Encuentro en alta mar - Adelantos Digital

Encuentro en alta mar


Por ELÍAS MEANA.
Oficial radioelectrónico de la Marina Mercante.


¡Larga! —ordenó Juan, el patrón del Pigardo, un airoso velero de algo más de 12 m  de eslora por casi 4 de manga, que desplegaba hasta 68 m2 de velamen.

—¡Libre! —informó Enrique desde proa cuando largó los dos cabos que retenían al Pigardo al muelle.

Poco después, con el Sol repuntando en el horizonte, el Pigardo, con todo el trapo arriba, dejaba por la popa la bocana del puerto de Cartagena. La meteorología se presentaba favorable: el barómetro permanecía estable sobre los 1010 Mb. El viento, que lo recibían a un largo por estribor, era de componente suroeste (lebeche), soplaba bonancible con rachas entre los 12 y 15 nudos, y las pequeñas y tendidas olas que levantaba, llegaban coronadas de borreguillos. El cielo, ligeramente rojizo por el este, y grisáceo por el oeste, estaba limpio de nubes. En cuanto a la temperatura, para estar a mediados de noviembre y amaneciendo como estaba, bien podía considerarse como buena; 9º marcaba la barra de mercurio.

Como cada fin de semana que tenían libre, los dos amigos habían salido a disfrutar de la mar, y el día prometía. Aquel sábado se habían marcado como destino la costa sur de la isla de Ibiza, pero de momento, aun no habían decidido el destino final de la travesía. ¡Ya lo determinarían cuando apareciera en el horizonte el gran peñasco piramidal que conforma el islote de Es Vedrá! Entonces, en función de la hora y del viento, decidirían en que cala pasarían la noche, levando el ancla al amanecer para hacer rumbo a casa.

Lo tenemos por la amura de estribor, a eso de una milla”

A eso del mediodía, cuando se disponían a reponer fuerzas, habían recorrido algo más de 40 millas, y Enrique, que era quien en ese momento disfrutaba a la caña, sintiendo que el barco y él eran uno solo, conectó el piloto automático dispuesto a echar una mano a Juan que trajinaba en la cocinita preparando la comida. Tenían el horizonte despejado, pero aun así, no dejó de cerciorarse antes de bajar a la cámara.

Al principio, creyó que era la sombra que proyectaba una de las escasas y desgarradas nubes que ahora salpicaban el azul del cielo, pero cuando fijó la vista en aquella forma borrosa que, de cuando en cuando, aparecía entre las tendidas olas, lo descartó.

—Lo que sea flota —se dijo, tomando los prismáticos que colgaban del pedestal de la rueda del timón.

¡Dios mío!  –exclamó, sintiendo que el corazón se le paraba, cuando enfocó al objeto. Lo que veía a través de los cristales, era un gran bote neumático atiborrado de “ilegales”. El bote, más bien un lanchón de unos 9 metros de eslora por cinco o más de manga, con un gran motor fuera borda, que no debía funcionar, pues iba a la deriva, era uno de esos “artefactos flotantes” que suelen utilizar los criminales que trafican con las pobres gentes que, desde las costas africanas, ansían llegar a las europeas en busca de una vida digna.

—¡Juan, sube! —logró llamar en su inquietud.

—¿Qué ocurre? —preguntó alarmado por el tono de voz del amigo, dejando de preparar la ensalada para dirigirse a la escala limpiándose las manos con el trapo que llevaba cogido al cinturón.

—Una patera a la deriva, y no te imaginas de qué dimensiones. —le informó de primeras, cuando asomó la cabeza por la escotilla— La tenemos por la amura de estribor, a eso de una milla —terminó de informarle Enrique mientras le cedía los prismáticos.

—¿Qué hacemos?—preguntó Juan con gravedad, volviéndose hacia él, tras observar con detalle la embarcación.

—¡Lo sabes tan bien como yo!: !dar la alerta y rezar!

Juan, asintió con la cabeza.

—Antes de nada, arriaremos y nos acercaremos a motor, ¿no te parece?

— ¡Sí! Será lo mejor. —contestó Enrique.

— ¡Aproando! —informó Juan, cuando, ya a la caña, arrancó el motor.

Mientras tanto, Enrique ya había zafado las drizas y esperaba a que la proa del Pigardo apuntara al viento para comenzar a arriar. Luego, cuando, minutos más tarde, las velas estuvieron recogidas y aferradas, saltó a la bañera y tomó los prismáticos.

—Está sobrecargado, pero mientras que el viento no aumente, ese trasto aguantará sin volcar. Serán unos treinta o acaso más; están apelotonados y es muy difícil contarlos —informó con voz grave.

—Voy abajo a dar la alerta. Vete aproximando pero no te acerques demasiado—ordenó Juan, cediéndole la caña.

La comprometida situación en la que se encontraban, aunque nueva para los dos amigos, ya había sido tema de debate entre ambos, pero una cosa era plantearse en tierra como deberían proceder de darse el caso, y otra enfrentarse a una realidad como la que estaban viviendo, con el agravante de que de todos los escenarios que podían darse, aquel era el peor, y poco más podían hacer que no fuera alertar a Salvamento Marítimo y a los barcos en la zona.

El lanchón, cargado como estaba, era demasiado pesado para que el Pigardo, con su motor de 56 CV pudiera remolcarlo, independientemente de que el solo hecho de acercarse para lanzar el cabo de remolque, podría incitar a que más de uno se lanzase al agua con la intención de trepar por el costado del velero en busca de mayor seguridad, impulso que otros seguirían, provocando una situación incontrolable, tal y como habían visto muchas veces en los informativos de la televisión.

Juan, sentado a la mesa de cartas con papel y lápiz a mano frente al equipo de radio, seleccionó el canal 70 (socorro y seguridad) y levantó la tapita transparente que protegía el botón rojo marcado con la palabra inglesa “DISTRESS” (“Peligro”). Nervioso pero concentrado, presionó con suavidad el botón y esperó a que en la pantalla integrada en el aparato se abriera el “menú” que contenía los distintos casos que podían darse de peligro, y seleccionó “Sin gobierno y a la deriva”. Podía haber optado por “Naufragio” o por “Peligro no definido”, pero consideró que el elegido se acercaba más a la realidad. De cualquier manera, en breve podría dar más información por voz. Validó los datos que le ofrecía el “GPS” y así también el de la hora y volvió a pulsar, esta vez durante unos segundos, el botón de distress lanzando con ello la alerta de socorro: “224123456 A LA DERIVA POS. 38.18 N 00.35 E. 11.15 UTC. TELEFONÍA CANAL 16”. (Las tres primeras cifras indican la nacionalidad del barco, las seis restantes, corresponden a la identificación del barco en si, y telefonía canal 16, indica que la siguiente comunicación se realizará por voz en el canal 16 de VHF).

No tuvo que esperar mucho para recibir respuesta, pero el escaso minuto que transcurrió hasta que en la pantalla se mostró el acuse de recibo que le daba la estación costera de Cabo de La Nao Radio al tiempo que sonaba el timbre de alarma del equipo, se le antojó eterno.

Mientras tanto, Enrique ya había situado al Pigardo a unos cien metros de los náufragos, y lo mantenía aproado a las olas. Tomó los primaticos, y pudo contar que viajaban treinta y tres adultos más un niño de muy corta edad, al que la que debía ser su madre, llevaba en brazos. La mujer, que se había puesto de pie, aguantaba los balances sin irse con el hijo al agua gracias a que la sujetaban por la cintura y las piernas.

Imagen portada: “Lo que veía a través de los cristales, era un gran bote neumático atiborrado de “ilegales”.

Aquella escena, la de la madre con el pequeñín en brazos, le impactó de tal manera que, la prudencia y la angustia que a duras penas era capaz de sujetar, se le escaparon, y a punto estuvo de meter la caña a babor para dirigirse al lanchón y rescatar a la criatura.

“La situación no ha cambiado; ahora la tenemos a unos cien metros, y de momento, están relativamente tranquilos, pero temo por el crio que su madre tiene en brazos y que por más señas que hago para que se siente no hay manera”, contestó Enrique a la pregunta que le hizo Juan, mientras que, a la espera de instrucciones de Salvamento, asomó por la escotilla.

Las noticias que, al poco, recibieron de Salvamento Marítimo de Cartagena, eran buenas; en hora y media llegaría la Salvamar Mimosa que contaba con todos los medios necesarios para rescatar y atender a los náufragos. Mientras tanto, debían limitarse a mantenerse cercanos y no intervenir a no ser en caso extremo. Por otra parte, también se dirigía a su posición el ferry que hacía la travesía Alicante-Ibiza, pero acababa de salir de puerto y llegaría algo más tarde que la Salvamar.

Muy despacio, se fueron acercando a los náufragos hasta hacerse oír a gritos al tiempo que señalaban en la dirección en la que aparecería la Mimosa. Debieron entenderles, pues vieron que hablaban entre ellos y por fin, la mujer se sentó.

Durante la hora y pico que tardó en recortarse sobre el horizonte la silueta de la Mimosa, no dejaron de seguir al lanchón en su deriva y, salvo que, de cuando en cuando, alguno se levantaba impaciente para otear el horizonte, la tranquilidad en la patera se mantuvo. Entre tanto, Juan ya comunicaba directamente con la Mimosa, y pronto pudo hacerlo desde la cubierta valiéndose de un walkie.

El rescate, con el lanchón abarloado al socaire de la Mimosa y retenido con dos cabos, resultó, aunque con algún que otro atropello entre los náufragos, por más indicaciones que por megafonía se les daba en francés (procedían del Camerún), relativamente fácil y rápido.

Embarcación de Intervención Rápida clase Guardamar. Eslora: 31,90 m. Manga: 7,50. Desplazamiento: 129 Tm. Velocidad; 30 nudos. Tripulación: 8 personas. Capacidad de la sala de Atención a Náufragos: 30 personas. (Foto: Sociedad Estatal de Salvamento y Seguridad Marítima)

“Todos están a bordo sin novedad. Muchas gracias por su colaboración. Pueden seguir su rumbo” — Les comunicó el patrón de la Mimosa de viva voz desde el puente gracias a la proximidad que, durante la maniobra de rescate, habían mantenido siguiendo sus instrucciones.

—¿Sabes que tengo hambre? —comentó Juan desde la rueda, una vez que Enrique, largado el velamen, se dejó caer en la bañera para, con un resoplido, sentarse despatarrado.

—¡Toma, y yo!

FIN


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