¿Por qué se aprende latín (y griego)?

«¿De dónde viene, pues, el que el trato con las lenguas clásicas libera el espíritu, dándole ese algo de flexible y suelto que se llama “esprit de finesse” (delicadeza) y que podría definirse como el sentido de las contingencias? No hay en ello nada de misterioso: el latín, por razones muy sencillas, nos obliga a pensar “de otra manera”. El latín está construido sobre diferente plano que nuestras lenguas modernas; gracias a las flexiones, las palabras conservan su individualidad en el seno de la frase; la construcción libre hace de la frase misma un organismo original; y como además, y sobre todo, el vocabulario recorta los conceptos sobre patrones diferentes de los nuestros, es necesario analizar a fondo y reconstruir los pensamientos más sencillos, sin que se pueda nunca utilizar esas correspondencias mecánicas de lengua a lengua que quitan a los idiomas actuales una parte de su valor educativo. (….) Todo nuestro esfuerzo se aplica a las obras, pero cada autor tiene su individualidad; no hay dos que se puedan explicar completamente el uno por el otro: al pasar de Cicerón a Tácito hay que cambiar de gramática y de léxico; Virgilio y Horacio, contemporáneos, escriben dos lenguas diferentes. Por todas estas razones, el latín es un instrumento maravilloso para adquirir flexibilidad; familiariza al espíritu con lo imprevisto, le da el sentimiento de lo accidental, de lo contingente, mientras que la formación científica le pone delante el trato -necesario también- de la ley. ¿No se ha dicho que las matemáticas y una lengua antigua bastarían para preparar armoniosamente un espíritu?

Isócrates. "Discursos y Cartas". 1ª edición bilingüe (griego y latín). París, 1621.

Isócrates. «Discursos y Cartas». 1ª edición bilingüe (griego y latín). París, 1621.


          (…) Todo esto está muy bien, sólo que…. no es el latín el único que presenta esa gran ventaja de ser “otro”: el griego nos la ofrece multiplicada. El griego está aislado en medio de las lenguas indoeuropeas, no tiene contacto con el francés (o con el español) más que por las palabras técnicas; el pensamiento que expresa es original hasta la médula, en lugar de ser un reflejo perpetuo. Si es la visión de lo diferente la que abre el espíritu y ensancha el horizonte, el griego es el ideal, el latín un sucedáneo. Y aquí es donde está el lado trágico de la crisis de las humanidades: se quiere echar algo por la borda para salvar el resto, “entregar” una de las lenguas clásicas, y se conviene tácitamente en sacrificar aquella que más nos consolaría de la pérdida de la otra. La cuestión es angustiosa, y no puedo vanagloriarme de haberla resuelto en pocas líneas. Mi objeto ha sido mostrar —lo cual no se hace casi nunca— cómo se debe plantear».

(Charles Bally, “El lenguaje y la vida”, 1913)

Charles Bally
Charles Bally (1865-1947) fue catedrático de Lingüística General, Gramática Comparada y Sánscrito en la Universidad de Ginebra.

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