetría probablemente encuentra su sentido en complicados argumentos politológicos dignos de ser escuchados; o en otros más sencillos como, por ejemplo, el muy ruin y muy español principio democrático de asegurarse un fijo, una masa votante agradecida -y superviviente- para cuando llegue el momento de “el muerto, al hoyo….»

          Y mientras, en casa cuando más los necesitamos.

         

(Extraído de El Cosmos es un lugar muy cercano)

         

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies