PANDEMIA COVID-19: LO QUE SABEMOS Y LO QUE NO

Por: Rafael Alemañ Berenguer (*)
Por Rafael Alemañ Berenguer, químico, físico e investigador colaborador de la Universidad de Alicante. Es autor de libros como “La Naturaleza imaginada: ¿es matemático el mundo?”,“Evolución o diseño”, “El paradigma Einstein”, etc.

El profuso y heterogéneo reino de los micro-organismos infecciosos se acostumbra a dividir en dos grandes grupos, a efectos de la divulgación entre el público no experto. Por una parte, tenemos las bacterias, remedo de las células ordinarias aunque sin membrana nuclear que aísle los cromosomas del resto de su contenido. Los antobióticos, naturales o sintéticos, son nuestra mejor arma contra esta clase de criaturas microscópicas que tanta mortandad han provocado a lo largo de la historia humana. Piénsese en el brote que entre los años 1346 y 1353 asoló Europa, Asia y África, siglo y medio antes del descubrimiento de América por los europeos. Se calcula que esa epidemia, ocasionada por la bacteria Yersinia pestis, causó unos 75 millones de muertos. El botulismo, el cólera o las conjuntivitis son también enfermedades bacterianas que no nos resultan extrañas.

Por otra parte, tenemos los virus, a quienes la mayoría de los especialistas no los considera seres vivos de pleno derecho. Razón no les falta: los virus son poco más que filamentos de ácido nucleico (ADN o ARN, según la clase de virus) envueltos por una cápsula de proteínas. Su estrategia infecciosa consiste en perforar la membrana de las células atacadas gracias a las proteínas de su envoltura, para introducir su ácido nucleico en el interior, donde tomará posesión del aparato metabólico de su infortunada anfritriona poniéndolo a su servicio. De ese modo, se replican miles de copias de los genes del virus y de sus proteínas protectoras, hasta que la célula invadida estalla, liberando una nueva hueste vírica dispuesta a lanzarse sobre otras células.
          Los antibióticos de nada sirven contra los virus –por eso es inútil tomarlos contra gripes y catarros –ya que su configuración molecular difiere por completo de la estructura bacteriana. Las células producen de manera natural un compuesto antivírico llamado genéricamente interferón, pues este nombre abarca una gran variedad de sustancias. Desde finales del siglo XX, los vertiginosos avances en ingeniería genética y biotecnología han venido desarrollando nuevas técnicas para combatir las infecciones víricas, pero es mucho lo que todavía ignoramos acerca de ellos, toda vez que existe una inmensa cantidad de familias víricas diferentes.

          No se conoce el mecanismo por el cual algunos individuos no presentan síntomas aunque porten una elevada carga vírica en su interior, o por qué COVID-19 parece atacar con mayor virulencia a hombres que a mujeres.

          Por eso, cuando a finales de 2019 apareció en la ciudad china de Wu-Han un nuevo tipo de virus responsable de una preocupante forma de neumonía, una honda inquietud se desató en el resto del mundo. Tanto las autoridades occidentales como los medios de información −estos últimos, con frecuencia, demasiado dóciles ante las consignas gubernamentales− trataron de minimizar los temores de la población. China se encontraba muy lejos de Europa y, sin duda, la epidemia quedaría controlada mucho antes de que alcanzase Europa y América del Norte, como sucedió con la gripe aviar en 2004 y el MERS (Síndrome Respiratorio de Oriente Medio) en 2012. El oscurantismo informativo practicado por el gobierno chino tampoco facilitaba las cosas. En el mundo occidental, nadie sabía qué credibilidad otorgar a las cifras oficiales ofrecidas por las autoridades de Pekín.

La enfermedad se extiende
Las sospechas occidentales aumentaron cuando los chinos, a finales de enero de 2020, levantaron con pasmosa rapidez un hospital auxiliar en Wu-Han para atender el creciente número de afectados por la epidemia. En el resto del mundo, cundió la idea de que el número de contagiados y de víctimas mortales superaba con mucho el dato transmitido a la comunidad internacional con el fin de calmarla. Pero era inútil tratar de enmascarar una realidad que desbordaba cualquier dique de contención. Con sorprendente rapidez, la neumonía de Wu-Han se extendió por Europa, cebándose especialmente con la población italiana y después con la del todo el continente. Pronto empezaron a comunicarse brotes en los cuatro confines del planeta, razón por la cual la OMS (Organización Mundial de la Salud) declaró la enfermedad oficialmente denominada COVID-19 se había convertido en una pandemia −epidemia de ámbito mundial− a la vez que responsabilizaba de ella al virus etiquetado como SARS-CoV-2.

          La ausencia de un criterio internacional unánime y la zigzagueante actitud de muchas autoridades sanitarias sólo lograron desesperanzar a gran parte de la ciudadanía.

          La pandemia causó estragos en países tan dispares como Irán, Bélgica, España, Gran Bretaña, Brasil y Estados Unidos, mientras apenas afectaba a Nueva Zelanda o Corea del Sur (Corea del Norte afirma haber quedado al margen de la calamidad, aunque hay toda clase de motivos para ponerlo en duda). Ante el temor de que los sistemas sanitarios quedasen desbordados por el número de enfermos, la mayoría de las Gobiernos decretaron diversas modalidades de confinamiento para sus poblaciones. Las medidas adoptadas fueron desde restricciones relativamente ligeras a la movilidad ciudadana en los países escandinavos, hasta la prohibición general en España del tránsito en la vía pública durante meses.
          La convicción subyacente a estas drásticas decisiones apuntaba a que la única manera de impedir la extensión de esta nueva dolencia consistía en disminuir al máximo el contacto interpersonal. Se confiaba en que así se romperían las cadenas de contagio entre los individuos portadores de la enfermedad, todavía sin síntomas, y el resto de sus allegados. En efecto, entre marzo y junio de 2020, el aumento de contagios pareció disminuir sensiblemente hasta el punto de que algunos Gobiernos –particularmente el español– animaron al consumo y ofrecieron toda clase de seguridades al turismo para reactivar la economía durante la temporada estival.

La ciudad china de Wu-Han

          Por desgracia, la euforia duró muy poco. A finales de agosto, se empezaron a detectar las primeras señales de peligro con un aumento de contagios atribuido al relajamiento de las medidas de seguridad (distancia interpersonal, uso de mascarillas sanitarias, lavado frecuente de manos y desinfección de superficies, etc.) pero la situación empeoró a medida que avanzaba el mes de septiembre. En octubre de 2020, todos los observadores concordaban en la existencia de una segunda oleada de la pandemia en el Viejo Continente, en coincidencia con el descenso de las temperaturas que anunciaba la entrada del otoño y el invierno.

          Lo cierto es que todavía no está muy claro desde qué animal ha saltado el virus hasta la especie humana.

          Los pronósticos eran sombríos, pues se vaticinaba que las estaciones frías provocarían la superposición de las típicas enfermedades respiratorias (catarros, gripes) con esta nueva amenaza, por lo que se recomendó vivamente a la población –particularmente en los tramos de mayor edad– que se vacunara contra la gripe a la mayor brevedad. Más aún, el incremento del frío haría más difícil que la mayoría de la población siguiese los consejos oficiales sobre la ventilación frecuente de espacios cerrados, lo que a su vez podría elevar el riesgo de nuevos contagios. La ausencia de un criterio internacional unánime y la zigzagueante actitud de muchas autoridades sanitarias –manifiestamente desconcertadas ante la evolución de la pandemia– tan solo lograron desesperanzar a gran parte de la ciudadanía. A finales del año 2020, así pues, el cuadro general de la situación, resultaba muy poco alentador.

Controversias sobre el virus
El causante de la enfermedad COVID-19 pertenece a la familia de los coronavirus, un tipo especial de virus caracterizado por las cadenas proteínicas en forma de espículas que cubren su envoltura externa. Perteneciente a uno de los cuatro linajes que forman la rama de los beta-coronavirus, su genoma guarda un parecido muy estrecho con virus específicos del murciélago, como el RaTG13. Durante las primeras etapas de la pandemia, también se dijo que el pangolín (Manis javanica) podía haber sido el animal intermediario desde el cual este coronavirus pandémico había pasado al organismo humano. Lo cierto es que todavía no está muy claro desde qué animal ha saltado el virus hasta la especie humana, un evento llamado zoonosis. Podría haberse dado una recombinación de material genético entre los coronavirus típicos del pangolín y del murciélago antes de que tuviese lugar la transición hacia los humanos.

El coronavirus SARS-CoV-2, responsable de la enfermedad COVID-19

          No se sabe con certeza, si bien es muy posible que el SARS-CoV (otro coronavirus que provocó una epidemis en China hace unos años) se haya recombinado con un ancestro genético del actual SARS-CoV-2 para dar lugar finalmente a la aparición de este último. Se supone así por un análisis pormenorizado reveló que la llave molecular que utiliza el SARS-CoV-2 para penetrar en las células humanas se asemeja mucho a la utilizada con los mismos fines perversos por el SARS-CoV. Con respecto a la penetración en humanos, no se sabe aún si el SARS-CoV-2 evolucionó primero en el interior de alguna especie animal (murciélago, pangolín o cualquier otra) y luego adquirió por azar la capacidad de infectar a los humanos, o quizás entró en la especie humana en una forma inofensiva –por lo cual pasó desapercibido – y estuvo evolucionando durante un tiempo indeterminado hasta que se convirtió en una amenaza para nosotros.

          La viróloga china Li-Meng Yan, huida de su país, publicó un informe afirmando que el SARS.CoV-2 había sido creado artificialmente mediante técnicas de ingeniería genética.

          Cabe imaginar el revuelo que se produjo en septiembre de 2020, cuando la viróloga china Li-Meng Yan, huida de su país, publicó un informe reflejando por escrito lo que ya había venido declarando en sucesivas entrevistas a los medios de comunicación de todo el mundo: que el SARS.CoV-2 había sido creado artificialmente mediante técnicas de ingeniería genética para no se sabe bien qué oscuros propósitos y había escapado accidentalmente del control de sus artífices. La inmensa mayoría de la comunidad científica rechazó tales conclusiones, pero el hecho de que en Wu-Han esté radicado un laboratorio participado internacionalmente (es decir, no sólo controlado por las autoridades chinas) para el estudio de esta clase de virus, no contribuyó a disipar las sospechas.

          El hecho de que en Wu-Han esté radicado un laboratorio participado internacionalmente para el estudio de esta clase de virus no contribuyó a disipar las sospechas.

          A consecuencia de ello, las redes telemáticas comenzaron a rebosar de opiniones no siempre bien fundamentadas que abarcaban desde quienes se hallaban obsesionados por las medidas de seguridad contra cualquier posible contagio, hasta aquellos que negaban la existencia real del virus –o al menos, su elevada nocividad– y consideraban la pandemia tan solo una coartada para que un ”cónclave” de poderoso magnates y políticos dominase el mundo desde las sombras manipulando a una población aterrorizada.

 

Linaje b de los beta-coronavirus

          Lo peor es que, privados de análisis epidemiológicos solventes, corremos el riesgo de vernos de nuevo inermes ante una futura pandemia causada por un virus semejante a este.

          Lo cierto es que todavía hay numerosos detalles sobre el virus que permanecen en la penumbra incluso para los expertos. Su facilidad de contagio es muy notable y los daños que produce conciernen principalmente al sistema respiratorio; sin embargo, se han notificado numerosos efectos secundarios que parecen variar muy acusadamente de una persona a otra. Afecciones neurológicas, cefaleas, fatiga crónica o pérdida de capacidades cognitivas son algunas de estas secuelas. Tampoco se conoce el mecanismo por el cual algunos individuos no presentan síntomas aunque porten una elevada carga vírica en su interior. La enfermedad COVID-19 parece atacar con mayor virulencia a hombres que a mujeres, y además el grupo sanguíneo también aparente tener algún papel en el diferente grado de perjuicio sufrido por algunas personas. Muchos puntos oscuros por iluminar en un asunto que dista mucho de haber sido esclarecido por completo.
          En su vertiente epidemiológica, el problema presentó unas aristas inesperadas, por cuanto diferentes países empleaban distintos criterios para contabilizar los fallecidos por el virus. Alemania, por ejemplo, sólo consideraba víctima del SARS-CoV-2 a una persona, sin patologías previas, que hubiese fenecido tras contraer esta enfermedad. Aquellos individuos que sufriesen dolencias previas que hubiesen debilitado su organismo y, a consecuencia de ello hubiesen fallecido al infectarse con el coronavirus, no entraban en la estadística alemana.

          Pronto se hizo patente la sospecha de que estas mutaciones de opinión del gobierno español tan sólo trataban de hurtar a la opinión pública la verdadera magnitud del desastre.

          El gobierno español, por su parte, mudaba casi a diario el criterio para contabilizar las muertes y los contagios por la pandemia. Pronto se hizo patente la sospecha de que estas mutaciones de opinión tan solo trataban de hurtar a la opinión pública la verdadera magnitud del desastre, esperando así acallar las protestas de la población. Sería sumamente deplorable que así hubiese ocurrido porque una actitud tal impedía realizar cualquier estudio epidemiológico serio para el cual se necesitan datos fiables obtenidos mediante criterios rigurosos y uniformes. Y lo peor de todo es que, privados de análisis epidemiológicos solventes, corremos el riesgo de vernos de nuevo inermes ante una futura pandemia causada por un virus semejante a este.

Repercusiones sociales
A falta de mejores herramientas terapéuticas, las medidas adoptadas por la mayoría de Gobiernos en el mundo se concentraron en reducir la movilidad y los contactos entre las personas, pues cualquiera de ellas podía ser portadora de este coronavirus. Oficialmente, los confinamientos más o menos estrictos afectaron durante la primera mitad del año 2020 a varios miles de millones de seres humanos en nuestro planeta. Nunca antes se había producido en semejante escala una alteración tal en la vida cotidiana de las sociedades industrializadas. Tanto es así, que en la segunda mitad del año se publicaron diversos informes científicos resaltando la disminución de contaminantes en la atmósfera ocasionada por la detección de las actividades económicas habituales
          Y ahí residía uno de los principales daños indirectos de la pandemia. La parada forzosa que sufrió buena parte de la maquinaria productiva del mundo desarrollado generó un perjuicio extraordinario, directo o indirecto, a las economías de casi todas las naciones. El cierre obligatorio de la hostelería, por ejemplo, destruyó miles de puestos de trabajo en aquellos países más dependientes del turismo y de los viajes internacionales. Se arruinaron negocios por falta de ingresos e imposibilidad de hacer frente a los pagos de gasto corriente, se arruinaron los proveedores de estos negocios y todas aquellas actividades periféricas relacionados con ellas. La Unión Europea preparó en el verano de 2020 un plan de recuperación económica estrecho y cicatero, que apenas alcanzaba una pequeña fracción de los fondos necesarios para reflotar las economías del Viejo Continente.

Ante esta pandemia, como en casos anteriores, la UE actuó de manera descoyuntada

          Asombrosamente, en las Comisiones de expertos y Comités de crisis formados para afrontar esta grave situación no se incluyeron sociólogos ni psicólogos y sólo algunos economistas. Se perdió así la perspectiva de las consecuencias sociales y personales –no únicamente pecuniarias– de las draconianas medidas impuestas para superar la crisis sanitaria. En aquellos países en los que la subsistencia de una gran parte de la población dependía de actividades desempeñadas a diario en la vía pública, el confinamiento riguroso equivalía a una condena de muerte por inanición o miseria, lo que determinó los numerosos quebrantamientos de tales normas provocados por la extrema necesidad de los infractores.
          En otros casos, fue sin duda la irresponsabilidad de grupos de individuos que se aglomeraron en condiciones muy desaconsejables (fiestas en locales públicos o privados, reuniones multitudinarias) pero cualquier sociólogo podría haber advertido de ello. La población de cada país tiende a actuar de acuerdo con sus costumbres y patrones culturales, una circunstancia que ningún decreto gubernamental puede cambiar de la noche a la mañana. Los ciudadanos habituados a una vida social intensa no dejarán de mantenerla de inmediato, por mucho que las autoridades así lo decidan.

          Las autoridades españolas mostraron una inaudita lentitud en su respuesta desde las etapas iniciales de la crisis en enero de 2020, cuando la gravedad de la situación en Italia se hacía evidente.

          Los psicólogos, asimismo, podrían haber avisado que confinamientos estrictos muy largos, o fuertes restricciones de movilidad y contactos interpersonales, redundarían en un apreciable deterioro de la salud mental de un abultado porcentaje de la población. El aislamiento, la soledad, la sensación de abandono, la falta de perspectivas claras de futuro acentuadas por la inseguridad laboral derivada de la crisis sanitaria, propician las depresiones, la apatía y la ansiedad. Los seres humanos necesitamos una dirección clara en nuestras vidas, casi por encima de cualquier otra consideración moral, y la desaparición repentina de esa estabilidad existencial nada bueno puede traer.
          A este respecto, el caso de España resulta singularmente ilustrativo, hasta el extremo de haber motivado la publicación de dos artículos sobre el asunto en la revista sanitaria The Lancet. Las autoridades españolas mostraron una inaudita lentitud en su respuesta desde las etapas iniciales de la crisis en enero de 2020, cuando la gravedad de la situación en Italia se hacía evidente para todos los observadores internacionales. No se controló el tránsito de personas desde los países más afectados, no se establecieron protocolos de actuación preventiva, no se hizo acopio de material sanitario cuando el mercado internacional de estos bienes aún lo permitía (en plena pandemia el exceso de demanda lo saturó por razones obvias). No se suspendieron los actos públicos multitudinarios que podían favorecer la extensión de la enfermedad y, en general, se trató de sosegar a la población con proclamas tan irresponsables como autocomplacientes sobre la profesionalidad del personal sanitario y la improbabilidad de que la epidemia se extendiese demasiado.

          La fragmentación territorial de la actual estructura del Estado español supuso un lastre para la necesaria unanimidad de criterios a la hora de combatir la pandemia.

          A consecuencia de tanta imprevisión, y desbordado por los hechos, el Gobierno español declaró el estado de alerta en todo el territorio nacional desde el 15 de marzo hasta el 21 de junio de 2020, imponiendo un estricto confinamiento al conjunto de la población. Las terroríficas cifras de fallecidos e infectados en los meses de marzo y abril –que el Gobierno español intentaba disimular con repetidos cambios en el sistema de recuento– decayeron en junio pero volvieron a crecer de septiembre en adelante. España se convirtió así en uno de los países del mundo con mayor número de decesos y contagios en relación a su número de habitantes. Y la pregunta se planteó de inmediato desde foros muy diversos: ¿por qué se había llegado a tan trágica situación?
          Las respuestas han sido muchas y variadas, como no podía ser de otra manera al tratarse de un problema complejo y polifacético, pero pueden resumirse en dos: (1º) la debilidad de un sistema sanitario infradotado y subfinanciado sin capacidad para enfrentarse a una crisis de esta magnitud, y (2º) las divisiones internas de los dirigentes políticos españoles que impidieron alcanzar la necesaria unidad de acción que tal calamidad requería. La fragmentación territorial de la que hace gala la actual estructura del Estado español, supuso un lastre para la necesaria unanimidad de criterios a la hora de combatir la pandemia. Los distintos niveles administrativos actuaron de hecho como compartimentos estancos que favorecieron la dilución de responsabilidades y una cierta dejación de funciones de cargos públicos. Y mientras tanto muchos ciudadanos seguían falleciendo víctimas de la neumonía de Wu-Han o de la inacción de las autoridades que debían protegerles.

¿Qué nos depara el futuro?
Es difícil aventurar lo que el porvenir ha de procurarnos cuando todavía nos encontramos con una pandemia en curso, aunque sí cabe extraer ya algunas conclusiones que resultan de una evidencia irresistible. En primer lugar, la presión avasalladora que la humanidad está ejerciendo sobre el medio ambiente de nuestro planeta, facilita los desequilibrios ecológicos que a su vez aumentan las probabilidades de que estallen nuevas pandemias. Con miles de diferentes clases de virus pululando por doquier, quizás debiéramos sorprendernos por el hecho que desde la gripe de 1917 no habíamos sufrido un ataque vírico de escala mundial como este.

          Indiscutible la necesidad de reforzar nuestros sistemas sanitarios, especialmente en el nivel de atención primaria

          En segundo lugar –pero, sin duda, no menos importante– parece indiscutible la necesidad de reforzar nuestros sistemas sanitarios, especialmente en el nivel de atención primaria. Este coronavirus ha puesto de relieve que ningún país del mundo estaba suficientemente preparado para hacer frente a una crisis sanitaria de las dimensiones provocadas por la neumonía de Wu-Han. Debería invertirse más en la formación del personal sanitario, en el aumento de sus plantillas y en la mejora de sus infraestructuras, desde el más humilde botiquín hasta el mayor de los hospitales.

Viandantes embozados en el centro de París

          Otra enseñanza que no debiera caer en saco roto concierne a la ineludible exigencia de intensificar la cooperación internacional en todas las áreas relativas a lo que finalmente ha demostrados ser una amenaza global, seguramente la primera de otras que habrán de llegar. Es urgente establecer redes mundiales de alerta temprana que nos pongan sobre aviso a las primeras señales de la aparición de infecciones nuevas e incontroladas. Compartir toda la información disponible en tiempo real, constituye otro de los factores claves para atajar las pandemias en sus etapas iniciales, aunque la naturaleza no democrática de muchos de los países afectados dificulta notablemente este encomiable objetivo.

          Deberíamos comenzar a reflexionar sobre la posible organización de campañas mundiales de vacunación, con un esfuerzo internacional sostenido y riguroso.

          La colaboración internacional reviste una particular importancia en la búsqueda mancomunada de vacunas eficaz para las pandemias reales o potenciales que nos acechen de ahora en adelante. La colusión de esfuerzos entre múltiples naciones sin duda acortará los tiempos de trabajo necesarios para encontrar los principios activos de las vacunas y ayudará a financiarlas en mejores condiciones de modo que llegue con eficacia a las capas más desfavorecidas de la población mundial. En este sentido, deberíamos comenzar a reflexionar sobre la posible organización de campañas mundiales de vacunación, con un esfuerzo internacional sostenido y riguroso como el que condujo a la erradicación de la viruela en el siglo XX.
          Por último, aunque no deberíamos menospreciar su relevancia, los países de todo el mundo –quizás a través de la ONU− harían bien en establecer unas normas de actuación que asegurasen a sus ciudadanos que ningún gobierno aprovechará calamidades públicas como una pandemia para menoscabar los derechos de sus ciudadanos, o promulgar con urgencia leyes no relacionadas con el ámbito sanitario aprovechando esta misma excusa para omitir las necesarias negociaciones entre gobernantes y oposición. Es muy probable que ninguna de estas demandas sea tenida en cuenta por los dirigentes políticos que rigen nuestros destinos. Y es muy posible también que la próxima pandemia nos vuelva sorprender con una impreparación similar a la del presente, pero al menos quienes sintieron la necesidad moral de reclamar soluciones tendrán la tranquilidad de que, aun conscientes de sus escasas perspectivas de éxito, no por ello dejaron de alzar su voz.

 

Foto carátula: Cultivo microbiológico en una placa de Petri



Referencias

https://www.ondacero.es/noticias/mundo/virologa-que-huyo-china-publica-informe-que-sostiene-que-coronavirus-fue-creado-laboratorio_202009165f61e2db61374a00013949da.html

https://www.redaccionmedica.com/virico/noticias/teorias-del-coronavirus-arma-biologica-virus-remoto-con-5g–1369

https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/coronavirus-ni-se-creo-ni-se-escapo-laboratorio_15452

https://www.abc.es/ciencia/abci-herramienta-para-saber-si-coronavirus-origen-natural-o-esta-fabricado-hombre-202003272127_noticia.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.com%2F

https://www.nature.com/articles/s41591-020-0820-9

https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/risa.13472

https://www.rtve.es/noticias/20200504/covid-19-no-virus-laboratorio/2013298.shtml

https://www.elcercano.com/mas-sobre-la-version-del-origen-artificial-del-coronavirus/https://biotechmagazineandnews.com/covid-19-cientificos-confirman-que-su-origen-es-natural/

https://biotechmagazineandnews.com/covid-19-cientificos-confirman-que-su-origen-es-natural/https://theconversation.com/el-origen-del-coronavirus-sars-cov-2-a-la-luz-de-la-evolucion-136897

https://noticiasdelaciencia.com/art/38082/el-primo-del-coronavirus-sars-cov-2-y-la-hipotesis-del-origen-artificial

https://www.clinicbarcelona.org/noticias/los-pacientes-con-trasplante-de-higado-y-tratamiento-inmunosupresor-tienen-mas-riesgo-de-covid-19-pero-con-cuadros-graves-menos-frecuentes

https://www.laopiniondemurcia.es/vida-y-estilo/salud/2020/08/06/pacientes-trasplante-higado-presentan-cuadros/1135038.html

https://www.laverdad.es/murcia/inmunosupresores-reducen-mortalidad-20200807235437-ntvo.html

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