«TAL COMO SE APLICA AHORA, LA PEDAGOGÍA ES MÁS POLÍTICA QUE CIENCIA»

por | Sep 28, 2025 | ÚLTIMAS ENTRADAS, CIENCIA Y SOCIEDAD, Historia/Sociedad

«La Ciencia ha pasado a convertirse en un ingrediente esencial de la cultura humana independientemente del lugar del mundo en el que nos encontremos”, escribe ALEMAÑ BERENGUER en su ultimo libro, quizá el más ambicioso de su ya amplia producción divulgativa, y, desde luego, una de las mayores contribuciones a una cultura científica al alcance de todos que se han hecho en este país en los últimos años. «Pensamiento científico. Cómo se construye la Ciencia» es un viaje profundo, detallado y esclarecedor desde el vertiginoso desarrollo de la Física hasta los sorprendentes vericuetos de la Psicología social de nuestro tiempo. Rafael Alemañ Berenguer –colaborador habitual de «Adelantos digital»– es, entre otras cosas, doctor en Astrofísica, investigador en la Universidad de Alicante, docente y autor de títulos como «El paradigma Einstein» o «Tras los secretos del Universo».

 

Adelantos — ¿En qué rama de la Ciencia está más perdido el español medio?
Alemañ Berenguer –Los ciudadanos de nuestro país, como ocurre en todas partes, suelen sentirse menos cómodos con las disciplinas abstractas, en las que el esfuerzo de una imaginación racional resulta más costoso. Pensemos, por ejemplo, en la Física y las Matemáticas. No obstante, otras ciencias más concretas como la Biología, también despiertan suspicacias, especialmente en asuntos como la evolución darwiniana. Mucha gente, en nuestro país y fuera de él, tiende a malinterpretarla y extraer conclusiones equivocadas dependiendo de su sesgo ideológico personal.

—En países de nuestro entorno, una cultura científica media ha existido ya desde el siglo XIX. ¿Por qué aquí no?
–Una de las razones -hay muchas- puede ser el prestigio que tradicionalmente se ha concedido en nuestro país a las materias humanísticas en desmedro de las científicas, como si estas últimas no fuesen un ingrediente fundamental de la cultura. Este es un gravísimo error histórico que no acabamos de extirpar, con independencia del régimen político imperante o del partido que gobierne. La falaz separación entre Humanidades y Ciencias oculta el hecho de que los científicos también son humanos y sus hallazgos son un producto de la humanidad. Esto no significa que todas las disciplinas intelectuales sean intercambiables, o que carezcan de su propia especificidad. Más bien deberían contemplarse como ingredientes complementarios e indispensables en un espíritu humano armonioso y bien construido.

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—En su libro, también se lee: “El estilo educativo en boga ha desprestigiado el esfuerzo personal y la apreciación de la belleza intelectual…..
–Esa afirmación me parece una verdad evidente para cualquiera que conozca de cerca del sistema educativo español en la actualidad. Con la excusa de poner la educación al alcance de todos -un objetivo en sí mismo encomiable- se degrada el nivel de la enseñanza hasta caer en la sentina intelectual en la que ahora chapoteamos. Todos los años, los centros de enseñanzas medias y superiores vomitan promociones de alumnos cuyos títulos valen menos que el papel en el que están impresos, verdaderas huestes de analfabetos funcionales que constituyen el mejor material humano para los demagogos y populistas que nos rigen. Al fin y al cabo, desde la promulgación de la malhadada LOGSE -un perfecto ejemplo de cómo proclamar unos valores y luego practicar los contrarios- nuestros gobernantes se complacen de tener bajo su mando generaciones de ciudadanos cada vez más iletrados e ignaros, porque son mucho más fáciles de manipular. Esos mismos ciudadanos, o sus familias, se contentan con la posesión de un diploma vacío de contenido, y se opondrían fieramente a cualquier medida que endureciese las exigencias para conseguirlo. Mientras tanto, el país se descapitaliza intelectualmente, los mejores profesionales emigran y nuestras élites se embrutecen.

—Pero mucha gente cree tener una cultura, un saber científico, por saberse todos los nombres asociados a artilugios digitales y saber, más o menos, lo que hace cada uno de ellos.
–No debemos confundir erudición -acumulación de conocimientos- con cultura, que se acerca más a la capacidad de elaborar una perspectiva personal y coherente del mundo combinando conocimientos fácticos con apreciaciones estéticas, sin olvidar una reflexión crítica sobre todo ello. Este empeño puede abarcar toda una vida, lo que resulta un empeño titánico en el seno de una sociedad que vive al instante, reclamando una infinita catarata de continuas novedades para combatir el tedio existencial que la tortura, y en la cual conversaciones de cierta extensión y profundidad -como la que aquí estamos teniendo- encuentran poco predicamento.

“Las enseñanzas medias y superiores vomitan huestes de analfabetos funcionales que son el mejor material humano para los demagogos y populistas que nos rigen».

—¿Diría ud. que los españoles tenemos al menos una alta cultura pseudocientífica?
–Desde luego, nuestras prácticas y creencias pseudocientíficas exceden con mucho el nivel de cultura científica que debería compensarlas. Sin embargo, no creo que ese lastre sea sustancialmente superior al de los países con los que cabría compararnos. En nuestro entorno geocultural también hay amplias capas de la población que cree en supersticiones ancestrales, o en otras más recientes, como la homeopatía, la astrología o las aguas “magnetizadas”, por poner solo algunos ejemplos. Esto nos demuestra que la mente humana tiene la capacidad de compartimentarse hasta cierto punto, permitiendo la coexistencia de actitudes racionales -generalmente por necesidades prácticas- con otras irracionales y absurdas, mantenidas por mera complacencia emocional.

—¿Qué tiene nuestra clase política en general contra la Ciencia y los científicos?
–Sencillamente que la realidad se niega a plegarse a los volubles intereses de la contienda política y por ello resulta enojosamente molesta. Un individuo culto, equipado también con una buena cultura científica, resulta mucho más difícil de manipular. No es fácil embaucar a quien esté acostumbrado a ejercer la libertad de pensamiento, el raciocinio crítico y la ponderación de evidencias antes de emitir un juicio -siempre provisional y revisable- sobre cualquier asunto que se someta a su entender. Para adquirir estas virtudes intelectuales se necesita entrenamiento, hábito y constancia, pero también un amplio bagaje de conocimientos que sustenten el armazón argumental de nuestros razonamientos. Por eso nuestros políticos se muestran siempre tan inclinados a diluir los contenidos de las asignaturas que se imparten en la enseñanza media, verdadero crisol de la conciencia ciudadana en la medida en que todos los habitantes de nuestro país están obligados por ley a cursarla.

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—Capitalismo, comunismo…. anarquismo, liberalismo, tecnocracia… ¿Alguna de esas cosas es más científica que las otras?
–Todas ellas son doctrinas que proponen un proyecto de organización social considerado idóneo para la humanidad. Y todas ellas olvidan que la sociedad es demasiado compleja y dinámica para ser encorsetada en un solo recetario. Las clases sociales, por ejemplo, siguen siendo una categoría sociológica relevante -como cualquier partición de la sociedad según cierto criterio relevante- pero ello no significa que las podamos concebir del mismo modo que lo hacía Marx. La sociedad actual se halla mucho más fragmentada y repleta de intereses cruzados, a menudo mutuamente contradictorios, de modo que el análisis social resulta bastante más arduo que en la era de la Revolución Industrial. Asimismo, la historia del siglo XX nos ha enseñado que algunas fórmulas totalitarias que prometían un paraíso en la tierra a sus seguidores han rendido frutos catastróficos, lo que debería prevenirnos contra las ideologías salvíficas sustentadas sobre el dogma.

“El estilo educativo en boga ha desprestigiado el esfuerzo personal…..”

—La economía, la política… ¿Cuánto hay ahí de ciencia y cuánto de pseudociencia?
–Se aproximarán a las pseudociencias en tanto traten de ocultar los juicios éticos y las valoraciones que guían sus proyectos de transformación social disfrazándolos de necesidades naturales. Si la sociología, digamos, se ocupa de analizar las interacciones entre individuos y grupos en una determinada comunidad está actuando como una genuina ciencia social. Pero si pretende justificar con sus asertos una cierta organización social por encima de las demás comenzará a internarse por una senda peligrosa. El juicio de valor sobre los hechos -en este caso un tipo de organización social- ha de venir de otro ámbito, la axiología o teoría de los valores, no de la sociología en sí misma.

—Si la autobiografía de la Ciencia consiste en corregirse —a veces, desmentirse— a sí misma de tiempo en tiempo, ¿hasta qué punto podemos confiar en la visión que, derivada de ella, tenemos de la realidad es, ahora mismo, la correcta?
–Podemos confiar en la misma medida en que aceptamos que los seres humanos somos falibles, y que nuestro mejor conocimiento -el científico- siempre será parcial, inexacto y mejorable. Es comprensible que este veredicto incomode a muchas personas; al fin y al cabo, los seres humanos deseamos vivir aferrándonos a certezas cuanto más sólidas mejor. Ahora bien, la exploración racional de la realidad no procede de ese modo, y en ese sentido no es una actividad tan espontánea como la respiración, el sueño o la búsqueda de alimento. Necesitamos realizar un esfuerzo para liberarnos de nuestros prejuicios, suspender el juicio a falta de evidencias decisivas y estar siempre dispuestos a cambiar de opinión cuando los datos obliguen a ello. Esa flexibilidad mental, por desgracia, no es tan común como debiera.

—¿Hasta qué punto es científica la posibilidad de “algo” más allá de lo que vemos y tocamos?
–Ya tenemos ejemplos de ello. Las ondas electromagnéticas no pueden verse no tocarse, pero “están ahí”, por decirlo así. Ahora bien, si la cuestión apunta hacia algo con lo que jamás podamos interactuar físicamente, me temo que ese ámbito quedaría fuera del alcance científico. La ciencia se ocupa del universo material, y decir que nada existe fuera de ello es una afirmación tan dogmática como la contraria. Por eso, la postura más coherente, desde un punto de vista estrictamente lógico, es la del agnóstico. El creyente dice que sabe de la existencia de un mundo sobrenatural, y el ateo afirma que sabe de la inexistencia de ese mismo mundo. En verdad, ninguno lo sabe, y es muy probable que ni siquiera quepa plantear la cuestión de algún modo que tenga sentido más allá de la mera opinión personal.

—Ciencia y materialismo se igualan por entero en la mente de muchas personas. ¿También en la de usted?
–Esos dos ingredientes suelen ir de la mano debido a que la ciencia, por definición, se ocupa del mundo material -natural o social- y prescinde de todo aquello que quede allende esas fronteras. Pero al otro lado de sus lindes queda un vasto territorio donde pueden anidar infinidad de creencias personales. Es decir, el trabajo y el espíritu científico no necesariamente están reñidos con un sentido de la espiritualidad trascendente que no se inmiscuya abiertamente en la descripción del mundo físico. Si existe otro segmento de la realidad al que ciertas creencias denominan Mas Allá, se trataría de un ámbito por completo ajeno a la investigación científica y, por tanto, ni la favorecería ni la obstaculizaría, al menos de forma directa

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—¿Qué deberíamos temer y qué no de la Inteligencia Artificial?
–Quizás en estos momentos lo que más deberíamos temer es la tendencia en algunos sectores sociales a confiar en los algoritmos que llamamos “Inteligencia Artificial” como si fueran un nuevo oráculo de Delfos, unos nuevos dioses que nos guían infaliblemente permitiéndonos prescindir de nuestra propia capacidad de pensar, que es lo que nos hace humanos. Pensemos en las calculadoras electrónicas, que ejecutan miles de operaciones aritméticas en fracciones de segundo. La capacidad humana de cálculo es inmensamente inferior, pero no por ello decimos que las calculadoras son inteligentes. Las inteligencias artificiales son programas que imitan el pensamiento humano mediante su obnubilante capacidad de rastreo en bancos de datos que suministran un modelos sobre el modo en que los lenguajes humanos operan. Eso es admirable, pero no las dota de la capacidad irrenunciablemente humana del pensamiento autoconsciente, original y reflexivo.

—¿Qué significan conceptos todavía mal conocidos como “tecnoeconomía”, “termofísica”, etc?
–Esos términos anuncian el desarrollo de disciplinas mixtas, ciencias híbridas nacidas de la fusión de saberes preexistentes, aunque debe transcurrir un tiempo prudencial ante de pronunciarse sobre su pertinencia. La combinación de campos científicos puede ser muy fructífera o del todo inútil, si no suministra avances genuinos en nuestros conocimiento de la realidad. En todo caso, debemos ofrecer la oportunidad de que se desarrollen hasta donde puedan llegar. En la Ciencia, como en las relaciones humanas, el mestizaje suele traer más beneficios que perjuicios.

”Lo temible de la “Inteligencia Artificial” es la tendencia a prescindir de nuestra propia capacidad de pensar, que es lo que nos hace humanos”.

—Para mantener un cierto nivel de confort, despreocupación, etc, las sociedades humanas —la española, por ejemplo— parecen estar volviéndose cada vez más idiotas. ¿Puede considerarse eso, científicamente, entre las “propiedades emergentes” de cualquier sistema?
–En cierto modo, sí podría considerarse como un efecto posible de la interacción entre los múltiples componentes de las complejas sociedades modernas. Pero no es un resultado único o inevitable (piénsese, por ejemplo, en el fenómeno opuesto, denominado “inteligencia colectiva”) y por ello, es cuando aparece, cuando debemos trabajar para cambiarlo. Ocurre, por desgracia, que nuestras élites gobernantes -que no deben confundirse con las élites intelectuales- parecen más interesadas en fomentar el infantilismo, la inmadurez y el embrutecimiento colectivo que en cultivar el refinamiento cultural, el rigor conceptual y la más elevadas formas de expresión artística. Y no es difícil imaginar cuáles son los motivos de tal preferencia.

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—Cuando decimos que el individuo se enamora de sus cadenas inducido por la sociedad, ¿puede que estemos pasando la película al revés?
–Sin duda, en las ciencias sociales se omite con frecuencia que las interacciones entre los individuos producen efectos que operan en ambos sentidos. La sociedad influye en nosotros, a la vez que nosotros, operando colectivamente, influimos en el conjunto de la sociedad. La situación no es simétrica, por supuesto, pero no debe olvidarse la existencia de esa doble vía. Es verdad que a menudo la organización social nos encorseta con grilletes invisibles -como advertía Max Weber- pero no es menos cierto que en otras ocasiones son nuestros temores, prejuicios, obsesiones y demás lastres espirituales los que acaban convirtiéndose en las cadenas que en cada época estrangulan nuestras legítimas aspiraciones a una vida mejor.

—¿No tenemos la sensación de que, en parte al menos, los científicos, la tecnología, están ahora más que nunca con quienes nos gobiernan, para bien o para mal?
–Como seres humanos que son, los científicos no pocas veces caen en el pecado de la soberbia, pensando que sus propósitos son los mejores y que para llevarlos a la práctica bien vale el sacrifico de venderse al poder. La historia nos enseña que semejante decisión no suele acarrear las mejores consecuencias, porque el tipo de poder que ansía el hombre de ciencia difiere esencialmente del perseguido por el político profesional. El poder de la ciencia deriva en último término del intelecto, que también nos brinda soluciones para multitud de cuestiones prácticas, mientras que el poder del gobernante depende de la espada, las riquezas o la ceguera fanática de sus seguidores. Por eso, siempre que compitan descarnadamente, el científico siempre llevará las de perder.

“Como seres humanos, los científicos no pocas veces caen en la soberbia, pensando que bien vale el sacrifico de venderse al poder”

–¿Cuál es su posición personal en el secular conflicto entre Ciencia y Religión?
Creo que quien más se aproximó a una solución de compromiso aceptable por ambas partes fue el paleontólogo estadounidense Stephen Jay Gould con su doctrina de los magisterios separados. A la ciencia conciernen las cuestiones del mundo material, y la religión se involucra con asuntos que literalmente “no son de este mundo”. Si se delimitan sus ámbitos con sabiduría, ciencia y religión no necesariamente han de llegar al enfrentamiento. En realidad, creo que ese tipo de pugnas, además de innecesarias, son un grave error, en la medida en que los seres humanos poseemos una serie de inclinaciones y tendencias -lo que llamaríamos un sentido de la trascendencia- para colmar las cuales la religión es una de las sendas posibles. Los ideólogos que a lo largo de la historia han pretendido acabar con las religiones, o han vaticinado su inminente final ante el racionalismo científico, olvidaron este punto y fracasaron en sus admoniciones

—La Pedagogía, vista como técnica social —como usted hace— ¿qué es más: ciencia o política?
–Tal como se aplica en la actualidad, se encuentra más cerca de la política, pues se esfuerza en inculcar en los futuros ciudadanos una serie de valores e interpretaciones que no necesariamente han de ser compartidos por todos ellos. De hecho, la pedagogía se halla tan politizada actualmente que más valdría fundar un nuevo estudio -este sí verdaderamente científico- llamado paidología, como propone el gran filósofo, escritor y educador español José Sánchez Tortosa. El paidólogo estudiaría las interconexiones entre desarrollo psicológico, emocional y cognitivo de los menores para ayudarles en su desarrollo. A su vez, esto haría innecesarias las Facultades de Educación, que nunca debieron haberse constituido como tales en las enseñanzas universitarias. La psicopedagogía habría de ser ni más ni menos que una rama de la psicología, nunca una disciplina independiente. Pero aquí entramos en el terreno de las llamadas “industrias académicas”, en el que podríamos profundizar en otra ocasión.

—Como ud. mismo apunta en su libro, “todos queremos más y más”. Pero el planeta no da para eso. ¿Entonces, qué?
Pues cabe suponer que, antes o después, tendremos que adaptar nuestros deseos a las posibilidades materiales del planeta para satisfacerlos. Ello implicará drásticos cambios tanto en nuestra forma de vida cotidiana como en la organización social a gran escala, a menos que descubramos fuentes de energía radicalmente nuevas, asequibles y manejables sin excesiva dificultad. Pero aún así nos encontraríamos con la finitud de las reservas de materias primas que este planeta nos ofrece. Y así ocurrirá a menos que nos decidamos a colonizar otros mundos. Pero eso -como diría nuestro amigo Kipling- ya es otra historia.

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