Cerca de cumplirse cien años de la publicación de «El misterio de las catedrales», del enigmático Fulcanelli, Pablo Alonso Bermejo y Dolores Gallardo han hecho en su libro «Última estación Hendaya» un recorrido paralelo que, uniendo nombres, símbolos y conceptos de la tradición hermetista, les ha llevado a establecer una curiosa e inédita relación entre la catedral de Murcia y la cruz de Hendaya. (Fotos cortesía de Letrame Editorial)
Adelantos —¿Por qué Fulcanelli y su obra han suscitado tanta atención desde que se publicó “El misterio de las catedrales”?
Pablo Alonso/Dolores Gallardo –El fenómeno de las obras hermetistas, pseudofilosóficas y pseudoespirituales, cuya autoría queda oculta tras un seudónimo es antiquísimo y fecundo, y nutre, de manera decisiva en particular, el universo de la literatura hermetista, literatura que debemos distinguir siempre del Corpus Hermeticum, tradicionalmente atribuído a Hermes, y que probablemente fue escrito en griego hacia el siglo II a.C.
La peculiaridad de este fenómeno en los últimos decenios del siglo XIX y primeros del XX estriba en la interconexión existente entre las burguesías de Europa, USA o Sudamérica, y la enorme influencia de la prensa escrita, que aportaba como factor decisivo la inmediatez. Dicha burguesía era curiosa, viajera y ávida lectora, amante de lo novedoso que llegaba en forma de nuevas especies de animales y plantas descubiertas en los confines del globo, o de nuevos astros descubiertos en el cielo, debido al progreso producido en el campo de la óptica.
Dicha burguesía se verá influenciada por el creciente peso de la Masonería, el Espiritismo, o diversas corrientes de pensamiento que llegaban de la nueva potencia emergente, los Estados Unidos de América, como es el caso del Nuevo Pensamiento.
El Nuevo Pensamiento surge en USA en la mitad del siglo XIX, promoviendo el mentalismo, y afirmando sustentarse en el Cristianismo, la filosofía griega, y la sabiduría ancestral de Egipto.
Entre las obras de mayor éxito publicadas desde esta corriente de pensamiento destacamos El Kybalión, bajo el sudónimo de ”Tres Iniciados”, que hoy es atribuído a Willian Walker Atkinson (1862-1932), quien también había utilizado los seudónimos Yogui Ramacharaka, y Magus Incognito.
Como botón de muestra, reproducimos el título completo y algunos datos de la portada de su primera edición (1908): “El Kybalión: Las doctrinas herméticas del antiguo Egipto y Grecia”, “The Yogui Publication Society/Masonic Temple/Chicago, ILL”.
En semejante atmósfera, en 1926 aparece la primera edición de ”El Misterio de las Catedrales”, de Fulcanelli.
A nuestro entender, el impacto producido por esta obra se debe a la conjunción de diversos factores, como la seriedad documental de las fuentes citadas –aún de las limitáneas y legendarias-; el tono empleado, que transmite autoridad y solvencia; a la oportunidad histórica del momento, que conjugaba el cuestionamiento de las creencias católicas en todo occidente; el renovado prestigio de los textos de Hermes, acompasado por la moda de todo lo concerniente a Egipto, tras los grandes hitos de la arqueología de la época; y por último, la reinterpretación de la iconografía religiosa cristiana con nuevos ojos.
Bajo muchos cristianos se tambaleaba un suelo agitado por las atractivas aseveraciones de Fulcanelli, estableciendo lazos entre el culto a las Vírgenes Negras y a la Inmaculada con el antiguo culto a Isis, que se atreve a leer los capiteles en clave alquímica, o se fija en el cartel de INRI que acompaña a tantos crucifijos, para decir que, además de ser las iniciales de Iesus Nazarenus Rex Iudeorun (Jesús Nazareno Rey de los Judíos), también lo son de Igne Natura Renovatur Integra (La Naturaleza se Renovará Íntegramente por el Fuego).

En el caso de nuestra obra, desarrollamos los supuestos en que se sustenta parte del último capítulo de El Misterio de las Catedrales, “La Cruz Cíclica de Hendaya”, donde se atribuye a dicha cruz constituir un jeroglífico del próximo final cíclico de nuestro planeta, final que, en su opinión, no acabaría con toda la población mundial, sobreviviendo un grupo de escogidos en un enclave que quedaría a salvo de los dos instrumentos de la destrucción: devastadores fuegos, e inundaciones de proporciones bíblicas.
—¿Qué lazo une dos puntos tan alejados entre sí como la catedral de Murcia y la cruz de Hendaya?
Consideramos que durante el período de “reconstrucción” de la Catedral de Murcia por los daños producidos en el grave incendio de la madrugada del 2 al 3 de Febrero de 1854, la dirección de las obras pudo estar influenciada por lecturas de autores de carácter hermetista, tal vez el propio Fulcanelli. Las fechas de edición de El Misterio de las Catedrales (1926), y Las Moradas Filosofales (1929) parecen haber sido decisivas en la dirección tomada por algunas de esas reconstrucciones (nos negamos a llamarlas restauraciones), como demuestra la presencia de la salamandra en una ménsula de la Capilla de Santa Bárbara, cuya presencia no es discreta, sino que se “sobreexpone” de manera disonante.
El paralelismo entre diversos aspectos de la Cruz de Hendaya y el edificio del Coro de la Catedral de Murcia, tiene que ver con la indeterminación cronológica de las imágenes, la utilización del Mito de las Cuatro Edades de Hesíodo, el uso de una similar estratagema para llamar la atención del espectador (aparente error gramatical o supresión por apócope de una letra), la directísima referencia al elemento fuego como eventual agente destructor de nuestro hemisferio, y un diseño subyacente sustentado en la forma Crismón, siendo ésta última esencial, ya que Fulcanelli no declara conocerla en relación a la Cruz de Hendaya.

Nuestra conclusión es que, en el último momento, el hermetista francés bajo dicho seudónimo (uno o un grupo) decide sumar este breve capítulo a una obra ya acabada, lo que explicaría la falta de “conexión” con el resto de la obra.
Las advertencias escatológicas, cuando parten de un diseño desde el desarrollo de una forma Crismón, son un marchamo de ortodoxia católica, pero que no renuncia a leer a Platón, ni a Hermes. Ignoramos quién se ajustaría a dicho perfil en la Hendaya de la época -salvo Antoine d’Abadie-, y para el caso de Murcia, de momento, nos inclinamos por el entorno de D. Jerónimo Torres, Deán de la Catedral de Murcia, y Rector de la Universidad Libre de Murcia.
—¿Qué líneas esenciales exploran uds. en su libro?
Analizamos el capítulo de La Cruz Cíclica de Hendaya, individualizando cada clave y desarrollando sus posibles consecuencias, para poder determinar en qué se basa, para llegar a tan graves conclusiones. Analizamos también cada elemento iconográfico del edificio del Coro de la Catedral de Murcia. El punto de conexión se encuentra en la oculta forma Crismón de Murcia, lograda mediante la ruptura o violación del orden que, probablemente, tenía antes del incendio. Dicha “forma” violada dejó su rastro, que seguimos sin saber aún que la Catedral había sufrido el grave incendio de 1854.
La evidente arbitrariedad del diseño de algunas ménsulas, denotó que venían de fuentes literarias hermetistas, sospechadamente afines al vocabulario de Fulcanelli.
En cuanto a los diagramas de las imágenes nº. 24 y nº. 28 de nuestro libro, son el resultado natural -aunque sorprendente- del texto de Fulcanelli.

—¿Quién ideaba todo eso que ahora se estudia bajo la luz del simbolismo, el hermetismo…?
–Nunca lo sabremos aunque, en casos muy concretos, suele estar la figura de un dignatario de la Iglesia, con el fín de: A)-Dejar constancia de un saber que se desea sea transmitido a quien cuente con formación similar o, fortuitamente, logre entenderlo (como un criptograma estratégico). B)-Aureolar de misterio un enclave de la cristiandad, para que se transforme en lugar objeto de devoción o peregrinación. Y C) -La transmisión de un mensaje a quien sabe ha de pasar por allí, con un contenido específico, y a corto plazo (como un criptograma táctico).
—Desde ese punto de vista, ¿qué es una catedral, además de lo que ya sabemos que es?
La Catedral es el máximo exponente, en piedra, del saber medieval cristiano, desde el punto de vista arquitectónico, y su misión era la de perdurar, exponer y transmitir, sanar y custodiar tanto al hombre como al saber de su tiempo.

Es un pequeño universo en piedra que recita mediante imágenes y armonías numerales, por lo que es, también, una gran biblioteca, una caja de resonancia para la música, y también, creemos, un gran laboratorio.
—Entramos a una catedral, miramos, y nos pasan desapercibidas ciertas cosas. ¿Qué cosas? ¿A qué prestar atención?
Podemos comenzar simplemente por sentir. La Catedral, como todo templo cristiano, ha sido concebida para deambular por su interior, y sentir, sin prisas. La estructura invita a circular -en el caso de la de Murcia, en dirección de las agujas del reloj- de manera pausada.
Actualmente, es fácil conocer la historia de una catedral a la que se acude por primera vez, y detenerse junto a las capillas cuyo estilo nos es más afín. Allí, observar el orden y número, las imágenes, cuya ubicación no deben contradecir el orden natural (por ejemplo, el de las estaciones del año), y detectar las desarmonías estilísticas –por ejemplo, un detalle ornamental neoclásico en una capilla gótica-.
—¿Qué actualidad conserva Fulcanelli?
La voz de Fulcanelli es de carácter tradicionalista, y aunque católica, hermetista, y los peligros de los que advierte no son diferentes de los que se hace eco, por ejemplo, un Lope de Vega (que, por cierto, trabajó un tiempo por encargo del Marqués de Los Vélez), acerca del final de los tiempos.
Si alguien estima que, efectivamente, parece próximo dicho período, tal vez debería leer a Fulcanelli con atención.
Por otra parte, las obras de C.G. Jung dejaron claro la importancia del lenguaje alquímico para comprender algunas de las nociones y símbolos más incomprendidos del culto católico y, tal vez, para comprender al propio ser humano.






