CÓMO FUE DESCIFRADO EL PRIMER JEROGLÍFICO EGIPCIO

     El 14 de Septiembre de 1822, un joven filólogo francés gritó  «Je tiens l´affaire!» («tengo la clave!») antes de caer desvanecido, perdido por completo el conocimiento, que no recuperó hasta días después. Tan grande había sido el esfuerzo a que se había sometido a sí mismo en los últimos meses en busca de la solución que acababa de encontrar. Sobre su mesa de trabajo, la «clave» recién resuelta exigía aún un esfuerzo más para ponerla en claro y darla a conocer al resto del mundo.
      Días después, el 27 de Septiembre, Bon-Joseph Dacier, secretario de la Académie des Inscriptions et Belles Lettres de Francia, leyó en los salones de la misma y ante un público entendido una carta que le había remitido Jean-François Champollion, el joven filólogo, en la que exponía unos principios generales y una lista de equivalencias pormenorizadas que permitían, por fin, entender los enigmáticos jeroglíficos (del griego, hieros+glifos=escritura sagrada) egipcios, empezando por las 40 líneas que, junto a otras 32 en escritura demótica y las 54 en griego componen la apretada escritura de la piedra Rosetta, que las tropas napoleónicas habían descubierto en Egipto. El demótico era una versión simplificada del jeroglífico monumental, o “culto”, destinada a ser leída —en documentos de tipo comercial y social, sobre todo— por lo que hoy llamaríamos “el público en general”; el griego era el idioma cortesano de la dinastía reinante en el tiempo de la piedra Rosetta, la de los Ptolomeos, procedente de Macedonia.
     Egipto pasó a formar parte del Imperio Romano en el año 30 a.d.C. A partir de ahí, la escritura jeroglífica fue cayendo en desuso mientras el griego y el latín se convertían en los idiomas usuales de la clase alta e instruída; el egipcio terminó siendo una lengua muerta, y la comprensión de los antiguos jeroglíficos sólo estaba ya al alcance de una casta sacerdotal que también terminó por desaparecer. En el siglo V de nuestra era, eran ya incomprensibles para todo el mundo.

Jean-François Champollion
Jean-François Champollion

     Champollion no era el primero en intentar descifrar la escritura jeroglífica. Ejemplos: en el siglo IVd.d.C, Horapolo, en su «Hieroglyphica», había indicado el significado correcto de muchas jeroglíficos, pero con explicaciones que hacían hincapié en lo simbólico y pasaban por alto los valores fonéticos de muchos signos, error repetido sistemáticamente en los investigadores que le siguieron. En el siglo XVII, Athanasius Kircher afirmó haber conseguido el desciframiento del jeroglífico y publicó textos traducidos que, con el tiempo, revelaron su falta de sentido. En el siglo XVIII, Warburton dijo haber adivinado la existencia de signos alfabéticos en el jeroglífico (lo cual apuntaba, desde lejos aún, en la dirección correcta) y Guignes encontró grupos de caracteres determinativos que significaban el carácter “divino” del personaje nombrado. El danés Georg Zoëga, por su parte, concluyó que los jeroglíficos eran letras y que grupos de caracteres encerrados en un óvalo representaban nombres reales. En 1802, Akerblad propuso un alfabeto de caracteres demóticos. En 1814, el británico Thomas Young, el descubridor de la naturaleza ondulatoria de la luz, ya había traducido varios nombres del demótico, y en 1818, publicó un “Supremo Alfabeto Encorial” en el que aparecen, entre otras, catorce interpretaciones alfabéticas idénticas a las de Akerblad, pero sin mencionarlo.
    
Siendo el más cercano competidor de Champollion, Young no tenía, sin embargo, los conocimientos del idioma copto que tenía el francés, el cual le adelantó por centímetros en la llegada a la meta final. Pero Young había identificado correctamente los nombres de Ptolomeo y Berenice y de seis dioses, descubrió el significado de varios ideogramas, los valores fonéticos de seis letras y el empleo consonántico de otros tres. Champollion tuvo la decencia de reconocer su deuda con él; pero también olvidó mencionar a Akerblad, aunque 16 de sus interpretaciones alfabéticas coincidían con las de éste.
     La lengua que se correspondía con los jeroglíficos no existía ya, pero Champollion había estudiado en profundidad el copto, que era una lengua viva por aquellos lares, y acertó de pleno apostando a que se trataba de un dialecto de la antigua lengua egipcia. Lo que él intuyó antes que nadie puede traducirse en una hilazón de conceptos que, resumidos en terminología de la Semiótica moderna, puede expresarse así: las figuras jeroglíficas fueron pasando, poco a poco, de representar cosas y objetos (pictogramas) sin referencia a lengua alguna, a representar, además del objeto, una idea asociada a él (ideogramas) por ejemplo, un sol para significar «día». En el primer caso, los dibujos tienen valor figurativo; en el segundo, ya pueden considerarse escritura. El tercer estadio es cuando la figura, además de representar un objeto y/o una idea, adquiere valor lingüístico (acrofonía). Ejemplo en español: dibujar juntos una flor de lys y una serpiente para significar “Lisboa”. Todavía queda un paso más para llegar al punto en el que cada signo representa un solo sonido (fonograma). Ejemplo en español: un sol y una isla para significar “sí”. Este es el nivel requerido para representar nombres propios. La dificultad estriba en que todos esos estadios convivían juntos en los, hasta entonces, impenetrables jeroglíficos egipcios. 
     Sólo Champollion estaba en disposición de comprender que, si las figuras jeroglíficas representaban, en muchos casos, letras o sílabas, unas y otras tenían que hallar correspondencias en el copto, lengua que él conocía bien y que le abría las puertas del descifrado.

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La elegante y sencilla operación que permitió a Champollion iniciar el descifrado del jeroglífico egipcio era el culmen de siglos de investigaciones.
La elegante y sencilla operación que permitió a Champollion iniciar el descifrado del jeroglífico egipcio era el culmen de siglos de investigaciones.

     Otra cosa más intervino en ese proceso: en 1815, se había descubierto un obelisco con su pedestal en la isla de Philae, conteniendo jeroglíficos y 24 letras en griego, que aludían a una petición hecha a Ptolomeo y a su esposa, llamada Cleopatra (hubo varias Cleopatras). Champollion pensó que si el texto griego era una traducción del jeroglífico, los nombres citados en griego también debían encontrarse en el jeroglífico, envueltos en un cartucho oval, como resultó ser. Así identificó esos dos nombres y así pudo comprobar que el nombre de Ptolomeo aparecía también en la piedra Rosetta, en griego y en demótico. Pero ahora tenía también otro nombre: el de Cleopatra, lo que le permitía buscar caracteres comunes en los dos nombres: enseguida aparecieron dos: P y L. A partir de ahí, encontró las demás coincidencias, hasta reconstruir los nombres partiendo de sus formas griegas y desembocando finalmente en las correspondientes formas en copto: PTOLMEES y KLEOPATRA.
     ¿De qué habla la piedra Rosetta? Para empezar, esa roca es un fragmento de una antigua estela egipcia de granodiorita (medidas: 114 centímetros, por 72, por 27; 76o kilos de peso) que había sido utilizada como material de construcción en el fuerte Rashid (nombre luego europeizado como «Rosetta») de donde fue extraída por un militar francés. Copias litográficas de la misma empezaron a circular por los ambientes cultos, dando a los estudiosos de toda Europa la oportunidad de intentar en serio el desciframiento largamente perseguido del jeroglífico egipcio. Poco después, los franceses fueron derrotados en Egipto por el ejército británico, y la piedra Rosetta fue enviada a Londres, donde permanece, desde 1802, expuesta al público en el British Museum.

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Empleada un tiempo como material de construcción, la piedra Rosetta ha llegado hasta nosotros notoriamente incompleta.

     ¿De qué habla? La piedra Rosetta, “piedra de toque” de la egiptología, recoge, en tres escrituras distintas: jeroglífico (arriba) demótico (centro) y griego antiguo (abajo) un decreto publicado en Menfis en el año 196 a.d.C, bajo el reinado de Ptolomeo V Epiphanes. Lejos de algún misterioso arcano, decepcionantemente baladí después de todo, es la reproducción en soporte duradero, para general conocimiento (una especie de “boletín oficial”) de una directriz administrativa según la cual el monarca había otorgado beneficios a la clase sacerdotal, rebajándoles tasas fiscales, liberándolos de trabajos relacionados con el riego y apoyando el mantenimiento de los templos.

Carta de Champollion a Dacier.
Carta de Champollion a Dacier

Motivo de la “publicación”: que ese año se celebraba el aniversario de la coronación de Ptolomeo como rey de Egipto; eran los propios sacerdotes quienes, agradecidos, habían copiado el decreto sobre la roca, proclamando en ella su intención de festejar la efemérides, hermosear todos los templos de Egipto y erigir en ellos estatuas del monarca en madera recubierta de oro.
     La versión final de aquella carta, de  hecho, el acta de nacimiento de la egiptología, fue publicada a finales de octubre de 1822 por Firmin Didot en un folleto de 44 páginas con 4 tablas ilustradas. (DM)

 

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